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Carta de Pepe Alonso para el mes de Julio

Miami, julio del 2015

Querida familia en la Fe.

Quiero agradecer a todos ustedes por el interés y las oraciones con que han mantenido a Viri, mi esposa, durante todo este tiempo en el que se encuentra bajo tratamiento médico.

Dice la Palabra de Dios: Respeta al médico, pues lo necesitas, también a él lo ha creado Dios. Hijo mío, cuando caigas enfermo, no te descuides, reza a Dios, y él te sanará. Eclesiástico 38, 1 y 9

Damos gracias a Dios por los médicos y la medicina, más damos también infinitas gracias a Dios por ustedes, nuestros intercesores ante el Trono del Altísimo.

En estos tiempos he meditado mucho sobre la importancia de "un corazón agradecido ".

Suele decirse que de bien nacidos es el ser agradecidos. Y, generalmente, se admite que la gratitud es un signo de nobleza y dignidad. Pese a ello, lo que parece prevalecer en nuestro mundo no es el agradecimiento, sino su antónimo: la ingratitud.

Pero Dios quiere que seamos agradecidos todo el tiempo, en todas las cosas. Ése es el tema de 1 Tesalonicenses 5, 18, en donde Pablo dice: "...y den gracias a Dios en toda ocasión; ésta es, por voluntad de Dios, su vocación de cristianos.".

La orden de Pablo, simple y directa -dar gracias en todo-, no permite a los creyentes ninguna excusa para albergar la ingratitud. En todo implica una obligación ilimitada. Se refiere a todo lo que ocurre en la vida. Con la excepción obvia del pecado personal, debemos expresar agradecimiento por todo. No importa qué luchas o pruebas, Dios nos manda a encontrar razones para agradecerle siempre.

La gratitud no puede ir de la mano con la queja. Cuando nuestra mente está llena de pensamientos negativos, surge la queja y se cierra la puerta para la gratitud.

William Shakespeare escribió: "Cuánto más defrauda tener un hijo ingrato que el diente de la serpiente. Ingratitud, demonio con corazón de mármol." Si Shakespeare comprendió la actitud hostil detrás de la ingratitud, imaginen lo que Dios debe pensar sobre ello.

Recuerdas a los diez leprosos sanados por Jesús. Y los nueve, ¿dónde están?»

Desgraciadamente los nueve desagradecidos han tenido multitud de imitadores a lo largo de los siglos.

La gratitud no humilla ni esclaviza a nadie. Lo que nos esclaviza es nuestro orgullo. La gratitud es manifestación de magnanimidad, grandeza de espíritu. A los Efesios Pablo pide «dando siempre gracias por todo al Dios y Padre en el nombre de nuestro Señor Jesucristo» (Ef. 5, 19 y 20). Y a los Colosenses les recuerda, entre otros, ese mismo deber: «Y sean agradecidos» (Col. 3, 15). La ausencia de gratitud no sólo afea nuestro carácter. Revela la negrura de la mente y el corazón humanos cuando hace ojos y oídos sordos a la multiforme generosidad de Dios.

Los textos citados nos muestran que el agradecimiento debe distinguir al cristiano en sus relaciones humanas, pero también -y sobre todo- en su relación con Dios. Es la mejor evidencia de que hemos entendido el significado y el alcance del amor divino, pues, como alguien ha dicho, "la gratitud es una actitud del corazón". «Amemos, pues, ya que él nos amó primero.» (1 Jn. 4, 19).

Si nuestra visión espiritual es clara veremos en todo la mano sabia y poderosa de Dios y reconoceremos que todo cuanto acontece en nuestra vida, aun los sufrimientos más duros, lo ha permitido para nuestro bien. Si nuestra vista está afinada, veremos la sabiduría, el poder y la bondad del Señor en todas las cosas, en las grandes y en las pequeñas: en la protección de grandes peligros, en la oportuna provisión de recursos, en las plácidas horas de triunfo profesional, en las épocas felices de vida familiar, Pero también en mil y un detalles, que a menudo nos pasan desapercibidos, pero que debiéramos agradecer: la nube que nos pone a cubierto de un sol abrasador, la brisa que nos acaricia, el murmullo relajante de los árboles, una bella puesta de sol, el beso de un niño, la flor que vemos junto al camino. Podríamos multiplicar los ejemplos hasta el infinito.

Un cántico evangélico alemán, de acción de gracias dice: «por la belleza de la aurora, por los buenos amigos y hermanos y porque a los enemigos les puedo tender la mano; por el trabajo, por mis pequeños aciertos, por la alegría, la música, la luz; gracias por muchas horas tristes, por poder hablar, porque por doquier me guía la mano de Dios; gracias por la salvación y porque nos da paz; gracias porque, cantando, gracias le podemos dar.» ¡Inspirador!

«No se inquieten por nada; antes bien, en toda ocasión presenten sus peticiones a Dios y junten la acción de gracias a la súplica.» (Filipenses 4, 5 y 6). Mostrar agradecimiento no sólo es bueno para los demás, sino también para nosotros porque libera el gozo en nosotros. Medita diariamente en todas las cosas por las que tienes que estar agradecido. Menciónaselas a Dios en oración y mientras lo haces, descubrirás que tu corazón se llena de vida y luz. Cuando no hay un corazón agradecido, las personas se cierran las puertas para recibir bendición y apoyo y pierden oportunidades tremendas de gozo y satisfacción.

Para tener una actitud de agradecimiento, necesitamos dejar que nuestros pensamientos sean honestos, puros, amables, y dejar fuera el orgullo.

Reconozco que es importante agradecer por todos los beneficios que recibimos departe de Dios. La vida, la familia, el trabajo, la salud, la provisión, la protección, etc. La gratitud es una virtud cristiana.

Sin embargo también debemos dar gracias a Dios -y con mayor énfasis- por las realidades eternas. Porque los beneficios terrenales son temporales pero los celestiales son eternos. La sanidad, los bienes, los trabajos y la prosperidad son todas pasajeras. Aunque sabemos que Dios nunca nos deja ni desampara, entendemos que los beneficios en esta tierra no son  permanentes.

Por eso quiero llamar tu atención a ciertos aspectos por los que debemos estar agradecidos, ya que estos no cambiarán:

Dar gracias….por el sacrifico de Jesucristo. (1 Pedro 3, 18). La necesidad de nuestra salvación incluye la necesidad de la cruz. En el calvario, Cristo murió por nuestros pecados y murió en nuestro lugar. Su sacrificio tiene un carácter sustitutivo.

Dar gracias…por el perdón de nuestros pecados. (Hechos 13, 38). En virtud de este sacrificio, hemos sido perdonados, y aun podemos recibir el perdón de los pecados que cometemos como creyentes.

Dar gracias…porque tenemos acceso a Dios. (Hebreos 4,16). Hoy en día, los creyentes tenemos la posibilidad de adorar en la presencia del Señor y gozar de una estrecha comunión con él. Incluso, podemos acercarnos a Dios en oración con la certeza de que nos oye.

Dar gracias…porque nada nos separa de su amor. (Romanos 8, 35 al 39).  En la vida vamos a experimentar distintas situaciones, pero tenemos la certeza de que ninguna de las aflicciones de esta tierra nos pueden separar del amor de Dios.

Dar gracias…por nuestra esperanza eterna. (Juan 3, 16). El regalo de la salvación, se consuma con nuestra entrada en los cielos. Los creyentes hemos recibido la vida eterna y por lo tanto viviremos con el Señor para siempre.

Volvámonos al camino del leproso agradecido y vayamos con él al encuentro de Jesús para decirle: «¡Gracias, Señor, mil gracias!»

Terminemos esta breve reflexión diciendo:  Gracias Señor, sobre todo por la fe que me has dado en Tí y en los hombres; por esa fe que se tambaleó, pero que Tú nunca dejaste de fortalecer, cuando tantas veces encorvado bajo el peso del desánimo, me hizo caminar en el sendero de la verdad, a pesar de la oscuridad. Amén           

Tu  hermano en Cristo Jesús y María.

Pepe Alonso