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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
SANTA MISA
PLAZA IGNACIO AGRAMONTE
Camagüey, Cuba
23-1-98

Homilía

"No te dejes vencer por el mal, vence el mal a fuerza de bien". Los jóvenes cubanos se reúnen hoy con el Papa para celebrar su fe y escuchar la Palabra de Dios, que es el camino para salir de las obras del mal y de las tinieblas y de revestirse con las armas de la luz para obrar el bien. Con este motivo, me complace tener este encuentro con todos Ustedes en esta gran Plaza, donde en el altar se renovará el sacrificio de Jesucristo. Este lugar, que lleva el nombre de Ignacio Agramonte, "El Bayardo" ,nos recuerda a un héroe querido por todos, el cual, movido por su fe cristiana, encarnó los valores que adornan a los hombres y mujeres de bien: la honradez, la veracidad la fidelidad el amor a la justicia. Él fue buen esposo y padre de familia y amigo, defensor de la dignidad humana frente a la esclavitud.

Ante todo quiero saludar con afecto a Mons. Adolfo Rodríguez Herrera, pastor de esta Iglesia diocesana; a su Obispo auxiliar, Mons. Juan García Rodríguez, así como a los demás Obispos y Sacerdotes presentes, que con su labor pastoral animan y conducen a los jóvenes cubanos hacia Cristo, el Redentor, el amigo que nunca falta. El encuentro con Él mueve a la conversión y a la alegría singular, que hace clamar como a los discípulos después de la resurrección: "Hemos visto al Señor" (Jn 20,24). Saludo asimìsmo a las autoridades civiles, que han querido asistir a esta Santa Misa, y les agradezco la cooperación para este acto cuyos invitados principales son los jóvenes.

De corazón me dirijo a Ustedes, queridos jóvenes cubanos, esperanza de la Iglesia y de la Patria, presentándoles a Cristo, para que le conozcan y le sigan con total decisión. Él les da la vida, les enseña el camino, los introduce en la verdad, animándolos a marchar juntos y solidarios, en felicidad y paz, como miembros vivos de su Cuerpo místico, que es la Iglesia.

"¿Cómo podrá el joven llevar una vida limpia? ¡ Vivièndo de acuerdo con tu palabra!"(Sal 119,9). El Salmo nos da la respuesta a la interrogante que todo joven se ha de plantear si desea llevar una existencia digna y decorosa, propia de su condición. Para ello, el único camino es Jesús. Los talentos que ha recibido del Señor y que llevan a la entrega del, al amor auténtico y a la generosidad fructifican cuando se vive no sólo de lo material y caduco, sino "de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4,4). Por eso, queridos jóvenes, los animo a sentir el amor de Cristo, siendo conscientes de lo que Él ha hecho por Ustedes, por la humanidad entera, por los hombres y mujeres de todos los tiempos. Sintiéndose amados por Él, podrán amar de verdad. Experimentando una ìntima comunión de vida con Él, que vaya acompañada por la recepción de su Cuerpo, la escucha de su Palabra, la alegrìa de su perdón y de su misericordia, podrán imitarlo, llevando asì, como enseña el salmista, "una vida limpia".

¿Qué es llevar una vida íntima? Es vivir la propia existencia según las normas morales del Evangelio propuestas por la Iglesia. Actualmente, por desgracia, para muchos es fácil caer en un relativismo moral y en la falta de identidad que sufren tantos jóvenes, víctimas de esquemas culturales vacíos de sentido o de algún tipo de ideología que no ofrece normas morales altas y precisas. Ese relativismo moral genera egoísmo, división, marginación, discriminación, miedo y desconfianza hacia los otros. Más aún, cuando un joven vive "a su forma", idealiza lo extranjero, se deja seducir por el materialismo desenfrenado, pierde las propias raíces y anhela la evación. Por eso, el vacío que producen estos comportamientos explica muchos males que rondan a la juventud: el alcoholismo, la sexualidad mal vivida, el uso de drogas, la prostitución que se esconde bajo diversas razones- cuyas causas no son siempre sólo personales-, las motivaciones fundadas en el gusto o las actitudes egoístas, el oportunismo, la falta de un proyecto serio de vida en el que no hay lugar para el matrimonio estable, además del rechazo de toda autoridad legítima, anhelo de la evasión y de la emigració, huyendo del compromiso y de la responsabilidad para refugiarse en un mundo falso cuya base es la alienación y el desarraigo.

Ante esta situación, el joven cristiano que anhela llevar " una vida limpia", firme en su fe, sabe que está llamado y elegido por Cristo para vivir en la auténtica libertad de los hijos de Dios, que incluye no pocos desafíos. Por eso, acogiendo la gracia que reciben de los Sacramentos, saben que han de dar testimonio de Cristo constante con su esfuerzo constante por llevar una vida recta y fiel a Él.

La fe y el obrar moral están unidos. En efecto, el don recibido nos conduce a una conversión permanente para imitar a Cristo y recibir las promesas divinas. Los cristianos, por respetar los valores fundamentales que configuran una vida limpia, llegan a veces a sufrir, incluso de modo heroico, marginación o persecución, debido a que esa opción moral es opuesta a los comportamientos del mundo. Este testimonio de la cruz de Cristo en la vida cotidiana es también una semilla segura y fecunda de cristianos. Una vida plenamente humana y comprometida con Cristo tiene ese precio de generosidad y entrega.

Queridos jóvenes, el testimonio cristiano, la ‘vida digna" a los ojos de Dios tiene ese precio. Si no están dispuestos a pagarlo, vendrá el vacío existencial y la falta de un proyecto de vida digno y responsablemente asumido con todas sus consecuencias. La Iglesia tiene el deber de dar una formación moral, cívica y religiosa, que ayude a los jóvenes cubanos a crecer en los valores humanos y cristianos, sin miedo y con la perseverancia de una obra educativa que necesita el tiempo, los medios y las instituciones que son propios de esa siembra de virtud y espiritualidad para bien de la Iglesia y de la Nación.

"Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?" (Mc 10, 18). En el evangelio que hemos escuchado un joven pregunta a Jesús qué debe "hacer" y, el Maestro, lleno de amor, le responde cómo tiene que "ser". Este joven presume de haber cumplido las normas y Jesús le responde que lo necesario es dejarlo todo y seguirlo. Esto da radicalidad y autenticidad a los valores y permite al joven realizarse como persona y como cristiano. La clave de esa realización está en la fidelidad, expuesta por San Pablo, en la primera lectura, como una característica de nuestra identidad cristiana.

He ahì el camino de la fidelidad trazado por San Pablo: "En la actividad, no sean descuidados…sean cariñosos unos con otros…Pónganse al nivel de la gente humilde…No muestren suficiencia…No devuelvan a nadie mal por mal…No se dejen vencer por el mal, venzan el mal a fuerza del bien" (Rm 12, 9-21). Queridos jóvenes, sean creyentes o no, acojan el llamado a ser virtuosos. Ello quiere decir que sean fuertes por dentro, grandes de alma, ricos en los mejores sentimientos, valientes en la verdad, audaces en la libertad, constantes en la responsabilidad, generosos en el amor, invencibles en la esperanza. La felicidad se alcanza desde el sacrificio. No busquen fuera lo que pueden encontrar dentro. No esperen de los otros lo que Ustedes son capaces y están llamados a ser y a hacer. No dejen para mañana el construir una sociedad nueva, donde los sueños más nobles no se frustren y donde Ustedes puedan ser los protagonistas de la historia.

Recuerden que la persona humana y el respeto por la misma son el camino de un mundo nuevo. El mundo y el hombre se asfixian si no se abren a Jesucristo. Abranle el corazón y emprendan así una vida nueva, que sea conforme a Dios y responda a las legítimas aspiraciones que Ustedes tienen de verdad, de bondad y de belleza. ¡ Que Cuba eduque a sus jóvenes en la virtud y la libertad para que pueda tener un futuro de auténtico desarrollo humano integral en un ambiente de paz duradera !

Queridos jóvenes católicos: éste es todo un programa de vida personal y social fundado en la caridad, la humildad y el sacrificio, teniendo como razón última "servir al Señor" . Les deseo la alegría de poderlo realizar. Los esfuerzos que ya se hacen en la Pastoral Juvenil deben encaminarse hacia la realización de este programa de vida. Para ayudarlos les dejo también un Mensaje escrito, con la esperanza de que llegue a todos los jóvenes cubanos, que son el futuro de la Iglesia y de la Patria. Un futuro que comienza ya en el presente y que será gozoso si está basado en el desarrollo integral de cada uno, lo cual no puede alcanzarse sin Cristo, al margen de Cristo o mucho menos en contra de Cristo. Por eso, y como dije al inicio de mi Pontificado y he querido repetir a mi llegada a Cuba: "No tengan miedo de abrir sus corazones a Cristo". Les dejo con gran afecto este lema y exhortación, pidièndoles qu, con valentìa y coraje apostólico, lo transmitan a los demás jóvenes cubanos. Que Dios Todopoderoso y la Santìsima Virgen de la Caridad del Cobre les ayuden a responder generosamente a este llamado.


Mensaje de S.S. Juan Pablo II
a los jóvenes cubanos

Documento entregado
terminada la Santa Misa en la
Plaza Ignacio Agramonte, Camagüey
23-1-98

Queridos Jóvenes cubanos:

"Jesús, fijando en èl su mirada, lo amó" (Mc 10, 21). Asì nos refiere el Evangelio el encuentro de Jesús con el joven rico. Asì mira el Señor a cada hombre. Sus ojos, llenos de ternura, se fijan tambièn hoy en el rostro de la juventud cubana. Y yo, en su nombre, los abrazo, reconociendo en Ustedes la esperanza viva de la Iglesia y de la Patria cubana.

Deseo transmitirles el saludo cordial y el afecto sincero de todos los jóvenes cristianos de los diferentes paìses y continentes que he tenido la ocasión de visitar ejerciendo el ministerio de Sucesor de Pedro. Tambièn ellos, como Ustedes, caminan hacia el futuro entre gozos y esperanzas, tristezas y angustias, como dice el Concilio Vaticano II.

He venido a Cuba, como mensajero de la verdad y la esperanza, para traerles la Buena Noticia, para anunciarle "el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro" (Rm 8, 9). Sólo este amor puede iluminar la noche de la soledad humana; sólo Él es capaz de confortar la esperanza de los hombres en la búsqueda de la felicidad.

Cristo nos ha dicho que "nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando…A Ustedes les he llamado amigos" (Jn 15, 13-15). Él les ofrece su amistad. Dió su vida para que los que deseen responder a su llamado sean, en efecto, sus amigos. Se trata de una amistad profunda, sincera, leal, radical, como debe ser la verdadera amistad. Esta es la forma propia de relacionarse con los jóvenes, ya que sin amistad la juventud se empobrece y debilita. La amistad se cultiva con el propio sacrificio para servir y amar de verdad a los amigos. Asì pues, sin sacrificio no hay amistad sincera, juventud sana, paìs con futuro, religión autèntica.

Por es, ¡escuchen la voz de Cristo! En su vida está pasando Cristo y les dice: "Sìganme". No se cierren a su amor. No pasen de largo. Acojan su palabra. Cada uno ha recibido de Él un llamado. Él conoce el nombre de cada uno. Dèjense guiar por Cristo en la búsqueda de lo que les puede ayudar a realizarse pleanamente. Abran las puertas de su corazón y de su existencia a Jesús, "el verdadero hèroe, humilde y sabio, el profeta de la verdad y del amor, el compañero y el amigo de la juventud" (Mensaje del Concilio Vaticano II a los jóvenes ).

Conozco bien los valores de los jóvenes cubanos, sinceros en sus relaciones, autènticos en sus proyectos, hospitalarios con todos y amantes de la libertad. Sè que, como hijos de la exhuberante tierra caribeña, sobresalen por su capacidad artìstica y creativa; por su espìritu alegre y emprendedor, dispuestos siempre a acometer grandes y nobles empresas para la prosperidad del Paìs; por la sana pasión que ponen en las cosas que les interesan y la facilidad para superar las contrariedades y limitaciones. Estos valores afloran con mayor nìtidez cuando encuntran espacios de la libertad y motivaiciones profundas. He podido, además, comprobar y admirar con emoción la fidelidad de muchos de Ustedes a la fe recibida de los mayores, tantas veces transmitida en el regazo de las madres y abuelas durante estas últimas dècadas en las que la voz de la Iglesia parecìa sofocada.

Sin embargo, la sombra de la escalofriante crisis actual de valores que sacude al mundo amenaza tambièn a la juventud de esta luminosa Isla. Se extiende una perniciosa crisis de identidad, que lleva a los jóvenes a vivir sin sentido, sin rumbo ni proyecto de futuro, asfixiados por lo inmediato. Surge el ralativismo, la indiferencia religiosa y la falta de dimensión moral, mientras se tiene la tentación de rendirse a los ìdolos de la sociedad de consumo fascinados por su brillo fugaz. Incluso todo lo que viene de fuera del Paìs parece deslumbrar.

Frente a ello, las estructuras públicas para la educación, la creación artìstica, literaria y humanìstica, y la investigación cientìfica y tecnológica, asì como la proliferación de escuelas y maestros, han tratado de contribuir a despertar una notable preocupación por buscar la verdad, por defender la belleza y por salvar la bondad; pero han suscitado tambièn las preguntas de muchos de Ustedes: ¿Por què la abundancia de medios e instituciones no llega a corresponder plenamente con el fin deseado?

La respuesta no hay que buscarla solamente en las estructuras, en los medios e instituciones, en el sistema polìtico o en los embaros económicos, que son siempre condenables por lesionar a los más necesitados. Estas causas son sólo parte de la respuesta, pero no tocan el fondo del problema.

¿Què puedo decirles a Ustedes, jóvenes cubanos, que viven en condiciones materiales con frecuencia difìciles, en ocasiones frustrados en sus propios y legìtimos proyectos y, por ello, a veces privados incluso de algún modo de la misma esperanza? Guiados por el Espìritu, combatan con la fuerza de Cristo Resucitado para no caer en la tentacón de las diversas formas de fuga del mundo, y de la sociedad; para no sucumbir ante la ausencia de la ilusión, que conduce a la autodestrucción de la propia personalidad mediante el alcoholìsmo, la droga, los abusos sexuales y la prostitución, la búsqueda continua de nuevas sensaciones y el refugio en sectas, cultos espiritualistas alienantes o grupos totalmente extraños a la cultura y a la tradición de su Patria.

"Velen, mantènganse firmes en la fe, sean fuertes, Hagan todo con amor" (1Co 16, 13-14). Pero, ¿què significa ser fuertes? Quiere decir vencer el mal en sus múltiples formas. El peor de los males es el pecado, que causa innumerables sufrimientos y puede estar tambièn dentro de nosotros, influyendo de manera negativa en nuestro comportamiento. Por tanto, si es justo empeñarse en la lucha contra el mal en sus manifestaciones públicas y sociales, para los creyentes es un deber procurar derrotar en primer lugar el pecado, raìz de toda forma de mal que puede anidar en el corazón humano, resistiendo con la ayuda de Dios a sus seducciones.

Tengan la seguridad de que Dios no limita su juventud ni quiere para los jóvenes una vida desprovista de alegrìa. ¡Todo lo contrario! Su poder es un dinamismo que lleva al desarrollo de toda la persona: al desarrollo del cuerpo, de la mente, de la afectividad; al crecimiento de la fe; a la expansión del amor efectivo hacia Ustedes mismos, hacia el prójimo y hacia las ralidades terrenas y espirituales. Si saben abrirse a la iniciativa divina, experimentarán en Ustedes la fuerza del " gran Viviente, Cristo, eternamente joven " Mensaje del Concilio Vaticano II a los jóvenes ).

Jesús desea que tengan vida, y la tengan en abundancia (cf. Jn 10, 10). La vida que se nos revela en Dios, aunque pueda parecer a veces difìcil, orienta y da sentido al desarrollo del hombre. Las tradiciones de la Iglesia, la práctica de los sacramentos y el recurso constante a la oración no son obligaciones y ritos que hay que cumplir, sino más bien manatiales inagotables de gracia que alimentan la juventud y la hacen fecunda para el desarrollo de la virtud, la audacia apostólica y la verdadera esperanza.

La virtud es la fuerza interior que impulsa a sacrificarse por amor al bien y que permite a la persona no sólo realizar actos buenos, sino tambièn dar lo mejor de sì misma. Con jóvenes virtuosos un Paìs se hace grande. Por eso, y porque el futuro de Cuba depende de Ustedes, de cómo formen su carácter, de cómo vivan su voluntad de compromiso en la transformación de la realidad, les digo: ¡Afronten con fortaleza y templanza, con justicia y prudencia los grandes desafìos del momento presente; vuelvan a las raìces cubanas y cristianas, y hagan cuanto estè en sus manos para construir un futuro cada vez más digno y más libre! No olviden que la responsabilidad forma parte de la libertad. Más aún, la persona se define principalmente por su responsabilidad hacia los demás y ante la historia (cf. Const. Past. Gaudium et spes, 55).

Nadie debe eludir el reto de la època en la que le ha tocado vivir. Ocupen el lugar que les corresponde en la gran familia de los pueblos de este continente y de todo el mundo, no como los últimos que piden ser aceptados, sino como quienes con pleno derecho llevan consigo una tradición rica cuyos orìgenes están en el cristianismo.

Les quiero hablar tambièn de compromiso. El compromiso es la respuesta valiente de quienes no quieren malgastar su vida sino que desean ser protagonistas de la historia personal y social. Los invito a asumir un compromiso concreto, aunque sea humilde y sencillo, pero que emprendido con perseverancia se convierte en una gran prueba de amor y en el camino seguro para la propia santificación. Asuman un compromiso responsable en el seno de sus familias, en la vida de sus comunidades, en el entramado de la sociedad civil y también, a su tiempo, en las estructuras de decisión de la nación.

No hay verdadero compromiso con la Patria sin el cumplimiento de los propios deberes y obligaciones en la familia, en la universidad, en la fábrica o en el campo, en el mundo de la cultura y el deporte, en los diversos ambientes donde la nación se hace realidad y la sociedad civil entreteje la progresiva creatividad de la persona humana. No puede haber compromiso con la fe sin una presencia activa y audaz en todos los ambientes de la sociedad en los que Cristo y la Iglesia se encarnan. Los cristianos deben pasar de la sola presencia a la animación de esos ambientes, desde dentro, con la fuerza renovadora del Espíritu Santo.

El mejor legado que se puede hacer a las generaciones futuras es la transmisión de los valores superiores del espíritu. No se trata sólo de salvar algunos de ellos, sino de favorecer una educación ética y cívica que ayude la libertad, la justicia social y la responsabilidad. En este camino, la Iglesia, que es ‘experta en humanidad’, se ofrece para acompañar a los jóvenes, ayudándolos a elegir con libertad y madurez el rumbo de su propia vida y ofreciéndoles los auxilios necesarios para abrir el corazón y el alma a la trascendencia. La apertura al misterio de lo sobrenatural les hará descubrir la bondad infinita, la belleza incomparable, la verdad suprema; en definitiva, la imagen que Dios ha querido grabar en cada hombre.

Me detengo ahora en un asunto vital para el futuro. La Iglesia en su nación tiene la voluntad de estar al servicio no sólo de los católicos sino de todos los cubanos. Para poder servir mejor tiene necesidad urgente de sacerdotes salidos de entre los hijos de este pueblo que sigan las huellas de los Apóstoles, anunciando el Evangelio y haciendo a sus hermanos partícipes de los frutos de la redención; tiene también necesidad de hombres y mujeres que, consagrando sus propias vidas a Cristo, se dediquen generosamente al servicio de la caridad; tiene necesidad de almas contemplativas que imploren su gracia y misericordia de Dios para su pueblo. Es responsabilidad de todos acoger cada día la invitación persuasiva, dulce y exigente de Jesús, que nos pide rogar al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. (cf. Mt 9, 38). Es responsabilidad de los llamados responder con libertad y en espíritu de profunda oblación personal la voz humilde y penetrante de Cristo que dice, hoy como ayer y como siempre: ¡ven y sígueme!

Jóvenes cubanos, Jesús, al encarnarse en el hogar de María y José, manifiesta y consagra la familia como santuario de la vida y célula fundamental de la sociedad. La santifica con el Sacramento del Matrimonio y la constituye "centro y corazón de la civilización del amor(Carta a las Familias Gratissimam sane, 13). La mayor parte de Ustedes están llamados a formar una familia. ¡Cuántas situaciones de malestar personal y social tienen su origen en las dificultades, las crisis y los fracasos de la familia! Prepárense bien para ser en el futuro los constructores de hogares sanos y apacibles, en los que se vive el clima tonificador de la concordia, mediante el diálogo abierto y la comprensión recíproca.

"El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no es jactancioso, no se engríe, no busca su interés, no se irrita. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta" (1 Co13, 4-7). El amor verdadero, al que el Apóstol San Pablo dedicó un himno en la primera carta a los Corintios, es exigente. Su belleza está precisamente en su exigencia. Sólo quien, en nombre del amor, sabe ser exigente consigo mismo, puede exigir amor a los demás. Es preciso que los jóvenes de hoy descubran este amor, porque en él está el fundamento verdaderamente sólido de la familia. Rechazen con firmeza cualquiera de sus sucedáneos, como el llamado ‘amor libre’. ¡Cuántas familias se han destruído por esa causa! No olviden que seguir ciegamente el impulso afectivo significa, muchas veces, ser esclavo de sus propias pasiones.

Déjenme que les hable también de María, la joven que realizó en sí misma la adhesión más completa a la voluntad de Dios y que, precisamente por eso, se ha convertido en modelo de la máxima perfección cristiana. Tuvo confianza en Dios: "¡Feliz la que ha creído que se cumplirán las cosas que le fueron dichas por parte del Señor!" (Lc 1, 45). Robustecida por la palabra recibida de Dios y conservada en su corazón (Lc 2, 9), venció el egoísmo, derrotó el mal. El amor la preparó para el servicio humilde y concreto hacia el prójimo. A Ella se dirige también hoy la Iglesia, y la invoca incesantemente como ayuda y modelo de caridad generosa. A Ella dirige su mirada la juventud de Cuba para encontrar un ejemplo de defensa y promoción de la vida, de ternura, de fortaleza en el dolor, de pureza en el vivir y de alegría sana. Confíen a María sus corazones, queridos muchachos y muchachas. Ustedes que son el presente y el futuro de estas comunidades cristianas, tan probadas a lo largo de los años. No se separen nunca de María y caminen junto a Ella. Así serán Santos, porque reflejándose en Ella y confortados por su auxilio, acogerán la palabra de la promesa, la custodiarán celosamente en su interior y serán los heraldos de una nueva evangelización para una sociedad también nueva, la Cuba de la reconciliación y del amor.

Queridos jóvenes, la Iglesia confía en ustedes y cuenta con ustedes. A la luz de la vida de los Santos y de otros testigos del Evangelio, y guiados por la atención pastoral de sus Obispos, ayúdense los unos a los otros a fortalecer su fe y a ser los apóstoles del año 2000, haciendo presente al mundo que Cristo nos invita a ser alegres y que la verdadera felicidad consiste en darse por amor a los hermanos. Que el Señor siga derramando abundantes dones de paz y entusiasmo sobre todos los jóvenes hijos e hijas de la amada nación cubana. Esto es lo que el Papa les desea con viva esperanza. Los bendigo de corazón.


MENSAJE DE S.S.JUAN PABLO II
Aula Magna de la Universidad
de la Habana
Encuentro con el Mundo de la Cultura

 

Texto original

Señores Cardenales y Obispos, Autoridades universitarias, Ilustres Señoras y Señores:

Es para mi un gozo encontrarme con Ustedes en este venerable recinto de la Universidad de La Habana. A todos dirijo mi afetuoso saludo y, en primer lugar, quiero agradecer las palabras que el Señor Cardenal Jaime Ortega y Alamino ha tenido a bien dirigirme, en nombre de todos, para darme la bienvenida, asi camo el amable saludo del Señor Rector de esta Universidad, que me ha acogido en esta Aula Magna. En ella se conservan los restos del gran sacerdote y patriota, el Siervo de Dios Padre Fèlix Varela, ante los cuales he rezado. Gracias, Señor Rector, por presentarme a esta distjnguida asamhlea de mujeres y hombres que dedican sus esfuerzos a la promoción de la cultura genuina en esta noble nación cubana.

La cultura es aquella forma peculiar con la que los hombres expresan y desarrollan sus relaciones con la creación, entre ellos mismos y con Dios, formando el conjunto de valores que caracterizan a un puebio y los rasgos que lo definen. Asì entendida, la cultura tiene una importancia fundamental para la vida de las naciones y para el cultivo de los valores humanos más autènticos. La Iglesia, que acompaña al hombre en su camino, que se abre a la vida social, que busca los espacios paras su acción evangelizadora, se acerca, con su palabra y su acción, a la cultura.

La Iglesia católica no se identifica con ninguna cultura particular, sino que se acerca a todas ellas con espìritu abierto. Ella, al proponer con respeto su propia visión del hombre y de los valores, contribuve a la creciente humanización de la sociedad. En la evangelización de la cultura es Cristo mismo el que actúa a travès de su Iglesia, ya que con su Encarnación "entra en la cultura" y "trae para cada cultura histórica el don de la purificacón y de la plenitud" (Conclusiones de Santo Domingo, 228).

"Toda cultura es un esfuerzo de renflexión sobre el misterio del mundo y, en particular, del hombre: es un modo de expresar la dimensión trascendente de la vida humana" (Discurso en la ONU, 5 octubre 1995, 9). Respetando y promoviendo la cultura la Iglesia respeta y promueve al hombre: al hombre que se esfuerza para hacer más humana su vida y por acercarla, aunque sea a tientas, al misterio escondido de Dios. Toda cultura tiene un núcleo íntimo de convicciones religiosas v de valores morales, que constituye como su "alma"; es ahì donde Cristo quiere llegar con la fuerza sanadora de su gracia. La evangelización de la cultura es come una elevación de su "alma religiosa", infundièndole un dinamismo nuevo y potente, el dinamismo del Espìritu Santo, que la lleva a la máxima actualización de sue potencialidades humanas. En Cristo, toda culture se siente profundamente respetada, valorada y amada; porque toda eultura está siempre abierta, en lo más autèntico de sì misma, a los tesoros de la Redención.

Cuba, por su historia y situnción geográfica, tiene una cultura propia en cuya formación ha habido influencias diversas: la hispana, que trajo el catolisìsmo; la africana, cuya religiosidad fue permeada por el cristianismo; la de los diferentes grupos de inmigrantes; y la propiamente americana. Es de justicia recordar la influencia que el Seminario de San Carlos y San Ambrosio, de La Habana, ha tenido en el desarrollo de la cultura nacional bajo d influjo de figuras come Josè Agustìn Caballero, llamado por Martì "padre de los pobres y de nuestra filosofìa", y el sacerdote Fèlix Varela, verdadero padre de la cultura cubana. La superficialidad o el anticlericalismo de algunos sectores en aquella època no son genuìnamente representativos de lo que ha sido la verdadera idiosincrasia de este pueblo, que en su historia ha visto la fe católica como fuente de los ricos valores de la cubanìa que, junto a las expresiones tìpicas, canciones populares, controversias campesinas y refranero popular, tiene una honda matriz cristiana, lo cual es hoy una riquesa y una realidad constitutiva de la Nación.

Hijo preclaro de esta tierra es el Padre Fèlix Varela y Morales, considerado por muchos come piedra fundacional de le nacionalidad cubana. Él mismoo es, en su persona, la mejor sìntesis que podemos encontrar entre fe cristiana y cultura cubana. Sacerdote habanero ejemplar y patriota indiscutible, fue un pensadar insigne que renovó en la Cuba del siglo XIX (los mètodos pedagógicos y los contenidos de la enseñanza filosófica, jurìdica, cientìfica y teológica. Maestro de generaciones de cubanos, enseñó que para asumir responsablemente la existencia lo primero que se debe aprender es el dìficil arte de pensar correctamente y con cabeza propia. Él fue el primero que habló de independencia en estas tierras. Habló tambien de democracia, considerándola come el proyeeto polìtico más armónico con la naturaleza humana, resaltando a la vez las exigencias que de ella se derivan… Entre estas exigencias destacaba dos: que haya personas educadas para la libertad y la responsabilidad, con un proyecto ètico forjado en su interior, que asuman lo mejor de la herencia de la civilización y los perennes valores trascendentes pare ser asì capaces de emprender tareas decisivas al servicio de la comunidad; y, en segundo lugar, que las relaciones humanas, asì como el estilo de convivencia social, favorescan los debidos espacios donde cada persona pueda, con el necesario respeto y solidaridad, desempeñar el papel histórico que le_corresponde para dinamizar el Estado de Derecho, garantìa esencial de toda convivencia humana que quiera considerarse democrática.

El Padre Varela era consciente de que, en su tiempo, la independeneia era un ideal todavìa inalcanzable; por ello se dedicó a formar personas, hombres de conciencia, que no fueran soberbios con los dèbiles, ni dèbiles con los poderosos. Desde su exilio de Nueva York, hizo uso de los medios que tenìa a su alcance: la correspondencia personal, la prensa y lo que podrìamos considerar su obra cimera, las Cartas a Elpidio sobre la impiedad, la superstición y el fanatìsmo en sus relanciones con la sociedad, verdadero monumento de enseñanza moral, que constituye su precioso legado a la juventud cubana. Durante los últimos treinta años de su vida, apartado de su cátedra habanera, continuó enseñando desde lejos, generando de ese modo una escuela de pensamiento de convivencia social y una actitud hacia la Patria que deben iluminar, tambièn hoy, a todos los cubanos.

Toda la vida del Padre Varela estuvo inspirada en una profunda espiritualidad cristiana. Ésta es su motivación más fuerte, la fuente sus virtudes, la raìz de su compromiso con la Iglesia y con Cuba: buscar la gloria de Dios en todo. Eso lo llevó a creer en la fuerza de lo pequeño, en la eficacia de las semillas de la verdad, en la conveniencia de que los cambios se dieran con la debida gradualidad hacia las grandes y autèntieas reformas. Cuando se encontraba al final de su camino, mementos antes de cerrar los ojos a la luz de este mundo y de abrirlos a la Luz inextinguible, cumplió aquella promesa que siempre habia hecho: "Guiado per la antorcha de la fe, camino al sepulcro en cuyo borde espero, con la gracia divina, hacer, con el último suspiro, una protestación de mi firme creencia y un voto fervoroso por la prosperidad de mi patria" (Cartas a Elpidio, tomo I, carta 6, p.182).

Ésta es la herencia que el Padre Varela dejó. El bien de su patria sigue necesitanto de la luz sin ocaso, que es Cristo. Cristo es la vìa que guìa al hombre a la plenitud de sus dimensianes, el camino que conduce hasta una sociedad más justa, más libre, más humana y más solidaria. El amor a Cristo y a Cuba, que iluminó la vida del Padre Varela, está en la raìz más honda de la cultura cubana. Recuerden la antorcha que aparece en el escudo de esta Casa de estudios: no es sólo memoria, sino tambièn preyecto. Los propósitos y los orìgenes de esta Universidad, su trayectoria y su herencia, marcan su vocación de ser madre de sabidurìa y de libertad, inspiradora de fe y de justicia, crisol donde se funden ciencia y conciencia, maestra de universalidad y de cubanìa.

La antorcha que, encendida por el Padre Varela, habìa de iluminar la historia del pueblo cubano, fue recogida, poco despuès de su muerte, por esa personalidad relevante de la nación que es Josè Martì: escritor y maestro en el sentido más pleno de la palabra, profundamente democrático e independentista, patriota, amigo leal aún de aquellos que no compartìan su programs polìtico. Él fue, sobre todo, un hombre de luz, coherente con sus valores èticos y animado por una espiritualidad de raìz eminentemente cristiana. Es considerado come un continuador del pensamiento del Padre Varela, a quien llamó "el santo cubano".

En esta Universidad se conservan los restos del Padre Varela como uno de sus tesoros más preciosos. For doquier, en Cuba, se ven tambièn las monumentos que la veneración de los cubanos ha levantado a Jose Martì. Y estoy convencido de que este pueblo ha heredado las virtudes humanas, de matrìz cristiana, de ambos hombres, pues todos los cubanos participan solidariamente de su impronta cultural. En Cuba se puede hablar de un diálogo cultural fecundo, que es garantìa de un crecimiento más armónico y de un incremento de iniciativas y de creatividad de la sociedad civil. En este paìs, la mayor parte de los artìfices de la cultura -católicos y no católicos, creyentes y no creyentes- son hombres de diálogo, capaces de proponer y de escuchar. Los anìmo a proseguir en sus esfuerzos por encontrar una sìntesis con la que todos los cubanas puedan identificarse; a buscar el modo de consolidar una identidad cubana armónica que pueda integrar en su seno sus múltiples tradiciones nacionales. La cultura cubana, si está abierta a la Verdad, afianzará su identidad nacional y la hará crecer en humanidad.

La Iglesia y las instituciones culturales de la Nación deben encontrarse en el diálogo, y cooperar asì al desarrollo de la cultura cubana. Ambas tienen un camino y una finalidad común: servir al hombre, cultivar todas las dimensiones de su espìritu y fecundar desde dentro todas sus relaciones comunitarias y sociales. Las iniciativas que ya existen en este sentido deben encontrar apoya y continuidad en una pastoral para la cultura, en diálogo permanente con personas e instituciones del ámbito intelectual.


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