(Traducción-EWTN)

                                                                  
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5 DE MAYO:  

Homilía del Santo Padre en el
Palacio de deportes del Centro Olímpico de Atenas

1. Queridos Hermanos y Hermanas:

"«Al Dios desconocido.» (…) que adoráis sin conocer, eso os vengo yo a anunciar" (Hechos 17: 23).

Estas palabras, relatadas en los Hechos de los Apóstoles, pronunciadas por Pablo en el Areópago en Atenas, representan una de las primeras proclamaciones de la fe cristiana en Europa. Si consideramos el papel de Grecia en la formación de la antigua cultura, entenderemos perfectamente que esta alocución de Pablo puede ser considerada como el símbolo mismo del encuentro del Evangelio con la cultura humana.

"A los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con cuantos en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor Nuestro, (…) gracia a vosotros y paz de parte de Dios, Padre nuestro, y del Señor Jesucristo" (1 Cor 1; 2,3). Usando las mismas palabras que el Apóstol dirigió a la comunidad de los Corintios los saludo a todos con gran afecto, a los obispos, sacerdotes y fieles laicos católicos que viven en Grecia. Quiero agradecer en primer lugar a su Gracia Nikolaus Foscolos, Arzobispo de Atenas y Presidente de la Conferencia Episcopal de Grecia, por su bienvenida y cordial saludo. Reunidos esta mañana para la celebración eucarística, queremos pedirle al Apóstol que nos dé su fervor y su fe para proclamar el Evangelio a todas las naciones, así como su preocupación por la unidad de la Iglesia. Yo me alegro con la presencia de otras confesiones cristianas en esta Liturgia Divina, quienes de esa manera dan testimonio de su interés en la vida de la comunidad católica y de su común hermandad en Cristo.

2. Pablo nos recuerda claramente que no podemos encerrar a Dios en nuestras maneras humanas de ver o actuar. Si nosotros deseamos recibir al Señor, estamos llamados a la conversión. Este es el camino que se abre delante de nosotros, el camino que nos permite seguir a Cristo de la manera como él lo hizo, siendo hijos e hijas en el Hijo. Nosotros podemos, por consiguiente, reinterpretar nuestro viaje personal y el de la Iglesia como una experiencia pascual. Debemos ser purificados para cumplir en plenitud la Divina Voluntad, aceptando que Dios, a través de su gracia, transforma nuestro ser y nuestra existencia, de la misma manera en que San Pablo fue transformado de perseguidor a misionero (cf. Gal 1; 11-24). Así podremos enfrentar las pruebas del Viernes Santo, con sus sufrimientos, con la oscuridad de la fe, con sus confusiones. Pero también podremos vivir momentos llenos de luz, como el amanecer del Domingo de Pascua, en el cual el Resucitado nos comunica su propio gozo y nos lleva hacia la Verdad. Al ver nuestra historia personal y la de la Iglesia de esta forma, no podremos dejar de vivir con la esperanza, con la certeza, de que el Señor de la Historia nos guiará por caminos que sólo Él conoce. Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude a ser testigos de la Buena Nueva del Amor de Dios a través de nuestras palabras y de nuestras acciones.

Porque el Espíritu es el que infunde fervor misionero en su Iglesia, es Él quien llama y envía. Y el verdadero apóstol es, ante todo, la persona que está en "sintonía" con Dios, un siervo listo para la acción divina.

3. Estar aquí en Atenas y recordar la vida y la labor de Pablo es ser invitado a proclamar el Evangelio hasta los confines de la tierra, anunciar a nuestros contemporáneos la salvación traída por Cristo, mostrándoles los caminos de santidad y de una vida moral recta, como respuesta al llamado del Señor. El Evangelio es la Buena Nueva universal que toda persona es capaz de entender.

En su discurso a los atenienses, San Pablo no oculta ningún aspecto de la fe; como todo apóstol, sabe preservar cuidadosamente el Depósito de la Fe (cf. 2 Tim 1, 14). Comienza con referencias y maneras de pensar que les son familiares a los que le escuchan, de modo que ellos puedan entender mejor el Evangelio que ha venido a anunciarles. Pablo cuenta con el conocimiento natural de Dios y el profundo deseo espiritual de su audiencia, para prepararlos y así recibir la revelación del único y verdadero Dios.

Si con los atenienses él fue capaz de citar a los antiguos autores clásicos, fue porque su propia cultura había sido moldeada por el Helenismo. Por consiguiente, usó su propia experiencia para proclamar el Evangelio con palabras que podrían dejar huella en sus oyentes (cf. Hechos 17; 17). ¡Qué lección para nosotros! Si queremos proclamar la Buena Nueva a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, la Iglesia debe estar muy atenta a sus propias culturas y maneras de comunicarse, sin dejar que el mensaje del Evangelio sea alterado, o su significado o alcance disminuido. "El cristianismo del tercer milenio debe responder cada vez mejor a esta exigencia de inculturación" (Novo Millennio Ineunte, 40). El discurso magistral de Pablo invita a los discípulos de Cristo a entablar un verdadero diálogo misionero con sus contemporáneos, respetando lo que son, pero al mismo tiempo con una clara y convincente presentación del Evangelio, junto con sus implicaciones y exigencias en la vida de las personas.

5. Hermanos y hermanas, vuestro país goza de una larga tradición de sabiduría y humanismo. Desde el principio del cristianismo, los filósofos tomaron sobre sí la tarea de "mostrar el vínculo entre la razón y la religión … Se inicia así un camino que, abandonando las tradiciones antiguas particulares, se abre a un proceso más conforme a las exigencias de la razón universal" (Fides et Ratio, 36). Este trabajo realizado por los filósofos y los primeros apologistas cristianos hicieron posible que después -siguiendo a San Pablo en su discurso en Atenas- la fe cristiana y la filosofía entablen un diálogo fructífero.

Es importante crear oportunidades de diálogo con nuestros contemporáneos, siguiendo el ejemplo de San Pablo y de las primeras comunidades, especialmente cuando el futuro de la humanidad está en riesgo. De esta manera, las decisiones no serán guiadas sólo por intereses políticos o económicos, dejando a un lado la dignidad de las personas y las obligaciones que derivan de ella. Más bien habrá un elemento espiritual presente que recuerde a las personas la dignidad y posición de cada individuo. Existen muchos "areópagos" que hoy día nos llaman a ser testigos del Cristianismo (cf. Redemptoris Missio, 37); y yo los aliento a estar presentes en el mundo. Como el profeta Isaias, los cristianos han sido colocados como los guardianes en la cima de las murallas (cf. Is 21; 11-12), para discernir los efectos de las circunstancias actuales en el hombre, para discernir las semillas de esperanza dentro de la sociedad, y para mostrar al mundo la luz de la Pascua que ilumina con el brillo de un nuevo día todas las realidades humanas.

Cirilo y Metodio, los dos hermanos de Salónica, entendieron el llamado del Resucitado: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación." (Mc 16; 15). Habiendo partido para encontrarse con los Eslavos, ellos les llevaron el Evangelio en su propio idioma. Ellos "no sólo desarrollaron su misión respetando plenamente la cultura existente entre los pueblos eslavos, sino que, junto con la religión, la promovieron y acrecentaron de forma eminente e incesante." (Slavorum Apostoli 26). Que el ejemplo de ellos y su intercesión nos ayuden a responder de manera más efectiva a la necesidad de la inculturación y a regocijarnos ante la belleza de los múltiples rostros de la Iglesia de Cristo.

6. En su experiencia personal como creyente, y en su ministerio como Apóstol, Pablo entendió que sólo Cristo es el camino de salvación, quien, por su gracia, reconcilia a la gente entre ellos mismos y con Dios. "Porque Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad," (Ef; 2, 14). El Apóstol pasó a ser defensor de la Unidad, tanto dentro de las comunidades como entre ellas, consumido por "la preocupación por todas las Iglesias" (2 Cor 11, 28).

La pasión por la unidad de la Iglesia debe ser la señal de todos los discípulos de Cristo. "La triste herencia del pasado nos afecta todavía al cruzar el umbral del nuevo milenio (…), pero aún queda mucho camino por recorrer" (Novo Millennio Ineunte, 48). Pero eso no debe descorazonarnos, nuestro amor al Señor nos debe llevar a involucrarnos cada vez más en el trabajo por la unidad. Para poder tomar nuevos pasos en esa dirección es importante "empezar renovados en Cristo" (cf. Novo Millennio Ineunte, 29).

"La confianza de poder alcanzar, incluso en la historia, la comunión plena y visible de todos los cristianos se apoya en la plegaria de Jesús, no en nuestras capacidades… El recuerdo de los tiempos en que la Iglesia respiraba con "dos pulmones" ha de impulsar a los cristianos de oriente y occidente a caminar juntos, en la unidad de la fe y en el respeto de las legítimas diferencias, acogiéndose y apoyándose mutuamente como miembros del único Cuerpo de Cristo" (Novo Millennio Ineunte, 48)!.

La Virgen María, con su oración y presencia maternal, acompañó la vida y la misión de la primera comunidad cristiana, reunida alrededor de los apóstoles (cf. Hechos 1; 14). Con ellos, Ella recibió el Espíritu Santo en Pentecostés. Que sea Ella quien cuide el camino que ahora nos toca recorrer hacia la total unidad con nuestros hermanos del Este, de modo que seamos fieles mutuamente, con apertura y entusiasmo, a la misión que Cristo ha confiado a su Iglesia. Que la Virgen María – tan venerada en vuestro país, y de manera especial en los santuarios de sus Islas, como el de la Virgen de la Anunciación en la isla de Tinos, y bajo la advocación de Nuestra Señora de la Misericordia en Faneromeni, en Sirios—nos lleve siempre hacia su Hijo Jesús (cf. Jn 2; 5). Él es Cristo, el Hijo de Dios, "la luz verdadera que ilumina a todo hombre" con su venida al mundo (cf. Jn 1; 9)

Fortalecidos en la esperanza que nos viene de Cristo, y sostenidos por la oración fraternal de aquellos que nos han precedido en la fe, continuemos nuestro peregrinaje en la tierra como verdaderos mensajeros de la Buena Nueva, llenos del gozo de la oración de Pascua que está en nuestros corazones y que deseo compartir con todos ustedes:

"¡Alabad al Señor, todas las naciones,
celebradle, pueblos todos!
Porque es fuerte su amor hacia nosotros,
la verdad de Dios dura por siempre" (Sal 117).

Amén.

 

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