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24 de enero, 1999

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MÉXICO- CIUDAD DE MEXICO
Hospital Lic. Adolfo López Mateos
Mensaje a los Enfermos

Texto original

Queridos hermanos y hermanas:

1. Como en otros viajes pastorales a lo largo y ancho del mundo, también en esta mi cuarta visita a México he deseado compartir con Ustedes, queridos enfermos hospitalizados en este Centro que lleva el nombre de "Lic. Adolfo López Mateos" -y por medio suyo con todos los demás enfermos del País- unos momentos en la oración y la esperanza. Les quiero asegurar mi afecto y, a la vez, me asocio a su oración y a la de sus seres queridos pidiendo a Dios, por intercesión de la Santísima Virgen de Guadalupe, la conveniente salud del cuerpo y del alma, la plena identificación de sus sufrimientos con los de Cristo y la búsqueda de los motivos que, basados en la fe, nos ayudan a comprender el sentido del dolor humano.

Me siento muy cercano a cada uno de los que sufren, así como a los médicos y demás profesionales sanitarios que prestan su abnegado servicio a los enfermos. Quisiera que mi voz traspasara estos muros para llevar a todos los enfermos y agentes sanitarios la voz de Cristo, y ofrecer así una palabra de consuelo en la enfermedad y de estímulo en la misión de la asistencia, recordando muy especialmente el valor que tiene el dolor en el marco de la obra redentora del Salvador.

Estar con Ustedes, servirles con amor y competencia no es sólo una obra humanitaria y social, sino sobre todo, una actividad eminentemente evangélica, pues Cristo mismo nos invita a imitar al buen samaritano, que cuando encontró en su camino al hombre que sufría "no pasó de largo", sino "que tuvo compasión y, acercándose, vendó sus heridas [...] y cuidó del él" (Lc 10, 32-34). Son muchas las páginas del Evangelio que nos describen el encuentro de Jesús con personas aquejadas de diversas enfermedades. Así, san Mateo nos dice que "Jesús recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del reino y curando toda enfermedad y dolencia en el pueblo. Su fama llegó a toda Siria; y le trajeron todos los que se encontraban mal con enfermedades y sufrimientos diversos, endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curó" (4,23-24). San Pedro, siguiendo los pasos de Cristo, junto a la Puerta Hermosa del templo ayudó a caminar a un tullido (cf. Hch 3, 2-5) y en cuanto se corrió la voz de lo acaecido, "le sacaban enfermos a las plazas y los colocaban en lechos y camillas, para que, al pasar Pedro, siquiera su sombra cubriese a alguno de ellos" (ibíd. 5, 15-16). Desde sus orígenes, la Iglesia, movida por el Espíritu Santo, quiere seguir los ejemplos de Jesús en este sentido, y por eso considera que es un deber y un privilegio estar al lado del que sufre y cultivar un amor preferencial hacia los enfermos. Por eso, escribí en la Carta Apostólica Salvifici doloris: "La Iglesia que nace del misterio de la redención en la Cruz de Cristo, está obligada a buscar el encuentro con el hombre, de modo particular, en el camino de su sufrimiento. En un encuentro de tal índole el hombre 'constituye el camino de la Iglesia', y es éste uno de los más importantes" (n. 3).

2. El hombre está llamado a la alegría y a la vida feliz, pero experimenta diariamente muchas formas de dolor, y la enfermedad es la expresión más frecuente y más común del sufrir humano. Ante ello es espontáneo preguntarse: ¿Por qué sufrimos? ¿Para qué sufrimos? ¿Tiene un significado que las personas sufran? ¿Puede ser positiva la experiencia del dolor físico o moral? Sin duda, cada uno de nosotros se habrá planteado más de una vez estas cuestiones, sea desde el lecho del dolor, en los momentos de convalecencia, antes de someterse a una intervención quirúrgica o cuando se ha visto sufrir a un ser querido.

Para los cristianos éstos no son interrogantes sin respuesta. El dolor es un misterio, muchas veces inescrutable para la razón. Forma parte del misterio de la persona humana, que sólo se esclarece en Jesucristo, que es quien revela al hombre su propia identidad. Sólo desde Él podremos encontrar el sentido a todo lo humano. El sufrimiento -como he escrito en la Carta Apostólica Salvifici doloris- "no puede ser transformado y cambiado con una gracia exterior sino interior [...] Pero este proceso interior no se desarrolla siempre de igual manera [...] Cristo no responde directamente ni en abstracto a esta pregunta humana sobre el sentido del sufrimiento. El hombre percibe su respuesta salvífica a medida que él mismo se convierte en partícipe de los sufrimientos de Cristo. La respuesta que llega mediante esta participación es... una llamada: 'Sígueme', 'Ven', toma parte con tu sufrimiento en esta obra de salvación del mundo, que se realiza a través de mi sufrimiento. Por medio de mi cruz" (n. 26). Por eso, ante el enigma del dolor, los cristianos podemos decir un decidido "hágase, Señor, tu voluntad" y repetir con Jesús: "Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; sin embargo, no se haga como yo quiero sino como quieres Tú" (Mt 26,39).

3. La grandeza y dignidad del hombre están en ser hijo de Dios y estar llamado a vivir en íntima unión con Cristo. Esa participación en su vida lleva consigo el compartir su dolor. El más inocente de los hombres -el Dios hecho hombre- fue el gran sufriente que cargó sobre sí con el peso de nuestras faltas y de nuestros pecados. Cuando Él anuncia a sus discípulos que el Hijo del Hombre debía sufrir mucho, ser crucificado y resucitar al tercer día, advierte a la vez que si alguno quiere ir en pos de Él, ha de negarse a sí mismo, tomar su cruz de cada día, y seguirle (cf. Lc 9, 22ss). Existe, pues, una íntima relación entre la Cruz de Jesús -símbolo del dolor supremo y precio de nuestra verdadera libertad- y nuestros dolores, sufrimientos, aflicciones, penas y tormentos que pueden pesar sobre nuestras almas o echar raíces en nuestros cuerpos. El sufrimiento se transforma y sublima cuando se es consciente de la cercanía y solidaridad de Dios en esos momentos. Es esa la certeza que da la paz interior y la alegría espiritual propias del hombre que sufre generosamente y ofrece su dolor "como hostia viva, consagrada y agradable a Dios "(Rm 12,1). El que sufre con esos sentimientos no es una carga para los demás, sino que contribuye a la salvación de todos con su sufrimiento.

Vistos así, el dolor, la enfermedad y los momentos oscuros de la existencia humana, adquieren una dimensión profunda e, incluso esperanzada. Nunca se está solo frente al misterio del sufrimiento: se está con Cristo, que da sentido a toda la vida: a los momentos de alegría y paz, igual que a los momentos de aflicción y pena. Con Cristo todo tiene sentido, incluso el sufrimiento y la muerte; sin Él, nada se explica plenamente, ni siquiera los legítimos placeres que Dios ha unido a los diversos momentos de la vida humana.

4. La situación de los enfermos en el mundo y en la Iglesia no es, de ningún modo, pasiva. A este respecto, quiero recordar las palabras que les dirigieron los Padres Sinodales al concluir la VII Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos: "Contamos con vosotros para enseñar al mundo entero lo que es el amor. Haremos todo lo posible para que encontréis el lugar al que tenéis derecho en la sociedad y en la Iglesia" (Per Concilii semitas ad Populum Dei Nuntius, 12). Como escribí en mi Exhortación apostólica Christifideles laici "A todos y a cada uno se dirige el llamamiento del Señor: también los enfermos son enviados como obreros a su viña. El peso que oprime a los miembros del cuerpo y menoscaba la serenidad del alma, lejos de retraerles del trabajar en la viña, los llama a vivir su vocación humana y cristiana y a participar en el crecimiento del Reino de Dios con nuevas modalidades, incluso más valiosas [...] muchos enfermos pueden convertirse en portadores del 'gozo del Espíritu Santo en medio de muchas tribulaciones' (1Ts 1,6) y ser testigos de la Resurrección de Jesús" (n. 53). En este sentido, es oportuno tener presente que los que viven en situación de enfermedad no sólo están llamados a unir su dolor a la Pasión de Cristo, sino a tener una parte activa en el anuncio del Evangelio, testimoniando, desde la propia experiencia de fe, la fuerza de la vida nueva y la alegría que vienen del encuentro con el Señor resucitado (cf. 2Co 4, 10-11; 1P 4, 13; Rm 8, 18ss).

Con estos pensamientos he querido suscitar en cada uno y cada una de Ustedes los sentimientos que llevan a vivir las pruebas actuales con un sentido sobrenatural, sabiendo ver en ellas una ocasión para descubrir a Dios en medio de las tinieblas y los interrogantes, y adivinar los amplios horizontes que se vislumbran desde lo alto de nuestras cruces de cada día.

5. Quiero extender mi saludo a todos los enfermos de México, muchos de los cuales están siguiendo esta visita a través de la radio o de la televisión; a sus familiares, amigos y a cuantos les ayudan en estos momentos de prueba; al personal médico y sanitario, que ofrecen el contributo de su ciencia y de sus atenciones para superarlos o, por lo menos, hacerlos más llevaderos; a las autoridades civiles que se preocupan por el progreso de los hospitales y los demás centros asistenciales de los diferentes Estados y del País entero. Una mención especial quiero reservar a las personas consagradas que viven su carisma religioso en el campo de la salud, así como a los sacerdotes y a los demás agentes pastorales que les ayudan a encontrar en la fe consuelo y esperanza.

No puedo dejar de agradecer las oraciones y sacrificios que ofrecen muchos de Ustedes por mi persona y mi ministerio de Pastor de la Iglesia universal.

Al entregar este Mensaje a Mons. José Lizares Estrada, Obispo auxiliar de Monterrey y Presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral de la Salud, les renuevo mi saludo y mi afecto en el Señor y, por intercesión de la Virgen de Guadalupe, que al Beato Juan Diego le dijo "¿No soy yo tu salud?"-manifestándose así como quien invocamos los cristianos con el título de "Salus infirmorum"-, les imparto de corazón la Bendición Apostólica.

Ciudad de México, 24 de enero de 1999.

 


ANGELUS DOMINI

Autódromo Hermanos Rodríguez
Mensaje


Texto original

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. En la Santa Misa que acabamos de celebrar he tenido el gozo de compartir con todos Ustedes la misma fe y amor en Jesucristo, unidos con la misma esperanza en sus promesas. Les agradezco con todo mi corazón su presencia aquí, tan numerosa, y de nuevo les aliento a vivir firmemente su compromiso cristiano como miembros de la Iglesia que camina hacia el tercer Milenio.

2. La Exhortación apostólica postsinodal "Ecclesia in América", presentada ayer, invita a este amado Continente a dar un renovado "sí" a Jesucristo, acogiendo y respondiendo con generosidad misionera a su mandato de proclamar la Buena Nueva a todas las naciones (cf. Mc 13,10). Bajo la mirada protectora de María pongo de nuevo los frutos evangelizadores del reciente Sínodo de América, el ardor apostólico de sus Iglesias locales y también esta Visita pastoral a la querida nación mexicana.

3. Mañana se concluye la Semana de oración por la unidad de los cristianos, que este año tiene como lema: "Él habitará con ellos. Ellos serán su pueblo y el mismo Dios estará con ellos" (Ap 21,3b). Alcanzar la plena comunión entre todos los creyentes en Cristo es un objetivo constante de la Iglesia, la cual pide al Padre con renovado fiervor en la preparación al Gran Jubileo del 2000 que sea una realidad el deseo de Cristo de que todos sean uno (cf. Jn 17,11). La plena unidad entre los cristianos, hacia la cual se van dando pasos consoladores, es un don del Espíritu Santo que se ha de pedir con perseverancia.

4. El amor a la Madre de Dios, tan característico de la religiosidad americana, ayuda a orientar la propia vida según el espíritu y los valores del Evangelio, para testimoniarlos en el mundo. Nuestra Señora de Guadalupe, unida íntimamente al nacimiento de la Iglesia en América, fue la Estrella radiante que iluminó el anuncio de Cristo Salvador a los hijos de estos pueblos, ayudando a los primeros misioneros en su evangelización. A ella, que llevó en su seno al "Evangelio de Dios" (Evangelii nuntiandi, 7), pido que les ayude a ser testigos de Cristo ante los demás.

Que María Santísima interceda por nosotros y, con su protección materna, nos acompañe en este compromiso alentador.


HOMILÍA

Autódromo Hermanos Rodríguez
Santa Misa

Texto original

Queridos hermanos y hermanas,

1. "Estén perfectamente unidos en un mismo sentir y en un mismo pensar" (1Co 1, 10). En esta mañana las palabras del apóstol San Pablo nos animan a vivir intensamente este encuentro de fe, como es la celebración eucarística, en "el santo domingo, honrado por la Resurrección del Señor, primicia de todos los demás días" (Dies Domini, 19). Me siento lleno de inmensa alegría al estar aquí presidiendo la Santa Misa.

En el plan de Dios el domingo es el día en que la comunidad cristiana se congrega en torno a la mesa de la Palabra de Dios y la mesa de la Eucaristía. En este importante encuentro estamos llamados por el Señor a renovar y profundizar el don de la fe. ¡Sí, hermanos, el domingo es el día de la fe y de la esperanza; el día de la alegría y de la respuesta gozosa a Cristo Salvador, el día de la santidad! En esta asamblea fraterna vivimos y celebramos la presencia del Maestro, que ha prometido: "Yo estaré con Ustedes hasta la consumación del mundo" (Mt 28,20).

2. Quiero agradecer ahora las amables palabras que me ha dirigido el Señor Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, presentando la realidad de esta querida comunidad eclesial. Saludo también con afecto al Cardenal Ernesto Corripio Ahumada, Arzobispo Emérito de México, así como a los demás Cardenales y Obispos mexicanos y a los que han venido de otras partes del Continente americano y de Roma. El Papa les anima en el ejercicio de su ministerio y les exhorta a no ahorrar energías en predicar con valor el Evangelio de Cristo.

Saludo también con gran estima a los sacerdotes y a los consagrados y consagradas, alentándolos a santificarse con su irrenunciable entrega a Dios mediante su servicio a la Iglesia y a la nueva evangelización, siguiendo siempre las directrices de sus Pastores. Esto será una gran fuerza para anunciar mejor a Cristo a los demás, especialmente a los más alejados. Tengo asimismo muy presentes a tantas religiosas de clausura, que oran por la Iglesia, por el Papa, por los Obispos y sacerdotes, por los misioneros y por todos los fieles.

Saludo igualmente de manera muy afectuosa a los numerosos indígenas de diversas regiones de México, presentes en esta celebración. El Papa se siente muy cercano a todos Ustedes, admirando los valores de sus culturas, y animándolos a superar con esperanza las difíciles situaciones que atraviesan. Les invito a esforzarse por alcanzar su propio desarrollo y trabajar por su propia promoción. ¡Construyan con responsabilidad su futuro y el de sus hijos! Por eso, pido a todos los fieles de esta Nación que se comprometan a ayudar y promover a los más necesitados de entre Ustedes. Es necesario que todos y cada uno de los hijos de esta Patria tengan lo necesario para llevar una vida digna. Todos los miembros de la sociedad mexicana son iguales en dignidad, pues son hijos de Dios y, por tanto, merecen todo respeto y tienen derecho a realizarse plenamente en la justicia y en la paz.

La palabra del Papa quiere llegar también a los enfermos que no han podido estar aquí con nosotros. Me siento muy cerca de ellos para comunicarles el consuelo y la paz de Cristo. Les pido que, mientras buscan recuperar la salud, ofrezcan su enfermedad por la Iglesia, sabiendo el valor salvífico y la fuerza evangelizadora que tiene el sufrimiento humano asociado al del Señor Jesús.

Agradezco de modo particular a las Autoridades civiles su presencia en esta celebración. El Papa los anima a seguir trabajando diligentemente por el bien de todos, con hondo sentido de la justicia, según las responsabilidades que les han sido encomendadas.

3. En la primera lectura, al referirse a la expectativa mesiánica de Israel, dice el Profeta: "El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz" (Is 9,1). Esta luz es Cristo, traída aquí hace casi quinientos años por los doce primeros evangelizadores franciscanos procedentes de España. Hoy somos testigos de una fe arraigada y de los abundantes frutos que dieron el sacrificio y la abnegación de tantos misioneros.

Como nos recuerda el Concilio Vaticano II, "Cristo es la luz de los pueblos" (Lumen gentium, 1). Que esta luz ilumine la sociedad mexicana, sus familias, escuelas y universidades, sus campos y ciudades. Que los valores del Evangelio inspiren a los gobernantes para servir a sus conciudadanos, teniendo muy presentes a los más necesitados.

La fe en Cristo es parte integrante de la nación mexicana, estando como grabada de manera indeleble en su historia. ¡No dejen apagar esta luz de la fe! México sigue necesitándola para poder construir una sociedad más justa y fraterna, solidaria con los que nada tienen y que esperan un futuro mejor.

El mundo actual olvida en ocasiones los valores trascendentes de la persona humana: su dignidad y libertad, su derecho inviolable a la vida y el don inestimable de la familia, dentro de un clima de solidaridad en la convivencia social. Las relaciones entre los hombres no siempre se fundan sobre los principios de la caridad y ayuda mutua. Por el contrario, son otros los criterios dominantes, poniendo en peligro el desarrollo armónico y el progreso integral de las personas y los pueblos. Por eso los cristianos han de ser como el "alma" de este mundo: que lo llene de espíritu, le infunda vida y coopere en la construcción de una sociedad nueva, regida por el amor y la verdad.

Ustedes, queridos hijos e hijas, aún en los momentos más difíciles de su historia, han sabido reconocer siempre al Maestro "que tiene palabras de vida eterna" (cf. Jn 6, 68). ¡Hagan que la palabra de Cristo llegue a los que aún la ignoran! ¡Tengan la valentía de testimoniar el Evangelio en las calles y plazas, en los valles y montañas de esta Nación! Promuevan la nueva evangelización, siguiendo las orientaciones de la Iglesia.

4. En el salmo responsorial hemos cantado: "El Señor es mi luz y mi salvación" (Sal 26, 1). ¿A quién podemos temer si Él está con nosotros? Sean, pues, valientes. Busquen al Señor y en Él encontrarán la paz. Los cristianos están llamados a ser "luz del mundo"(Mt 5,14), iluminando con el testimonio de sus obras a la sociedad entera.

Cuando se emprende firmemente el camino de la fe, se dejan de lado las seducciones que desgarran a la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, y no se presta atención a quienes, dando la espalda a la verdad, predican la división y el odio (cf. 2 Pe 2, 1-2). Hijos e hijas de México y de América entera, no busquen en ideologías falaces y aparentemente novedosas la verdad de la vida: "Jesús es la verdadera novedad que supera todas las expectativas de la humanidad y así será para siempre" (Incarnationis mysterium, 1).

5. En este Autódromo, convertido hoy como en un gran templo, resuenan con fuerza las palabras con que Jesús comenzó su predicación: "Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos" (Mt 4, 17). Desde sus orígenes, la Iglesia transmite fielmente este mensaje de conversión, para que todos podamos llevar una vida más pura, según el espíritu del Evangelio. El llamado a la conversión se hace más acuciante en estos momentos de preparación al Gran Jubileo, en el que conmemoraremos el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios hace dos mil años.

Al comenzar este año litúrgico, con la Bula "Incarnationis mysterium", indicaba cómo "el tiempo jubilar nos introduce en el recio lenguaje que la pedagogía divina de la salvación usa para impulsar al hombre a la conversión y la penitencia, principio y camino de su rehabilitación" (n. 2). Por eso, el Papa los exhorta a convertir su corazón a Cristo. Es necesario que la Iglesia entera comience el nuevo milenio ayudando a sus hijos a purificarse del pecado y del mal; que extienda sus horizontes de santidad y fidelidad para participar en la gracia de Cristo, que nos ha llamado a ser hijos de la luz y a tener parte en la gloria eterna (cf. Col 1, 13).

6. "Síganme y los haré pescadores de hombres" (Mt 4, 19). Estas palabras de Jesús, que hemos escuchado, se repiten a lo largo de la historia y en todos los rincones de la tierra. Como el Maestro, hago la misma invitación a todos, especialmente a los jóvenes, a seguir a Cristo. Queridos jóvenes, Jesús llamó un día a Simón Pedro y a Andrés. Eran pescadores y abandonaron sus redes para seguirle. Ciertamente Cristo llama a algunos de Ustedes a seguirlo y entregarse totalmente a la causa del Evangelio. ¡No tengan miedo de recibir esta invitación del Señor! ¡No permitan que las redes les impidan seguir el camino de Jesús! Sean generosos, no dejen de responder al Maestro que llama. Síganle para ser, como los Apóstoles, pescadores de hombres.

Igualmente, animo a los padres y madres de familia a ser los primeros en alimentar la semilla de la vocación en sus hijos, dándoles ejemplo del amor de Cristo en sus hogares, con esfuerzo y sacrificio, con entrega y responsabilidad. Queridos padres: formen a sus hijos según los principios del Evangelio para que puedan ser los evangelizadores del tercer milenio. La Iglesia necesita más evangelizadores. América entera, de la que Ustes forman parte, y especialmente esta querida Nación, tienen una gran responsabilidad de cara al futuro.

Durante mucho tiempo México ha recibido la abnegada y generosa acción evangelizadora de tantos testigos de Cristo. Pensemos sólo en algunas de esas figuras eximias, como Juan de Zumárraga y Vasco de Quiroga. Otros han evangelizado con su testimonio hasta la muerte, como los Beatos niños mártires de Tlaxcala, Cristóbal, Antonio y Juan, o el Beato Miguel Pro y tantos otros sacerdotes, religiosos y laicos mártires. Otros, en fin, han sido confesores como el Obispo Beato Rafael Guizar.

7. Al concluir, quiero dirigir mi pensamiento hacia el Tepeyac, a Nuestra Señora de Guadalupe, Estrella de la primera y de la nueva Evangelización de América. A ella encomiendo la Iglesia que peregrina en México y en el Continente americano, y le pido ardientemente que acompañe a sus hijos a entrar con fe y esperanza en el tercer milenio.

Bajo su cuidado maternal pongo a los jóvenes de esta Patria, así como la vida e inocencia de los niños, especialmente los que corren el peligro de no nacer. Confío a su amorosa protección la causa de la vida: ¡que ningún mexicano se atreva a vulnerar el don precioso y sagrado de la vida en el vientre materno!

A su intercesión encomiendo a los pobres con sus necesidades y anhelos. Ante Ella, con su rostro mestizo, deposito los anhelos y esperanzas de los pueblos indígenas con su propia cultura que esperan alcanzar sus legítimas aspiraciones y el desarrollo al que tienen derecho. Le encomiendo igualmente a los afroamericanos. En sus manos pongo también a los trabajadores, empresarios y a todos los que con su actividad colaboran en el progreso de la sociedad actual.

¡Virgen Santísima! que, como el Beato Juan Diego, podamos llevar en el camino de nuestra vida impresa tu imagen y anunciar la Buena Nueva de Cristo a todos los hombres.


BIENVENIDA A SU SANTIDAD JUAN PABLO II
por el Cardenal Norberto Rivera
a la Celebración Eucarística en
el Autódromo Hermanos Rodríguez

Domingo, 24 de enero de 1999

SANTÍSIMO PADRE:

En este domingo, en el día del Señor, día de la fe y de la esperanza, día de alegría y del compromiso, reconocemos y agradecemos profundamente el cariño que ha tenido y mantenido por el pueblo de México, desde hace veinte años, cuando Su Santidad besó por vez primera la bendita tierra de nuestro país. La muchedumbre se volcó a las calles para verlo pasar, para aclamarlo, para cantarle y gritarle cosas buenas. El amor se derramó; todos queríamos tenerlo, mirarlo más largamente, más intensamente. Y a veces, con una irreverencia amorosa, el grito y el canto se hicieron presentes, para que saliera a la ventana de noche o de día, privándole del descanso necesario. Su Santidad dijo aquellas palabras: "los mexicanos gritan mucho", y cuando en las grandes concentraciones, en Roma o en los lugares más remotos, escucha a un grupo que canta y grita, interrumpe su discurso para decir: "mexicanos".

México lo ama, Santo Padre, y necesita de su palabra iluminadora. Por eso, en aquella ocasión y en su segunda y tercera visita, salían por millares a las carreteras para aclamarlo; pasaban las noches a la intemperie para hacerle presente su devoción: "México siempre fiel", nos dijo, y todos nos alegramos . Han pasado veinte años desde su primera visita; después volvió, y la gente despertó de su apatía; nuestros hermanos indígenas también sintieron la magia de su dignidad misteriosa ante el Vicario de Cristo en la tierra. Pero ahora el pueblo de México está sufriendo profundas transformaciones y tiene retos gigantescos. Está pasando por situaciones difíciles, ha sido engañado y la pobreza lo invade, la violencia y modelos de vida extraños a su idiosincracia lo están minando. Han pasado muchos años desde su última visita, y nuestra patria paradógicamente ha tenido avances significativos en la democracia, en la educación, en la salud, en la macro-economía, en las comunicaciones y en otras áreas importantes de la vida nacional y al mismo tiempo ha entrado en ese fenómeno mundial, inspirador y retador que llaman globalización.; ha sido presa de los intereses inhumanos de los capitales económicos del mundo y de la deshonestidad interior. La gente sufre, se desespera porque no atisba ninguna solución próxima a sus demandas de justicia, de alimento, de salud, de trabajo dignamente renumerado; la paz parece que no está a su alcance y en ocasiones se siente un títere manipulado ya no por hilos visibles sino por controles remotos.

Es el parto, Santo Padre, de un México nuevo, de un México con futuro, de un México que acepta su vocación en el concierto de las naciones y en la reconfortante comunión de las Iglesias Particulares del continente, unidas a quien nos preside en la caridad. Esta Nación, Santo Padre, sabe esperar aunque esté sumergida en el dolor, tiene una fe maravillosa que la mantiene en pie en medio del vendaval, conserva el amor que el Espíritu Santo ha derramado en su corazón y lo sabe manifestar heroicamente en la tragedia y el dolor. Esta noble nación que es México, Santo Padre quiere oir de sus labios el canto de la esperanza; quiere escuchar palabras de vida; anhela la intervención del médico divino por dolorosa que pueda ser la curación; nuestros hermanos pobres y miserables desde todos los rincones de esta tierra esperan una palabra amorosa del Pastor Universal.

Santísimo Padre, en medio de sus debilidades y herido por el pecado, México sigue siendo fiel a su religión católica, sigue siendo fiel a Jesucristo, luz de las gentes, sigue siendo fiel a esa "gran luz" que hace quinientos años nos trajeron los primeros misioneros y que se sigue difundiendo por millares de humildes catequistas, en las "familias" y por una juventud que es sangre nueva en nuestra Iglesia. Aquí está este pueblo, con la fortaleza de su catolicismo y con el corazón abierto a mejores tiempos, cantando y gritando su fe. Si, Dios y Santa María de Guadalupe le den entereza y fuerza para brotar de sus propias cenizas, como una Ave Fénix.

Acepte, Santidad, la alegría y la fe de nuestro pueblo que lo ama fervorosa y entrañablemente, acoja en su corazón de Padre este gozo y estas angustias que nos acercan más al gozo y a las tristezas del Pastor Universal de nuestra Iglesia, en este fin de milenio. Y anhelamos , Padre Santo, que su visita haga caer sobre nosotros, vida nueva, esperanza que no defrauda, fe que transforma, amor que todo lo renueva y una larga Bendición Apostólica.