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CARTA APOSTÓLICA
OPEROSAM DIEM
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
AL CARDENAL ARZOBISPO Y AL CLERO,
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A LOS FIELES LAICOS
DE LA ARCHIDIÓCESIS DE MILÁN
EN EL XVI CENTENARIO DE LA MUERTE
DE SAN AMBROSIO,
OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA

 

 

I. San Ambrosio, obispo

3. Para la Iglesia de Milán, será ciertamente motivo de gran alegría ponerse, con renovado interés, a la escucha de su antiguo pastor y casi hacer de nuevo la experiencia de aquellos innumerables fieles —humildes o nobles, anónimos o ilustres— que se dejaron iluminar por su palabra y, guiados por él, llegaron a Cristo. El pasado y el presente se entrelazan en la fe viva de cada comunidad eclesial. En efecto, es propio de los santos seguir siendo misteriosamente «contemporáneos» de cada generación: es la consecuencia de su profundo arraigo en el eterno presente de Dios. De alguna manera, Ambrosio habla aún desde la cátedra milanesa, y su voz es escuchada y anhelada por toda la Iglesia. Impulsados por esta convicción, queremos tratar de recordar sus rasgos más destacados, para abrirnos mejor a su testimonio y a su mensaje. A este redescubrimiento nos estimula también el amor que la Iglesia inculca hacia aquellos que, eminentes por santidad y doctrina en los primeros siglos del cristianismo, con razón se llaman y son realmente «Padres» en la fe. Ambrosio lo es de una manera muy especial.

4. De todos es conocida la singularidad de su elección, que el biógrafo Paulino atribuye a la inspirada iniciativa de un muchacho, a quien, por lo demás, correspondió la plena confianza del pueblo y del clero y, sucesivamente, la complacencia del mismo emperador [5]. Ambrosio, que nació de padres cristianos, pero que permaneció catecúmeno, según una costumbre bastante frecuente en las familias notables de aquel tiempo, había hecho con honor una carrera política, primero en Sirmio, en la prefectura de Italia, de Ilírica y de África, y luego en Milán como consularis, con la responsabilidad de gobernar la provincia de Emilia-Liguria. Ahí había podido constatar la grave situación de la Iglesia milanesa, desorientada por el gobierno, que duró casi dos décadas del obispo arriano Ausencio, dividida y muy perjudicada por la difusión de esa herejía.

5. Considerándose impreparado para asumir el ministerio episcopal, intentó repetidamente evitar ese nombramiento, pero al final cedió ante la insistencia del pueblo que, apreciándolo por la ecuanimidad y la honradez demostradas en su cargo de gobernador, albergaba una fundada confianza en su capacidad de guiar con sabiduría a la comunidad eclesial. Aceptó, por tanto recibir el bautismo, que le administró un obispo católico el 30 de noviembre del año 374; y el 7 de diciembre sucesivo fue ordenado obispo [6].

En los primeros años, con íntimo sufrimiento y gran sencillez, debió reconocer el contraste entre su preparación específica y el deber urgente de enseñar a los fieles y realizar las necesarias opciones pastorales [7]. Pero inmediatamente quiso poner las bases de una esmerada preparación teológica y, con el consejo y el apoyo del presbítero Simpliciano, que fue luego su sucesor en la sede de Milán, se dedicó con empeño al estudio bíblico y teológico, profundizando en las Escrituras y acudiendo a las fuentes más autorizadas de los grandes Padres y escritores eclesiásticos antiguos, tanto latinos como griegos, y en primer lugar a Orígenes, su constante maestro e inspirador.

En sus homilías y en sus escritos, Ambrosio volvía a proponer lo que había asimilado inteligentemente, pero al mismo tiempo lo enriquecía con su talento, dando vigor a la exposición, acuñando fórmulas sintéticas sumamente eficaces e introduciendo adaptaciones concretas a la situación de sus oyentes y lectores.

Así, el estudio, renovado constantemente, de la doctrina católica era fuente de una rica y provechosa enseñanza y, a la vez, desembocaba en una articulada acción pastoral.

6. Inmediatamente Ambrosio quiso acoger a los que se habían extraviado siguiendo el arrianismo. Por lo general, no trataba de arrancarlos bruscamente de las espinas de la herejía, ni siquiera cuando se trataba de miembros del clero [8]; esa manera de actuar no se debía a una imprudente actitud de compromiso, sino a la loable intención de promover una adhesión convencida a la recta fe trinitaria mediante una predicación rigurosa y articulada. Y entre los años 378 y 382 divulgó el fruto de esas enseñanzas en los tratados De fide, De Spiritu Sancto y De incarnationis dominicae sacramento.

El éxito de esta estrategia pastoral fue palpable cuando, en la primavera del año 385 y sobre todo en la del año siguiente, la autoridad imperial fomentó la oposición arriana y pretendió cederle una basílica. La gente entonces, apoyó a su obispo, mostrando cuán eficaz había sido su palabra y, al mismo tiempo, cuán falsamente exagerada era la exigencia imperial. En esa circunstancia los comerciantes soportaron incluso los impuestos que les exigían precisamente con el fin de apartarlos del obispo, pero no lo quisieron privar de su apoyo [9]. Y, cuando llegaron a amenazar a Ambrosio y a asediar las iglesias, el pueblo veló junto con su pastor, compartiendo su inquietud, su lucha y su oración. Al final, la autoridad imperial cedió y el obispo pudo decir a su hermana Marcelina: «¡Qué gran alegría experimentó entonces toda la gente! ¡Cómo aplaudió todo el pueblo! ¡Y qué gratitud mostró!» [10]. Elegido por la firme voluntad de los milaneses, Ambrosio supo cultivar un profundo entendimiento con su comunidad, admirablemente arraigada en los principios de la fe católica.

7. En aquella sociedad romana en decadencia, que ya no se regía por las antiguas tradiciones, resultaba, además, necesario reconstruir un entramado moral y social que colmara el peligroso vacío de valores que se había ido creando. El obispo de Milán quiso responder a esas graves exigencias, no sólo actuando dentro de la comunidad eclesial, sino también ensanchando su mirada a los problemas planteados por el saneamiento global de la sociedad. Consciente de la fuerza renovadora del Evangelio, encontró en él concretos y fuertes ideales de vida y los propuso a sus fieles para que alimentaran con ellos su vida y así hicieran surgir, para el bien de todos, auténticos valores humanos y sociales.

Por eso, no dudó en manifestar su clara oposición, cuando, el año 384, el praefectus Urbis Símaco pidió al emperador Valentiniano II que volviera a colocar en el Senado la estatua de la diosa Victoria. A quien pensaba salvar la «romanidad» regresando a unos símbolos y prácticas ya anticuados y sin vida, Ambrosio objetó que la tradición romana, con sus antiguos valores de valentía, entrega y honradez, podía ser asumida y revitalizada precisamente por la religión cristiana. El antiguo culto pagano —afirmaba el obispo de Milán— asociaba a Roma con los bárbaros precisamente y sólo en la ignorancia de Dios [11], pero que finalmente la gracia se ha derramado ahora entre los pueblos, «con razón se ha preferido la verdad» [12].

8. La fuerza renovadora del Evangelio resultó evidente en las intervenciones del Obispo en defensa de la justicia social, particularmente en los tres libritos De Nabuthae, De Tobia, De Helia et ieiunio. Ambrosio critica el abuso de las riquezas, denuncia las desigualdades y los atropellos con que unos pocos ricos explotan para su beneficio las situaciones de pobreza y carestía y condena a los que, fingiendo ayudar por caridad, dan en préstamo con una gravosísima usura. A todos y en todo dirige sus amonestaciones: «La misma naturaleza es madre de todos los hombres y, por eso, todos somos hermanos, engendrados por una única y misma madre, unidos por el mismo vínculo de parentesco» [13]; «tú no das a los pobres de lo tuyo, sino que le devuelves lo suyo» [14]. Refiriéndose específicamente a la usura, se pregunta: «¿Qué hay más cruel que dar tu dinero a quien no tiene y exigirle el doble?» [15]. Por la salvación misma de los pueblos, a menudo ahogados por el peso de las deudas, Ambrosio consideraba que los obispos tenían el deber de esforzarse por extirpar esos vicios e impulsar una caridad efectiva.

Es comprensible, por tanto, su gran alegría, e incluso su humilde orgullo de padre, cuando le llegó la noticia de que uno de sus destacados hijos espirituales, Paulino de Burdeos, ex senador y futuro obispo de Nola, había regalado sus bienes a los pobres para retirarse, junto con su mujer Terasia, a vivir una vida ascética en esa localidad de la Campania. Ejemplos como éste —observaba Ambrosio en una carta [16]— tenían que producir necesariamente clamor y escándalo en una sociedad presa del hedonismo, pero al mismo tiempo encarnaban, con la eficacia insustituible del testimonio, el gran desafío moral del cristianismo.

9. Toda la vida debía ser renovada por la levadura del Evangelio. Al respecto, Ambrosio presenta a sus fieles un itinerario espiritual claro y comprometedor: escucha de la palabra de Dios, participación en los sacramentos y en la oración litúrgica, y esfuerzo moral inspirado en el cumplimiento concreto de los mandamientos. Quien lee los escritos de este santo obispo percibe que se trata de elementos, sencillos y necesarios, repetidos continuamente en su predicación y en su actividad pastoral. Sobre estas realidades Ambrosio va construyendo día a día una comunidad viva, alimentada con los valores evangélicos y signo inequívoco para la sociedad de su tiempo.

Eso impresionó vivamente, entre otros, a Agustín, que llegó a Milán en el otoño del año 384. Aunque al principio iba atraído sólo por el estilo oratorio del Obispo, pronto experimentó la realidad y el atractivo de la vida de la Iglesia de Milán: «Veía la Iglesia llena y que, en ella, unos avanzaban de un modo y otros de otro», recordará con admiración muchos años después [17]. No logró obtener del Obispo encuentros largos y confidenciales, pero había visto en la Iglesia que guiaba una manifestación elocuente de su sabiduría pastoral y había podido constatar de forma convincente la validez de su enseñanza espiritual. Por eso, con razón, consideró a Ambrosio, de quien también recibió el bautismo, su padre en la fe.

10. No podemos pasar revista detalladamente a todas las intervenciones del incansable pastor, que de varias maneras contribuyeron a vivificar la comunidad y a infundir energías nuevas y vigorosas en la sociedad. Pero conviene recordar al menos las más significativas.

En primer lugar se puede situar su solicitud por la formación de los sacerdotes y los diáconos. Los quería plenamente conformados con Cristo, poseídos totalmente por él [18]y enriquecidos con las más sólidas virtudes humanas: la hospitalidad, la afabilidad, la fidelidad, la lealtad, una generosidad que aborreciera la avaricia, la ponderación, un pudor incontaminado, el equilibrio y la amistad. Su afecto, exigente y paterno a la vez, hacia los sacerdotes era realmente desbordante: «Hacia vosotros, a quienes he engendrado en el Evangelio, no albergo menor amor que si os hubiera engendrado en el matrimonio» [19].

Igualmente intensa, ya desde su primera predicación llegada hasta nosotros en el De virginibus, fue la solicitud por las vírgenes consagradas. Ambrosio veía su vocación arraigada en el misterio mismo del Verbo encarnado: «¿Quién puede ser su autor sino el inmaculado Hijo de Dios, cuya carne no experimentó la corrupción, cuya divinidad no conoció contaminación?» [20]; y presentaba el testimonio de las vírgenes como una respuesta valiente, fuerte y concreta, al papel humillante al que la decadente sociedad romana había relegado a la mujer.

Fue constante también la atención de Ambrosio al culto de los mártires. Con el hallazgo de sus restos y la veneración que se les tributaba, quería proponer a los creyentes modelos de un seguimiento de Cristo valiente y generoso; y no dejaba de ponerles en guardia contra los peligros de los tiempos de paz, cuando a los perseguidores violentos se sucedían otros más astutos que, «sin recurrir a la amenaza de la espada, destruyen a menudo el espíritu del hombre, y otros que conquistan a los creyentes más con los halagos que con las amenazas» [21].

También las celebraciones litúrgicas, alimentadas con las explicaciones catequéticas del Obispo y animadas por su gran talento poético, se convertían en momento comunitario de una validísima formación y de testimonio incisivo. Basta pensar en los himnos que compuso y rezó él mismo en las largas horas de vigilia durante el asedio de las iglesias: «Dicen que el pueblo se ha quedado encantado con el hechizo de mis himnos», rebatía a los arrianos que lo acusaban. «Es exactamente así; no lo niego. Se trata de un gran hechizo: el más fuerte de todos, pues ¿hay algo más fuerte que confesar a la Trinidad, ensalzada cada día por el pueblo entero? Todos se esfuerzan por proclamar su fe; todos han aprendido a alabar en verso al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Así se han convertido en maestros todos los que a duras penas podían ser discípulos» [22].

11. Ambrosio, pastor sumamente activo, fue ciertamente hombre de intenso recogimiento y de profunda contemplación. Era capaz de tener gran concentración; por eso, sus lecturas pudieron prepararlo al ministerio en tan poco tiempo y entre tantas actividades. Amaba el silencio; y Agustín, que lo encontró absorto en su estudio, no se atrevió ni siquiera a hablarle: «¿Quién hubiera osado distraerlo en su concentración?» [23]. De ese recogimiento nacía su penetración de las Escrituras y la explicación que de ellas hacía en sus homilías y comentarios.

De allí brotaba también la profunda espiritualidad del Obispo. Su biógrafo Paulino subrayaba su ascesis: «Era hombre de gran abstinencia y de muchas vigilias y fatigas; castigaba su cuerpo con ayuno diario (...) y dedicaba largas horas a la oración, de noche y de día» [24]. En el centro de su espiritualidad estaba Cristo, buscado y amado con gran intensidad. A él volvía continuamente en su enseñanza. El ejemplo de Cristo constituía también el modelo de la caridad que proponía a los fieles y testimoniaba personalmente acogiendo «a muchísima gente angustiada, a la que ayudaba», como nos recuerda Agustín [25].

12. Faltaría un elemento característico en este breve retrato del hombre y del Obispo si no repasáramos al menos su relación con la autoridad civil. Se hallaba aún vivo el recuerdo de las intromisiones en la vida y en la doctrina de la Iglesia realizadas en los decenios anteriores por los emperadores cristianos, que a veces habían apoyado la herejía arriana y, en todo caso, habían creado graves inconvenientes y divisiones en la comunidad de los creyentes. Cuando fue elegido obispo, Ambrosio confirmó en muchas situaciones su gran lealtad para con el Estado, pero también sintió el deber de promover una relación más correcta entre la Iglesia y el Imperio [26], exigiendo en primer lugar una precisa autonomía en su propio ámbito. De este modo no sólo defendía los derechos de libertad de la Iglesia, sino que también ponía un dique al absolutismo ilimitado de la autoridad imperial, favoreciendo así el renacimiento de las antiguas libertades civiles, en la línea de la mejor tradición romana.

Era un camino difícil de recorrer y completamente nuevo. Y Ambrosio debió precisar cada vez mejor sus modalidades y su estilo. Aunque logró conjugar firmeza y equilibrio en las intervenciones que mencionamos antes —es decir en la cuestión del altar de la Victoria y cuando se le exigió una basílica para los arrianos—, resultó inadecuado su juicio en el asunto de Calínico, cuando el año 388, fue destruida la sinagoga de esa lejana localidad situada en la ribera del Eufrates. En efecto, considerando que el emperador cristiano no debía castigar a los culpables y ni siquiera obligarles a pagar los daños producidos [27], iba más allá de la reivindicación de la libertad eclesial, perjudicando el derecho ajeno a la libertad y a la justicia.

Por el contrario, fue admirable su actitud con respecto al mismo Teodosio, dos años más tarde, después de la matanza de Tesalónica, ordenada para vengar la muerte de un oficial del ejército. Al emperador, que se había manchado con una culpa tan grave, el Obispo le señaló, con tacto y firmeza, la necesidad de someterse a penitencia [28]; y Teodosio, aceptando la invitación, «lloró públicamente en la iglesia su pecado» y «con gemidos y lágrimas invocó el perdón» [29]. En este célebre episodio Ambrosio supo encarnar en gran medida la autoridad moral de la Iglesia, apelando a la conciencia del extraviado, sin importarle su poder, y erigiéndose en vengador de la sangre injusta y cruelmente derramada.

13. Verdaderamente fue grande la figura de este santo obispo y extraordinariamente eficaz la obra que realizó en favor de la Iglesia y de la sociedad de su tiempo. Ojalá que su ejemplo de hombre, de sacerdote y de pastor, dé nuevo impulso a la toma de conciencia que todos los fieles de nuestro tiempo —obispos, presbíteros, almas consagradas y laicos cristianos— necesitan para inspirar su vida en el Evangelio y transformarse en apóstoles cada vez más celosos, en los umbrales del tercer milenio cristiano.

 

 

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Cap. 4      Cap. 5      Conclusión      Notas      

Tomado del sitio de web del vaticano: www.vatican.va