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CARTA APOSTÓLICA
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
A LOS RELIGIOSOS Y RELIGIOSAS DE AMÉRICA LATINA
CON MOTIVO DEL V CENTENARIO
DE LA EVANGELIZACIÓN DEL NUEVO MUNDO

 

Queridos Religiosos y Religiosas de América Latina:

INTRODUCCIÓN

1. Los caminos del Evangelio, en este último decenio del siglo XX que desemboca en el tercer milenio del cristianismo, pasan por el año 1992, ya tan cercano, fecha en que se cumplirán cinco siglos del comienzo de la Evangelización del Nuevo Mundo.

La Iglesia que está en América Latina se viene preparando para la celebración de este acontecimiento con una novena de años de oración, reflexión e iniciativas apostólicas y culturales. Esta novena fue inaugurada por mí en la ciudad de Santo Domingo el día 12 de octubre de 1984, donde, como Obispo de Roma, entregué a los representantes de los Episcopados y del Pueblo de Dios de cada país latinoamericano la Cruz del V Centenario.

La Cruz, signo de nuestra redención, quiere recordar el inicio de la Evangelización y del Bautismo de vuestros pueblos. Es la Cruz que fue plantada en vuestras tierras y que ahora os invita a realizar esa renovación total en Cristo, hacia la cual debe caminar el Continente latinoamericano junto con toda la Iglesia y la familia humana.

Sólo desde el Evangelio de Cristo, crucificado y resucitado, se podrá alcanzar la ansiada renovación de los corazones y de las estructuras sociales. Por eso América Latina, como los demás continentes, necesita una nueva evangelización que se proyecte sobre sus pueblos y culturas; una evangelización «nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión» [1].

Con este fin, las Iglesias de América Latina, bajo la guía de sus Conferencias Episcopales y con la ayuda del CELAM, se están preparando para la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Esta tendrá lugar, Dios mediante, en Santo Domingo, en el año 1992. Con ella se desea proseguir y profundizar —según las ineludibles exigencias pastorales del momento presente— las orientaciones de Medellín (1968) y Puebla (1979), con miras a una renovada evangelización del Continente, que penetre profundamente en el corazón de las personas y en las culturas de los pueblos.

2. En este particular contexto histórico y eclesial, dirijo la presente carta apostólica a todos y cada uno de los religiosos y religiosas que viven y trabajan por la causa de Cristo y de su Iglesia en América Latina. También quiero dirigirme —según la vocación específica y el carisma de cada uno— a los miembros de los Institutos Seculares y de las Sociedades de Vida Apostólica, cuya presencia y acción son hoy también muy valiosas en ese Continente.

Esta obra de evangelización ha sido en gran parte fruto de nuestro servicio misionero. A medida que se iba realizando el encuentro con las gentes que habitaban las nuevas tierras, se fue corroborando en el corazón de los religiosos de Europa la urgencia de poner en práctica las palabras del Maestro: «Id y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28, 19-20).

Este fue, en verdad, el imperativo que indujo a muchos hijos e hijas de la Iglesia a emprender el viaje hacia las tierras del nuevo mundo, saliendo al encuentro de pueblos y gentes hasta ese momento desconocidos.

La vida de las personas consagradas, hombres y mujeres, ha sido siempre terreno fecundo en el que brota la vocación misionera. El amor de Cristo les apremia (cf. 2 Cor 5, 14). Sienten el mismo ardor apostólico de Pablo: «¡Ay de mí si no predicase el Evangelio!» (1 Cor 9, 16). Por eso, al abrirse nuevas perspectivas de evangelización, surgen constantemente en la Iglesia, por impulso del Espíritu, las vocaciones misioneras.

3. También en nuestros días los religiosos y las religiosas representan una fuerza evangelizadora y apostólica primordial en el continente latinoamericano. La presencia de la vida consagrada es un enorme potencial de personas y comunidades, de carismas e instituciones sin el cual no se puede comprender la acción capilar de la Iglesia en todas las latitudes, la inserción del Evangelio en todas las situaciones humanas, el auge de las obras de misericordia, el esfuerzo por impregnar las culturas, la defensa de los derechos humanos y la promoción integral de las personas, así como la animación y guía de las comunidades cristianas, incluso en los lugares más remotos.

Así, pues, ante la inminente conmemoración del V Centenario de la Evangelización, he sentido el deseo de manifestaros mis sentimientos y anhelos —como ya lo he hecho anteriormente con todas las comunidades religiosas de vida contemplativa— [2]para que los religiosos y las religiosas respondáis con vuestras mejores energías a Cristo y a la Iglesia en esta hora de gracia y de grave responsabilidad para el futuro.

Quiero ahora reflexionar con todos vosotros sobre el pasado, sobre los objetivos del presente y los desafíos del futuro, con la certeza de que vuestra comunión con el Sucesor de Pedro favorecerá la acogida y la puesta en práctica de estas orientaciones, para una renovación de vuestra vida consagrada y para una decidida entrega a la tarea evangelizadora.

Es así como —estrechamente unidos a vuestros pastores— seréis abnegados servidores del Evangelio de Cristo y de vuestros hermanos, especialmente los jóvenes y los pobres de América Latina, que esperan de vosotros un luminoso testimonio de vida evangélica, que es el primer y fundamental apostolado de los religiosos en la Iglesia.

 

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Conclusión      Notas      

Tomado del sitio de web del vaticano: www.vatican.va