Palabras del Santo Padre en el rezo del Angelus en el Campo Grande de Ñu Guazú
Domingo 12 de julio de 2015
Papa Francisco

Agradezco al Señor Arzobispo de Asunción, Mons. Edmundo Ponziano Valenzuela Mellid, sus amables palabras. Al terminar esta celebración dirigimos nuestra mirada confiada a la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra. Ella es el regalo de Jesús a su pueblo. Nos la dio como madre en la hora de la cruz y del sufrimiento. Es fruto de la entrega de Cristo por nosotros. Y, desde entonces, siempre ha estado y estará con sus hijos, especialmente los más pequeños y necesitados.

Ella ha entrado en el tejido de la historia de nuestros pueblos y sus gentes. Como en tantos otros países de Latinoamérica, la fe de los paraguayos está impregnada de amor a la Virgen. Acuden con confianza a su madre, le abren su corazón y le confían sus alegrías y sus penas, sus ilusiones y sus sufrimientos. La Virgen los consuela y con la ternura de su amor les enciende la esperanza. No dejen de invocar y confiar en María, madre de misericordia para todos sus hijos sin distinción.

A la Virgen, que perseveró con los Apóstoles en espera del Espíritu Santo (cf. Hch 1,13-14), le pido también que vele por la Iglesia, y fortalezca los vínculos fraternos entre todos sus miembros. Que con la ayuda de María, la Iglesia sea casa de todos, una casa que sepa hospedar, una madre para todos los pueblos.

Queridos hermanos: les pido, por favor, que recen también por mí. Sé bien cuánto se quiere al Papa en Paraguay. También yo les llevo en mi corazón y rezo por ustedes y por su País.

Recemos juntos la oración del Ángelus.

 

[01269-04.01] [Texto original: Español]

[Tomado de la Oficina de Prensa del Vaticano]

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