nuestra_resolve.jpg (11477 bytes)

Carta de Pepe Alonso para el mes de julio

Miami, julio del 2018

Mis muy queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús.

Sin casi darnos cuenta se nos ha ido de las manos medio año, no hay duda de que el tiempo ¡vuela!

He pensado en estos días que quizá no sería una mala idea el que, a medio camino de este 2018, hiciéramos un alto por unos minutos para echar un vistazo hacia atrás, reconociendo cuantos y cuantos beneficios hemos recibido de Dios, y ni cuenta nos hemos dado, y lo que es pero, no hemos sido agradecidos para nada, ¿no es así?

¿Por que esto? Muy fácil, porque la gratitud se ha convertido en una virtud olvidada, incluso para una gran parte de los cristianos.

Suele decirse que de bien nacidos es el ser agradecidos. Y, generalmente, se admite que la gratitud es un signo de nobleza y dignidad. Pese a ello, lo que parece prevalecer en nuestro mundo no es el agradecimiento, sino su antónimo: la ingratitud. Ejemplo patético de ello lo hallamos en el relato de Lucas sobre los diez leprosos sanados por Jesús  que se nos relata en el evangelio de san Lucas 17,11a19. Léelo, y continuamos.

Un día diez de tales leprosos tuvieron un encuentro con Jesús. ¡Sorprendente! Pero más sorprendente aún es el final del acontecimiento. «Uno de ellos (samaritano), viendo que había sido sanado, volvió glorificando a Dios a gran voz y se postró en tierra a los pies de Jesús dándole gracias. Jesús le preguntó: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los otros nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero?»

¿Tiene alguna explicación el comportamiento de los nueve? Cualquiera que fuese la explicación, quedaba sin justificación el hecho de no volver inmediatamente al lugar en que se habían encontrado con Jesús para darle las gracias por el maravilloso milagro obrado en ellos. No podía ser más innoble y egoísta su orden de prioridades.

Desgraciadamente los nueve desagradecidos han tenido multitud de imitadores a lo largo de los siglos. En un momento dado de su vida se han visto sorprendidos por algún beneficio inesperado. Lógicamente, se han alegrado; pero no se han detenido a pensar en la causa de tal experiencia. Muchos la atribuyen a la suerte. ¿Por qué esa resistencia a reconocer en Dios y su amor la causa de nuestros momentos felices, la fuente de innumerables bienes?

La gratitud no humilla ni esclaviza a nadie. Lo que nos esclaviza es nuestro orgullo. La gratitud es manifestación de magnanimidad, grandeza de espíritu. Según la Real Academia, es «sentimiento que nos obliga a estimar el beneficio o favor que se nos ha hecho o querido hacer, y a corresponder a él de alguna manera». Además, entre la persona que da y la que recibe se establece una comunión de sentimientos que se entrelazan y enriquecen la personalidad de ambas.

Para el cristiano, el deber de la gratitud es claro e indeclinable. Le es impuesto por la Palabra de Dios. El apóstol Pablo exhortaba a los Efesios a vivir gozosamente «dando siempre gracias por todo al Dios y Padre en el nombre de nuestro Señor Jesucristo» Efesios. 5:19-20. A los Tesalonicenses les instaba a «dar gracias en todo, porque ésta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús» 1 Tesalonicenses 5:18). Y a los Colosenses les recuerda, entre otros, ese mismo deber: «Y sed agradecidos» Colosenses. 3:15. La ausencia de gratitud no sólo afea nuestro carácter. Revela la negrura de la mente y el corazón humanos cuando hace oídos sordos a la revelación natural. Pablo traza atinadamente el perfil de los paganos de su tiempo diciendo que, «habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias» Romanos. 1:19-21. Es el retrato del incrédulo de todos los tiempos.

Los textos citados nos muestran que el agradecimiento debe distinguir al cristiano en sus relaciones humanas, pero también -y sobre todo- en su relación con Dios. Es la mejor evidencia de que hemos entendido el significado y el alcance del amor divino, pues, como alguien ha dicho, «la gratitud es una actitud del corazón». «Amamos a Dios porque él nos amó primero» 1 Juan. 4:19.

Una enumeración minuciosa de las bendiciones que recibimos de Dios desbordaría los límites de este escrito, por lo que sólo mencionaremos algunas de las más sobresalientes. Cada una de ellas debe producir en nosotros una respuesta de gratitud y alabanza. Detrás y por encima de las causas más próximas, a Dios debemos la vida, pues «él nos hizo y no nosotros a nosotros mismos» Salmo 100:3. A Dios se debe la preservación de esa vida, pues «en él vivimos, nos movemos y somos»Hechos 17:28. él es el dador del «don inefable» 2 Corintios 9:15, su Hijo, por el cual tenemos vida eterna. A Dios debemos su Palabra y su Espíritu, que nos guían en el camino de la verdad y la santidad; sus promesas de vida eterna, que iluminan nuestra vida en la tierra; su providencia siempre misteriosa; las pruebas a que a veces nos somete para nuestra corrección o para la purificación de nuestra fe (Hebreos. 12:5-11; 1 P. 1:6-8).

Si nuestra visión espiritual es clara veremos en todo la mano sabia y poderosa de Dios y reconoceremos que todo cuanto acontece en nuestra vida, aun los sufrimientos más duros, lo ha permitido para nuestro bien. Así lo vio José, hijo de Jacob (Genesis. 50:19-21). Así Pablo y Silas en la cárcel de Filipos, cuando todavía sangrando a causa de los azotes recibidos, oraban y cantaban himnos a Dios (Hechos. 16:25). Otro cuadro impresionante en la vida de Pablo lo hallamos en su experiencia de preso náufrago camino de Roma. Cuando todos, marineros y presos, estaban dominados por la ansiedad y no podían probar bocado, el apóstol, alentado por la promesa de Dios, los animó con su palabra y con su ejemplo: «... tomó el pan y dio gracias a Dios en presencia de todos, y partiéndolo, comenzó a comer» Hechos. 27:35. Si nuestra vista está del mismo modo afinada, veremos la sabiduría, el poder y la bondad del Señor en todas las cosas, en las grandes y en las pequeñas: en la protección de grandes peligros, en la oportuna provisión de recursos, en las plácidas horas de triunfo profesional, en las épocas felices de vida familiar, Pero también en mil y un detalles, que a menudo nos pasan desapercibidos, pero que debiéramos agradecer: la nube que nos pone a cubierto de un sol abrasador, la brisa que nos acaricia, el murmullo relajante de los álamos junto al río, una bella puesta de sol, el beso de un niño, la flor que vemos junto al camino... Podríamos multiplicar los ejemplos hasta el infinito. Un moderno cántico evangélico alemán, traducido a varias lenguas, es una riquísima acción de gracias que puede ayudarnos a cantar nuestro agradecimiento.. En él se expresa gratitud a Dios «por la belleza de la aurora, por los buenos amigos y hermanos y porque a los enemigos les puedo tender la mano; por el trabajo, por mis pequeños aciertos, por la alegría, la música, la luz; gracias por muchas horas tristes, por poder hablar, porque por doquier me guía la mano de Dios; gracias por la salvación y porque nos da paz; gracias porque, cantando, gracias le podemos dar.» ¡Inspirador!

Un piadoso israelita se preguntó un día: «¿Qué pagaré al Señor por todos sus beneficios para conmigo?», y él mismo dio la respuesta: <<Alzaré la copa de salvación e invocaré el nombre del Señor>> Salmo. 116:12-13, lo cual en Israel era un rito de acción de gracias. Y nosotros, ¿qué pagaremos por el don de «una salvación tan grande?» Hebreos. 2:3 Volvámonos al camino del leproso agradecido y vayamos con él al encuentro de Jesús para decirle: ¡Gracias, Señor, mil gracias!

Una manera muy practica de ser agradecidos con Dios es mostrando agradecimiento por las obras por medio de las cuales Dios nos bendice.Una de ellas, estoy seguro, es EWTN y Radio Católica Mundial, ¿no es cierto?. La forma práctica de hacer vida este agradecimiento es por medio de tu apoya económico y espiritual, sin el cual es muy limitada la capacidad a continuar llevando el Esplendor de la Verdad hasta los últimos rincones de la tierra.

Nuestro Señor sabrá bendecirte abundantemente por todo lo que hagas por esta Misión.

En Jesús y María, tu hermano,

Pepe Alonso