SÍNTESIS
DE LOS APORTES RECIBIDOS
PARA LA V CONFERENCIA GENERAL
DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO

Bogotá, D.C. - Colombia
2007
 

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PRESENTACIÓN
La V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, en continuidad con las Conferencias Generales anteriores, es un acontecimiento eclesial de fraterna colegialidad episcopal, cuya preocupación fundamental es la evangelización del Continente. Para dar un nuevo impulso pastoral a la vida y la misión de nuestras Iglesias, S.S. Benedicto XVI tuvo a bien convocar una nueva Conferencia General en Aparecida, Brasil, y entregarles el tema: “Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en él tengan vida, ‘Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida’ (Jn 14, 6)”. Luego el CELAM, conforme a sus Estatutos (Art. 4, 7), asumió el encargo de preparar este extraordinario evento episcopal.

El primer momento de su preparación consistió en recoger valiosas aportaciones de las Conferencias Episcopales y de diversas reuniones en el ámbito del CELAM sobre el tema del discipulado y la misión, sobre los núcleos temáticos que de allí se desprenden y los resultados del análisis y discernimiento del actual momento histórico. Con ese material se elaboró el Documento de Participación y las Fichas de trabajo, para ofrecerlos como instrumentos que motivaron luego una amplia y activa participación del Pueblo de Dios con la reflexión sobre el tema entregado por el Santo Padre.
El documento y las fichas se enviaron a las Conferencias Episcopales para que éstas los distribuyeran a las Iglesias particulares, organismos episcopales e instituciones católicas. Asimismo, se envió ese material a organismos de nivel continental con alguna vinculación a la Iglesia Católica. A todos ellos se animó a participar y a elaborar aportes al tema. Al mismo tiempo, se realizaron varios seminarios con participación de expertos, y congresos en los que intervinieron miembros de diferentes países de América Latina y del Caribe. Sus resultados ya han sido publicados en su mayor parte y otros están en vías de publicación.

Todos estos encuentros tuvieron como objetivo profundizar el tema del discipulado y la misión desde diversas perspectivas: bíblica, teológica y pastoral; y discernir el profundo cambio cultural que vivimos, a fin de buscar juntos caminos más adecuados para vivir con fidelidad creativa el mensaje del Evangelio y transmitirlo con nuevo ardor misionero.

Durante este período se exhortó a todas las comunidades cristianas de la región y, de un modo muy especial, a todos los monasterios de vida contemplativa, a vivir en clima de fe y oración la preparación de la V Conferencia. En particular, se recomendó que todos los grupos de trabajo iniciaran y finalizaran su tarea con la oración que nos entregó S.S. Benedicto XVI para la V Conferencia General. La oración, la reflexión y la elaboración de aportaciones significó en muchas comunidades un fuerte apoyo y animación para un renovado impulso en el compromiso de vida cristiana y acción misionera.

En el segundo momento de preparación de la V Conferencia se han recogido las contribuciones que llegaron al CELAM, como resultado de un año de intensa labor en el Continente. Se han recibido los aportes de 21 Conferencias Episcopales de la región, de los Departamentos del CELAM, de algunos Dicasterios romanos, de organismos y eventos continentales y otras aportaciones varias. En total, llegaron más de 2.400 páginas con valiosas aportaciones, que enriquecieron la reflexión afrontando algunos grandes temas que no aparecían suficientemente tratados en el Documento de Participación. La Asamblea de Aparecida, movida por el soplo del Espíritu, podrá insistir en otros temas que tal vez no estén presentes con la debida importancia en la presente síntesis.

Los aportes recibidos fueron clasificados temáticamente por el equipo del CELAM. A continuación fueron estudiados por una comisión especial de obispos, teólogos/ as, biblistas y pastoralistas, nombrados por la Presidencia del CELAM. Una vez estudiados, fueron la base para redactar el presente documento.

El objetivo de este trabajo es ofrecer una síntesis cualitativa de los aportes recibidos, como resultado de la participación de innumerables comunidades y diócesis, que reflexionaron sobre el tema del discipulado y la misión ante el desafío de la evangelización en el tiempo presente. Es claro, en la actual síntesis no se pretende recoger materialmente todas y cada una de las propuestas que nos han llegado del Continente, sino expresarlas con fidelidad al espíritu en sus aspectos más significativos. En ello reside su valor y en tal sentido lo ofrecemos al participante de la V Conferencia, a fin de que sirva como instrumento cualificado de inspiración y consulta durante las deliberaciones de Aparecida. A esta síntesis se suman diversos subsidios que se publicaron en vista de la preparación de la V Conferencia y se enviaron a todos los que van a participar en esta Asamblea. Sin embargo, la síntesis de estas contribuciones no debe confundirse con el esbozo del documento final de Aparecida. Redactarlo será obra de quienes participen en la Conferencia General con la apertura propia del discípulo al soplo del Espíritu.

Aunque el principal destinatario de este texto es el participante de la V Conferencia, también lo ofrecemos con gusto a las Conferencias Episcopales de América Latina y del Caribe, porque precisamente sus aportaciones fueron la base para elaborar esta síntesis. Su lectura puede ser muy útil para ver cuáles son los grandes temas que hoy retan a una nueva evangelización del Continente, y percibir anhelos e inquietudes de pastores y fieles que desean vivir en el tiempo presente con nuevo entusiasmo su vocación de discípulos para la misión.

+ ANDRÉS STANOVNIK OFMCap.
Obispo de Reconquista
Secretario General del CELAM

 

 

ABREVIATURAS UTILIZADAS
EN ESTE DOCUMENTO
AA = CONCILIO VATICANO II, Decreto Apostolicam Actuositatem 18 11 65
AG = CONCILIO VATICANO II, Decreto Ad Gentes 7 12 65
CDSI = CONSEJO PONTIFICIO “JUSTICIA Y PAZ”, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 29 06 04 CCE = JUAN PABLO II, Catecismo de la Iglesia Católica, 11
10 92
CHL = JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Post- Sinodal Christifideles Laici 30 12 88
DCE = BENEDICTO XVI, Carta Encíclica Deus Caritas Est 25 12 05
DP = Documento de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano celebrada en Puebla de los Ángeles, México, 1979
DV = CONCILIO VATICANO II, Constitución Dogmática Dei Verbum 18 11 65
EiA = JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Ecclesia in America 22 01 99
EN = PABLO VI, Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi 8 12 75
GS = CONCILIO VATICANO II, Constitución pastoral Gaudium et Spes 7 12 65
LE = JUAN PABLO II, Carta Encíclica Laborem Exercens 14 09 81
LG = CONCILIO VATICANO II, Constitución Dogmática Lumen Gentium 21 11 64
MND = JUAN PABLO II, Carta Apostólica Mane Nobiscum Domine 7 10 04
NMI = JUAN PABLO II, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte 6 01 01
PCAL= Pontifica Comisión para América Latina, Recomendaciones Pastorales de la Reunión Plenaria “La Misa dominical, centro de la vida cristiana en América Latina”, enero 2005. PDV = JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Post- Sinodal Pastores Dabo Vobis
PG = JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Pastores Gregis 16 10 03
RM = JUAN PABLO II, Encíclica Redemptoris Missio 7 12 90
SD = Documento de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano celebrada en Santo Domingo, R.D., 29 10 92
VC = JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Vita Consecrata 25 03 96

 

 

INTRODUCCIÓN

 

1. HACIA UNA IGLESIA DE DISCÍPULOS Y MISIONEROS

1. Sin la Iglesia en América Latina y El Caribe, la identidad y el itinerario histórico de nuestros pueblos
serían inexplicables. Su relación cordial con Dios y su sed de cielo tiene su raíz más profunda en el misterio de la Iglesia. Su búsqueda de paz y reconciliación, su valoración de la familia y la solidaridad heroica en las horas de desgracia tienen su primera fuente en la comunión trinitaria. Y el compromiso con la historia, en los tiempos de anocheceres y de auroras, como también la mirada llena de confianza en el futuro que suscita el Espíritu entre nosotros, son presencia viva de Jesucristo, Señor de la historia, que se acerca a todos, especialmente a los pobres y a los extraviados, porque nos ha preparado una morada en la casa del Padre.

2. Es cierto, sin embargo, que desde la primera proclamación del Evangelio hasta los tiempos recientes la Iglesia ha experimentado épocas luminosas y también momentos sombríos, vinculados a las diversas situaciones que estaba llamada a afrontar con su frágil condición humana, ennoblecida por la elección y la gracia de Dios. Con él escribió páginas de nuestra historia de gran sabiduría y santidad. Sufrió también tiempos difíciles, tanto por acosos y persecuciones, como por las debilidades y pecados de sus hijos, los que desdibujaron la novedad del Evangelio, las promesas de Dios a la humanidad, y además su propia vocación de amor y servicio. Sin embargo, podemos afirmar que en la Iglesia lo más determinante siempre es la acción del Señor, que se vale de hombres y mujeres que con fidelidad a la gracia colaboran con él, de modo que ella misma llega a ser presencia luminosa y actuante de Cristo en la historia de nuestros pueblos.

3. La comunidad creyente de América Latina –aproximadamente la mitad de la población católica del mundo–, consciente de su realidad y de su historia, descubre también en nuestros días que su misión está en las sociedades latinoamericanas ante inmensos desafíos que le plantea la lectura evangélica de los signos de los tiempos. Junto a otros actores sociales quiere servir y hacer su aporte original a partir de la fe y la confianza en Jesucristo vivo. Inmersa históricamente en el caminar de los latinoamericanos, la Iglesia quiere continuar en el tiempo el misterio de Cristo y con su misterio pascual, y de esta manera protagonista e interlocutora en los procesos que expresan los anhelos más hondos del corazón humano.

4. Toda renovación pide lucidez, discernimiento, renuncias y audacia. Cristo “Camino, Verdad y Vida”, es garantía de la auténtica renovación de la comunidad eclesial. Hoy es necesario que la Iglesia ofrezca una presencia llena de significado, fuente de vida y de comunión, clave de sentido para las múltiples experiencias que acompañan a los pueblos del Continente. Gracias a la conversión personal y pastoral, la Iglesia siempre está llamada a morir como el grano de trigo, para dar fruto y ser un signo creíble de esperanza. Lo será por su diálogo con Dios, por su fidelidad al Evangelio, y por su estilo comunitario, solidario y servicial, transparente, sencillo y dialogante, amante de la verdad y del bien de los necesitados. Así ella sale al encuentro de la persona humana y puede inspirar sus centros vitales, personales y sociales. A la Iglesia le urge aportar la vida nueva en Cristo y colaborar en la gestación de nuevos caminos que hagan renacer y crecer la esperanza y la vida en las personas y en los pueblos.

2. NUESTRA ORIGINALIDAD LATINOAMERICANA

2.1 Un continente de esperanza

5. América Latina fue reconocida repetidamente como el “Continente de la Esperanza”, un nombre que deriva no sólo de las riquezas que la Providencia de Dios ha dado a sus tierras y a sus pueblos, sino sobre todo del don de la fe católica, en el que reside la mayor riqueza y la fuente inagotable de esperanza de los pueblos latinoamericanos. ¡Cristo es su “perla preciosa”! Por eso mismo, en la sabiduría de los pueblos ha quedado arraigada la certeza de que el amor es más fuerte que el dolor y la muerte.

6. Aún hoy, a comienzos del siglo XXI, podemos constatar que la gran mayoría de los latinoamericanos han recibido el bautismo en la Iglesia católica y se confiesan católicos, no obstante deficiencias y ausencias en la evangelización y catequesis. Esto muestra la profunda inculturación y arraigo de la tradición católica en la génesis, historia y cultura de los nuevos pueblos americanos. La fe católica, que se estableció en el Continente desde el primer momento del encuentro sorprendente y muchas veces dramático de los europeos, sobre todo de españoles y portugueses, con las civilizaciones, pueblos y tribus de los muy diversos pueblos indígenas, marca profundamente nuestra historia, constituyendo el más radical y potente vínculo que da identidad a nuestros pueblos y que construye su unidad en medio de las profundas laceraciones de un mestizaje incompleto y desgarrado y de la secuela de discriminaciones y violencias sufridas. Su Buena Noticia sobre la común y excelsa dignidad de todos los hijos de Dios, el mandamiento de la caridad, la pasión evangélica por la justicia y la solidaridad
preferencial con los más pobres y desamparados, acompaña y anima los sufrimientos y esperanzas
de los pueblos latinoamericanos en sus vicisitudes históricas, y queda desafiada ante los grandes retos de un presente desconcertado que añora, anhela y vacila.

7. También nos duele la realidad latinoamericana. A pesar de incontables signos alentadores que afloran sin interrupción, todavía está marcada por dolorosas situaciones en el orden económico, político, cultural, social y religioso, que lastiman la dignidad inalienable de la persona humana. En numerosos pueblos la identidad cultural y cristiana es frágil. Por eso los aflige el avance de fuertes influencias culturales que les son extrañas y muchas veces hostiles. De hecho hay poderes que se han propuesto acabar con costumbres y convicciones que han caracterizado la vida y las legislaciones de nuestros pueblos.

8. Sin embargo, los signos de esperanza afloran en medio de estas situaciones. Hay una asombrosa riqueza de vida por doquier en la convivencia. Hay incesantes esfuerzos por construir la paz y buscar salidas democráticas a los múltiples y variados problemas que aquejan nuestra realidad. Además nuestros pueblos no pierden su fe en Dios y su amor por la vida, su sed de trascendencia, su capacidad de acogida, servicio y ayuda fraterna. Las iniciativas ciudadanas se multiplican y no falta la entrega abnegada y comprometida de muchas personas que continúan construyendo espacios de fraternidad y solidaridad, y abriendo caminos hacia un futuro más promisorio.

9. Late siempre en el corazón de nuestras gentes el orgullo de sentirse “latinoamericanos”. América Latina no es un “sub-continente” con un mosaico incomponible de contenidos, definido sólo por su espacio geográfico. Tampoco una suma de pueblos y de etnias que se yuxtaponen. Es la casa común de naciones con comunes orígenes históricos, un similar sustrato cultural que requiere ser enriquecido por los aportes inclusivos de todos sus componentes étnicos y sociales, con similares vicisitudes y desafíos históricos, con la impronta común de la catolicidad. Entre las etnias, hoy exigen el respeto, el reconocimiento y el espacio necesario para impulsar su futuro, quienes remontan sus tradiciones ancestrales a los pueblos originarios a los cuales llegó la primera evangelización. Entre ellos encontramos grandes valores, tales como la estabilidad familiar, el amor a la tierra, un hondo sentido religioso y abundante solidaridad en las necesidades y alegría en las fiestas.

10. Hoy, en el contexto de la globalización, muchas personas y pueblos de América Latina se sienten llamados a reanudar vínculos más estrechos entre sí, y vuelven a aparecer esfuerzos tendientes a crear una nueva unidad y solidaridad latinoamericanas. El intercambio realmente solidario, la conciencia de fraternidad y la voluntad de unirse, valores profundamente cristianos, tratan de abrirse camino para garantizar el desarrollo y la cultura, y consolidar su presencia en el panorama mundial.

2.2 La dedicación evangelizadora

11. La fe católica traída al Continente tuvo una recepción positiva gracias a la potente acción del Espíritu por medio de la gesta evangelizadora y a la predisposición de tantos misioneros a acercarse a las culturas autóctonas de manera cercana y comprensible. El acontecimiento de Guadalupe marcó un hito relevante en los inicios de la evangelización. Las “semillas del Verbo” presentes en las culturas autóctonas les facilitó, de manera sorprendente, encontrar en el Evangelio respuestas razonables, vitales y sobreabundantes a los deseos de verdad, de sentido de la vida y significado de la realidad, de felicidad y justicia, de comunión en el amor, que constituyen el “corazón” de toda persona humana. Éstos son dones que reconocemos y agradecemos de corazón.

12. Fue decisiva la misión evangelizadora de numerosos obispos, misioneros, religiosos y laicos apasionados por la vida y el destino de hombres y pueblos que les confiaba como nuevos “prójimos” la Providencia de Dios, a quienes comunicaron la Buena Noticia de la salvación, y para quienes abrieron, como auténticos padres en la fe, caminos de humanización y defensa de los derechos de las personas y los pueblos. Sin embargo, es imposible desconocer los abusos de quienes pretendieron imponer violentamente otro orden social y cultural, a veces también la fe.

13. La impronta católica ha permanecido en su arte, en su lenguaje, en sus tradiciones, en su idiosincrasia y estilo de vida, y de manera especial en la rica y variada religiosidad popular del Continente, que se expresa en sus diversas expresiones de invocaciones y súplicas, de peregrinaciones y de fiestas. El amor a la Eucaristía es signo elocuente del reconocimiento de la presencia de Cristo, el Dios con nosotros. La piedad mariana ocupa un lugar destacado en la fe de los habitantes de estas tierras. Nuestros pueblos se sienten en la compañía y comunión de los santos. La Iglesia católica encuentra en ellos, no obstante las propias deficiencias, altos índices de consenso, credibilidad y confianza. La devoción al Sucesor de Pedro se ha manifestado sobre todo en ocasión de las memorables visitas apostólicas, primero de Pablo VI y después, mucho más numerosas, de Juan Pablo II a los diversos países latinoamericanos.

14. No obstante, hay que reconocer que los procesos de evangelización muchas veces quedaron incompletos, y que no basta con poseer ricas tradiciones, si el fuego de la fe, el amor y la esperanza no es avivado permanentemente con la oración, la meditación de la Palabra de Dios y la participación viva en comunidades cristianas: en su liturgia, en sus peregrinaciones, en su vida y en sus compromisos solidarios. Cuando esto no ha ocurrido, la huella católica ha permanecido en formas culturales o de religiosidad que no han llegado a dar frutos de conversión personal y de renovación evangélica de la vida de nuestros pueblos.

15. Ante este desafío nos hallamos. Para darle respuesta queremos encontrarnos nuevamente con Cristo, como los discípulos y los santos lo han hecho desde los inicios del cristianismo y a lo largo de la historia. La alternativa crucial es ésta: o nuestra tradición católica y nuestras opciones personales por el Señor arraigan más profundamente en el corazón de las personas y de los pueblos latinoamericanos como acontecimiento fundante, como encuentro vivificante y transformador con Cristo, y se manifiesta como novedad de vida en todas las dimensiones de la existencia personal y la convivencia social, o corre el riesgo de seguir dilapidándose, empobreciéndose y diluyéndose en vastos sectores de la población, lo que sería una pérdida dramática para el bien de nuestros pueblos y para toda la catolicidad. 3. EN COMUNIÓN CON LA IGLESIA UNIVERSAL

3.1 Mutuo enriquecimiento en el camino de la fe

16. La fe que profesamos manifiesta nuestra identidad ante el mundo. El Espíritu nos impulsa a vivirla en la comunión de la Iglesia universal y nos alienta a expresarla con nuestros propios rasgos específicos. En la Iglesia de América Latina y El Caribe nos consideramos especialmente enriquecidos por el patrimonio de la catolicidad de la fe que se expresa en variadas formas. Igualmente las comunidades cristianas de esta región del mundo también son conscientes de la riqueza peculiar que ofrecen a la experiencia cristiana de la Iglesia universal, produciéndose así una corriente recíproca de vida que fecunda a todos los hijos y las hijas de Dios.

17. En este contexto cabe destacar el ejercicio del ministerio de Pedro, cabeza del colegio episcopal, que en las décadas recientes ha tenido una particular preocupación por las Iglesias particulares del Continente. Sobre todo en la era del postconcilio el magisterio de los pontífices ha enriquecido y marcado profundamente la vida de nuestras Iglesias, cuya autoconciencia eclesial y latinoamericana se ha expresado y profundizado particularmente en la celebración de las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano. El magisterio de los últimos Papas –recordemos ya el magisterio de S.S. Pablo VI– merece una especial memoria. Ciertamente Juan Pablo II despertó una gran adhesión y amor filial por parte de nuestros pueblos, manifestados en la acogida de sus visitas a esta tierra. El Papa Juan Pablo II comprendió, animó y orientó con profundidad la experiencia de la Iglesia en América Latina. Por otra parte, la acogida que él brindó a los proyectos pastorales de las Conferencias Generales repercutió en un enriquecimiento de su misma acción pastoral y de la Iglesia en todo el orbe. Una admiración que crece en la atenta y fiel recepción de su Magisterio, despierta actualmente hacia el actual Santo Padre, Benedicto XVI, a quien acogeremos de corazón en su próximo viaje a nuestro continente. 3.2 Las cuatro Conferencias Generales y el Sínodo para América

18. A partir de la segunda mitad del siglo XX, con renovado ímpetu se retomó en América latina la búsqueda de formas de comunión concreta entre las Iglesias particulares, practicada casi desde los albores de la evangelización fundante.

19. Río, Medellín, Puebla y Santo Domingo fueron para las comunidades eclesiales latinoamericanas verdaderos acontecimientos de gracia, que dieron nuevo impulso a la evangelización del Continente. El Concilio Vaticano II y luego el Magisterio Pontificio fueron decisivos en la orientación doctrinal y pastoral de estos encuentros episcopales. Sus documentos expresan el camino pastoral que han ido haciendo en común las Iglesias de América Latina en la segunda parte del siglo XX. De ellos, tanto el pensamiento teológico como las opciones pastorales han contribuido de manera muy importante a conformar la identidad pastoral de nuestras Iglesias y la identidad católica, espiritual y social, de nuestros pueblos. Por otra parte, constituyen un hecho singular en la historia de la Iglesia, que debemos agradecer a Dios nuestro Padre y que nos interpela aún más en la comunión universal de nuestras Iglesias particulares. 20. La Conferencia de Río tuvo como principal preocupación la situación de los evangelizadores por la escasez de sacerdotes. Por eso alentó una intensa campaña vocacional y puso especial atención en incrementar los medios de formación en la fe tanto para el clero como para el laicado. El aporte más importante de esta Conferencia en lo que se refiere a la integración de las Iglesias fue la creación del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM).

21. La Conferencia de Medellín se propuso aplicar la renovación conciliar a América Latina. El tema escogido fue “La presencia de la Iglesia en la actual transformación de América Latina, a la luz del Concilio Vaticano II”. El desarrollo integral de la persona y de la sociedad, desde la perspectiva de la Evangelización, mereció una reflexión especial en esta Conferencia. Produjo 16 documentos sobre los aspectos más importantes de la tarea evangelizadora de la Iglesia que fueron acogidos con especial entusiasmo en las Iglesias de América Latina. Entre los aspectos pastorales que más resonancia tuvieron en la vida de la Iglesia se pueden mencionar: el sentido de la salvación y de la liberación, la riqueza de la religiosidad popular, la experiencia de las comunidades eclesiales de base, la floración de los ministerios ordenados y de los ministerios confiados a los laicos, la opción preferencial por los pobres, el compromiso de los cristianos con la justicia y la promoción humana.

22. La Conferencia de Puebla trató sobre “La evangelización en el presente y en el futuro de América Latina”, y tomó como base de su reflexión la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi de Paulo VI sobre la Evangelización en el mundo contemporáneo, y consciente del substrato católico de nuestra cultura, comprendió su vigencia entre nosotros. Esta Conferencia se preocupó de una renovada evangelización en la cultura propia de América Latina, a través de la proclamación integral de la verdad sobre Jesucristo, sobre la naturaleza y misión de la Iglesia y sobre la dignidad y destino del ser humano. El principio pastoral que escogió para impulsar la renovación en la Iglesia y animar la evangelización fue la comunión y la participación. Es preciso reconocer que los contenidos expresados en su documento se hicieron lenguaje, estilo pastoral y criterio de juicio que inspiró durante largos años el trabajo de toda la Iglesia en América Latina. Esta Conferencia ha tenido un influjo muy importante en la vida de nuestras Iglesias. En particular, dejó una mayor conciencia de nuestra identidad eclesial y profundizó y amplió la síntesis que habían ofrecido las Conferencias anteriores.

23. En continuidad con las anteriores, la Conferencia de Santo Domingo, trabajó el tema “Nueva evangelización, promoción humana y cultura cristiana. “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (Hb 13, 8)”. El documento final se preocupó de formular y sintetizar la propuesta de una Nueva Evangelización para las Iglesias de América Latina haciendo un especial énfasis en el fundamento cristológico de la evangelización y en la necesidad de inculturar el Evangelio en las diversas culturas y en las diferentes estructuras de los pueblos de América Latina. Tenemos que reconocer que la recepción de esta Conferencia fue menos intensa que la lograda tras la Conferencia de Puebla.

24. El tema de fondo que unifica todas las Conferencias Generales es la Evangelización. Sin embargo, se puede sintetizar muy esquemáticamente, diciendo que la principal preocupación de Río fueron los evangelizadores, de Medellín la persona humana y la sociedad latinoamericana; de Puebla la Iglesia y de Santo Domingo Jesucristo. En esta perspectiva se puede apreciar la continuidad temática que presenta la V Conferencia con las cuatro anteriores: el centro de su preocupación pastoral es la vida plena en Cristo tanto del sujeto individual, discípulo-misionero, como del sujeto colectivo, que se realiza en la Iglesia para el bien de nuestros pueblos.

25. Cada una con su estilo propio puso acentos a la misión eclesial, integró lo antiguo y lo nuevo, se esforzó por hacer una atenta escucha de las necesidades y expectativas del pueblo de Dios, y señaló nuevos rumbos en el camino de la evangelización. La vida y la misión de la Iglesia en América Latina se pueden comprender adecuadamente sólo a partir de esas claves que han echado hondas raíces en su historia reciente.

26. Por su parte, el Sínodo Extraordinario de los Obispos de América, convocado por Juan Pablo II con motivo de la celebración del Gran Jubileo de la Encarnación del Verbo de Dios, colocó a las Iglesias de América ante el centro de su vocación y misión: el encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en América. Este acontecimiento eclesial sin precedentes tendió puentes entre todas las Iglesias de América, permitió celebrar la fe común y ayudó a reconocer que esa fe tiene potencialidades capaces de crear comunión y solidaridad más allá de las fronteras socioculturales y económicas. Ecclesia in America es una fuente muy valiosa de síntesis teológica y de propuestas pastorales, que reclama un elocuente testimonio de coherencia en la vida cristiana y un nuevo ardor misionero de nuestras Iglesias. Se puede decir que esta Exhortación Apostólica es una agenda abierta que dará muchas posibilidades de comunión y de solidaridad no solo para las Iglesias de América Latina sino de todo el Continente.

4. CAMINO DE LA V CONFERENCIA

4.1 Los núcleos temáticos

27. El tema central de la V Conferencia es “Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida. ‘Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida’ (Jn 14, 6)”. En Él encontramos los núcleos que inspiraron los análisis, las reflexiones y las propuestas de su fase preparatoria. Son hilos conductores que le otorgan unidad y coherencia, de tal forma que es posible descubrir en ellos interrelación, interdependencia e interacción.

28. Discípulos y misioneros de Jesucristo, evoca una triple relación vital: con el Señor que nos hace objeto de su gratuidad, con la comunidad donde vivimos nuestra identidad eclesial, y con aquellos a quienes somos enviados en nombre del Señor de la vida.

29. Para que nuestros pueblos, sitúa a los discípulos y misioneros en la dimensión evangelizadora de la Iglesia, atendiendo a la solidaridad, el amor oblativo y el servicio incondicional a todos sin exclusiones. Queremos acompañar a nuestros pueblos en la liberación de sus sufrimientos y esclavitudes, que ahogan su esperanza y no les permiten tener la vida plena que el Padre Dios nos regala sin cesar con la resurrección de Jesús.

30. En Él tengan vida, manifiesta nuestra convicción de que en el Dios vivo revelado en Jesús se encuentra el sentido, la fecundidad y la dignidad de la vida humana. Ésta es la vida en Cristo que anhelamos con nuestros pueblos y que se ve amenazada en formas insospechadas y perversas. Nos urge la misión de entregarla, promoverla y defenderla en toda su integridad, con la conciencia de que alcanzará un día la plenitud cuando “Dios sea todo en todos” (1 Co 15, 28).

4.2 Contenido y método del presente documento

31. Este documento consta de tres capítulos, una introducción y una conclusión general. En el primer capítulo miramos a nuestros pueblos a la luz del proyecto del Padre, lo cual nos permite una mirada creyente de la sociedad latinoamericana. Señalamos algunos rostros concretos que hoy nos interpelan, anotamos los rasgos sobresalientes del cambio de época, y nos detenemos en la propia Iglesia con sus contrastes y desafíos que provienen de la sociedad actual.

32. El capítulo segundo ofrece orientaciones y criterios para el discernimiento y la misión a partir de la revelación. La persona de Jesucristo nos revela al Padre como dador de vida, cuyo Reino se realiza a través de la existencia encarnada del Hijo, que culmina en el misterio pascual. El discípulo de Jesús se incorpora a Él y participa de su vida, manifestando de muchos modos la presencia de Jesucristo vivo en las diversas situaciones humanas. La Iglesia, sacramento de vida en constante conversión y renovación por la celebración de los sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación, está a la escucha de la Palabra y al servicio del Reino. Como Pueblo de Dios en comunión y participación, celebra su fe y se orienta a la misión.

33. El capítulo tercero se ocupa de la actuación evangelizadora de la Iglesia. Estimulada y animada por el Espíritu Santo que convoca a todos sus miembros para la misión, se inspira en la vida de la Virgen María, de los apóstoles y los santos. Él suscita y alienta en el Pueblo de Dios una espiritualidad evangelizadora y un estilo pastoral característico. En seguida consideramos los grandes ámbitos de la misión en nuestra realidad, tanto personales y familiares como sociales y eclesiales. Esta misión que nos implica a todos pide un proceso de formación de los discípulos misioneros y una pedagogía pastoral integradora de identidades diversas en comunión y participación. El capítulo termina señalando nuestras preocupaciones fundamentales.

34. Este documento continúa la práctica del método “ver, juzgar y actuar”, utilizado en anteriores Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano. Muchas voces venidas de todo el Continente ofrecieron aportes y sugerencias en tal sentido, afirmando que este método ha colaborado a vivir más intensamente nuestra vocación y misión en la Iglesia, ha enriquecido el trabajo teológico y pastoral, y en general ha motivado a asumir nuestras responsabilidades ante las situaciones concretas de nuestro continente.

35. Este método nos permite articular, de modo sistemático, la perspectiva creyente de ver la realidad; la asunción de criterios que provienen de la fe y de la razón para su discernimiento y valoración con simpatía crítica; y, en consecuencia, la proyección del actuar como discípulos misioneros de Jesucristo. La adhesión creyente, gozosa y confiada en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y la inserción eclesial, son presupuestos indispensables que garantizan la pertinencia de este método.

36. Podemos decir que el “ver” de nuestro método está más inmediatamente vinculado a Dios Padre. Queremos ver siempre la realidad a la luz de su proyecto amoroso, manifestado en la creación y en la re-creación en su Hijo, Jesús. La “mirada” y la voluntad salvíficas del Padre buscan siempre sembrar y hacer crecer la vida, como asimismo defender la vida amenazada y resucitarla en la fuerza del Espíritu de su Hijo.

37. El paso siguiente del método corresponde al momento del “juzgar”. El Verbo, Cabeza de la Creación y del mundo redimido, y el misterio de la Iglesia son la medida para valorar la realidad. Esto quiere decir que Jesucristo es irreductible a una mera teoría, a una mera ética o a un mero proyecto de desarrollo humano o social. Gracias a que nada ni nadie lo puede sustituir es que podemos proclamar con seguridad que Él es el Señor de la vida y de la historia, vencedor del misterio de iniquidad y acontecimiento salvífico que nos hace capaces de emitir un juicio verdadero sobre la realidad, que salvaguarde la dignidad de las personas y de los pueblos.

38. El último paso es el momento del “actuar”. Para el creyente, el Espíritu Santo nos impulsa a actuar y nos señala los rumbos del querer de Dios, expresados en líneas dinamizadoras coherentes con los clamores de nuestros pueblos y con la caridad de Cristo que nos apremia.

39. La experiencia viva de la fe alimentada por la tradición y la comunión en la Iglesia católica, fundamento imprescindible de este método, ayuda a ampliar y profundizar la inteligencia de la realidad y el discernimiento de las situaciones, mientras nos exige saber dar razones de la esperanza que nos anima y nos confiere la audacia y sabiduría para actuar en bien de las personas y los pueblos. Las certezas de la fe saben acoger todos los signos de verdad, bien y belleza que se manifiestan en nuestra convivencia, más allá de todos los confines y pertenencias asociativas. Desde esta perspectiva, queremos contribuir, junto con muchos hombres y mujeres, a la búsqueda de las respuestas que demanda el actual momento histórico.

I. MIRAMOS A NUESTROS PUEBLOS A LA LUZ DEL PROYECTO DEL PADRE

40. Miramos la realidad desde el designio salvífico del Padre para discernir y dejarnos interpelar por las voces contemporáneas de Dios que asumimos en los signos de los tiempos. La situación del Continente nos reclama, una vez más, la sinceridad y la sabiduría necesarias para mirar con profundidad la realidad y su dinamismo, y descubrir en ella con lucidez la presencia dinámica del Reino de Dios proclamado por Jesús.

1. EL PROYECTO DE AMOR DE DIOS PADRE

41. Israel descubre en el devenir de su historia que Dios es rico en amor y misericordia y que estos atributos divinos son fuente de vida y liberación. Desde esta clave de lectura no sólo mira su historia, sino también el origen de la humanidad y del pecado que encerró al hombre en el egoísmo y la muerte. Dios, sin embargo, que creó al ser humano como la única criatura que Él ama por sí misma, nos ha elegido antes de la creación del mundo –por decisión gratuita de su voluntad– para “ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo”, su Hijo primogénito (Ef 1, 4-5).

1.1 Dios, fuente de vida y liberación para Israel

42. Dios Padre sale de sí, por así decirlo, para llamarnos a participar de su vida y de su gloria. Mediante Israel, pueblo que hace suyo, Dios nos revela su proyecto de vida. Cada vez que Israel buscó y necesitó a su Dios, sobre todo en las desgracias nacionales, tuvo una singular experiencia de comunión con Él, quien lo hacía partícipe de su verdad, su vida y su santidad. Por ello, no demoró en testimoniar que su Dios –a diferencia de los ídolos– es el “Dios vivo” (Dt 5, 26) que lo libera de los opresores (cf. Ex 3, 7-10), que perdona sin límites (cf. Eclo 2, 11) y que restituye la salvación perdida cuando el pueblo, envuelto “en las redes de la muerte” (Sal 116, 3), se dirige a Él suplicante (cf. Is 38, 16). De este Dios –que es su Padre– Jesús afirmará que “no es un Dios de muertos, sino de vivos” (Mc 12, 27).

43. Gracias a su experiencia de Dios, Israel confiesa que es “el Dios de mi vida” (Sal 42, 9), su único Señor a quien debe amar con todo su corazón (cf. Dt 6, 5). Israel sabe que su Dios es la única “fuente” de su vida (Sal 36, 8-10), su “roca” segura (28, 1-2) y su “redentor” (Is 41, 14). También sabe que esto no basta y que al don de la vida se responde con la búsqueda de la vida verdadera. Esta vida brota de la alianza con su Dios y exige el compromiso de destruir los ídolos, confiar en Él y en sus promesas de vida, ocuparse de los pobres, escuchar su Palabra y obedecer sus mandamientos, lo que constituye un potente sí divino a favor de la verdad, la vida y la libertad (cf. Ez 33, 14-15). Porque el Dios de Israel es Dios de vida, el compromiso de alianza de Israel es respetar y favorecer los dones sagrados y preciosos de la vida y la liberación que le regala.

1.2 Dios crea al hombre y a la mujer para que vivan

44. Luego de mirar con ojos de fe la historia de alianza con su Dios, Israel se abre no sólo a su origen, sino también a la razón de su propia existencia y de la humanidad, descubriendo que el ser humano “existe pura y simplemente por el amor de Dios que lo creó, y por el amor de Dios que lo conserva” (GS 19). Si Dios se ha manifestado, por sobre todo, dador de vida y liberación para Israel, significa que la creación del varón y de la mujer a su imagen y semejanza es un acontecimiento divino de vida, y su fuente es el amor fiel del Señor. Al poner todo lo creado al servicio del ser humano, el Creador manifiesta la inmensa dignidad de aquel que apenas es inferior a Dios (cf. Sal 8) y el cuidado exquisito que tiene por cada persona (cf. Gn 1, 29-30).

45. Esta experiencia de un Dios que crea y ama dando vida y libertad (cf. Sal 119, 159), lleva a Israel a descubrir maravillado la vocación fundamental del ser humano: vivir en alianza de vida con el Señor y en comunión unos con otros.

1.3 El pecado, negación de la vida querida por Dios

46. Sin embargo, Israel, como nosotros mismos, experimenta la dolorosa tragedia de la maldad en su historia. Niega la vida que Dios le regala cuando “no hay fidelidad, ni amor ni conocimiento de Dios” en el país, y destruye esa vida en otros cuando “sólo se difunden falso testimonio y engaño, asesinato, robo y adulterio y un crimen sigue a otro crimen” (Os 4, 1-2). Por su reiterada infidelidad, el pueblo dilapida los dones divinos. Responde con la rebelión a la vida y libertad que le vienen de Dios, alejándose y entristeciendo a su Señor con su conducta (cf. Is 63, 7-10). Pero el pueblo está convencido que su maldad y la del mundo no puede provenir de un Dios de vida que ama como lo hace su Dios. Entonces unos sabios israelitas, inspirados por Dios, enseñan al pueblo que fue el pecado, introducido por el ser humano en los albores de la creación (cf. Rm 5, 12), la causa de una triple, profunda y actual distorsión: la del ser humano con su Creador, consigo mismo y sus semejantes, y con la creación (cf. Gn 3; DP 322).

47. Desde entonces la vocación fundamental del hombre y la mujer se ve amenazada por el pecado, poniendo toda la creación bajo la sombra de su egoísmo y orgullo (cf. AA 7). Pero también, desde entonces, el ser humano lleva clavado en lo más profundo de su corazón el ansia de felicidad, de liberación del pecado y de la muerte, de paz y de plenitud.

48. El Dios de la vida no abandonará en la muerte y el pecado ni a su pueblo ni a la humanidad. Nos dice el Concilio Vaticano II que el Señor vino en persona para liberar y vigorizar al hombre, renovándole interiormente y expulsando al príncipe de este mundo (cf. Jn 12, 31), que le retenía en la esclavitud del pecado. El pecado rebaja al hombre, impidiéndole lograr su propia plenitud (GS 13c). Por eso, llegado el tiempo oportuno envió a su Hijo como “Camino, Verdad y Vida”, (cf. Jn 14, 6) y “primogénito de toda criatura” (Col 1, 15). Para liberarnos del pecado, Él perdona nuestros pecados, recreando el corazón del hombre y llevando a la plenitud la vocación humana. Para actualizar la misericordia del Padre nos dejó el sacramento del Perdón, de modo que sea realidad la aspiración más honda de Pablo: que “todo sea de ustedes, ustedes sean de Cristo y Cristo de Dios” (1 Co 3, 22-23).

2. ROSTROS QUE NOS INTERPELAN

49. El pecado introducido desde antiguo por los seres humanos continúa presente en nuestra realidad, pero más poderosa es la presencia de la acción liberadora y enaltecedora de Dios. Por eso con María en su canto del Magnificat (cf. Lc 1, 46-55) proclamamos las maravillas que el Señor ha hecho en nuestros pueblos y nos regocijamos en su amor y en su misericordia. Cristo nos llama desde los hermanos que sufren, a los que quiere servir con nuestra colaboración, con la actitud creyente y materna de María nos acercamos a la realidad de nuestros pueblos, y contemplamos hoy los rostros filiales, sufrientes y resucitados del Señor Jesús (EiA 45).

50. Entre ellos están los pueblos y las comunidades que son testimonio de las raíces y culturas indígenas. En los 500 años transcurridos han crecido grandes poblaciones y culturas mestizas. Sobre todo a los pueblos originarios que han permanecido más recluidos en sus territorios y a comunidades y personas afrodescendientes, aún no se les reconoce en todas partes su derecho a ser tratados con dignidad y en igualdad de condiciones, y arrastran una carga secular de humillaciones. Frecuentemente quedan al margen de la sociedad y del legítimo derecho al desarrollo, se ignora su historia y su presencia, y se desconoce o se niega la riqueza cultural y religiosa de sus tradiciones.

51. Por otra parte, innumerables mujeres de toda condición han sufrido una doble exclusión en razón de su situación socioeconómica y de su sexo. No son valoradas en su dignidad, quedan con frecuencia solas y abandonadas, no se les reconoce suficientemente su abnegado sacrificio e incluso heroica generosidad en el cuidado y educación de los hijos ni en la transmisión de la fe en la familia, no se valora ni promueve adecuadamente su indispensable y peculiar participación en la construcción de una vida social más humana y de una edificación de la Iglesia en la compenetración de sus dimensiones petrinas y marianas. A la vez, su urgente dignificación y participación pretende ser distorsionada por corrientes de un feminismo ideológico, marcado por la impronta cultural de las sociedades del consumo y el espectáculo, que es capaz de someter a las mujeres a nuevas esclavitudes.

52. De igual manera sufren los pobres, los excluidos, los desocupados, los migrantes, los desplazados, los campesinos sin tierra, los que buscan sobrevivir en las redes de la economía informal, y todos aquellos que se ven privados de una vida digna. Sus rostros piden unas condiciones de vida que garanticen y ofrezcan oportunidades a su existencia, mediante una fraterna acogida y solidaridad, incorporados al trabajo y a los beneficios de un progreso auténtico, también por medio de leyes que protejan en justicia su presente y su futuro. De modo semejante sufren también los niños, jóvenes y adultos, cuando son víctimas de estructuras sociales que les cierran las puertas al ejercicio de sus derechos individuales y sociales, así como al aprovechamiento de otras legítimas oportunidades. Nos esperan los enfermos, los drogadictos, los discapacitados y los adultos mayores que sufren de soledad y no gozan del derecho a una vida digna y a los cuidados que merecen. Recordamos también a las víctimas de la violencia intrafamiliar.

53. Hay otros rostros que nos interpelan particularmente: los hermanos secuestrados, los que son víctimas de la violencia y de los conflictos armados en nuestros países y en otras latitudes, que no reciben protección y defensa eficaz, ni tienen prioridad en las políticas públicas de muchos Estados. Debemos aprender que la paz no puede alcanzarse únicamente desde fuera con estructuras, y que el intento de establecerla con la violencia sólo lleva a una violencia siempre nueva (…) Debemos aprender que la paz sólo puede existir si se supera desde dentro el odio y el egoísmo (Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana, 22 de diciembre de 2006). Pero tampoco podemos olvidar esos otros rostros que no han contribuido o no contribuyen a la construcción de la paz. Por haber hecho o seguir haciendo mal uso de la libertad carecen de felicidad. Entre ellos, esperan mucho de nosotros los que han cometido delitos y están privados de libertad. Y nos necesitan los que son insensibles al dolor de los demás, los que oprimen, los corruptos, los que viven al margen de la ley, los que trafican con drogas, los que abusan del poder, los que manipulan ideológicamente, los violentos y los terroristas; todos ellos, incapaces de vivir en paz y de construir la paz.

54. Nos interpelan a nosotros, discípulos y misioneros de Cristo, los hermanos de otras comunidades cristianas, con quienes hemos comenzado a orar juntos y a colaborar, en camino a la unidad querida por el Señor; y también de otras confesiones religiosas, con los que está pendiente el diálogo y la colaboración mutua. Nos interrogan asimismo los agnósticos, los ateos y los indiferentes, que viven la pobreza de desconocer a Dios en su vida o, sabiendo de él, prescinden de su persona y de su amor. Se alegrarían de compartir nuestro optimismo los que carecen de esperanza, y los que han experimentado el fracaso de sus planteamientos y utopías. Y no podemos olvidar a los que se encuentran en situaciones especiales por haber abandonado el ejercicio del ministerio sacerdotal, por haber contraído un segundo matrimonio civil sin haber obtenido la declaración de nulidad del sacramento, las personas homosexuales y los que mantienen una doble vida, aumentándose al dolor de su desorden la zozobra por el temor de ser descubiertos.

55. Cumplimos con un deber de gratitud al destacar otros rostros: de una multitud de hombres y mujeres, adultos y jóvenes –profesionales, campesinos, obreros, empleados, madres de familia, etc.–, que son miembros de la Iglesia y en nuestros países trabajan con amor a Dios y a los hermanos, incluso a quienes podrían ser sus enemigos, y lo hacen de manera honesta y generosa, sin perder la esperanza. Junto a tantos otros no se doblegan ante las dificultades sino que mantienen anhelos de vida y liberación, de amistad con Dios, de fidelidad, fraternidad y paz, buscando el crecimiento del Reino. Su capacidad de resistencia, esperanza y paciencia histórica, como también de colaboración con quienes creen en el hombre y en su felicidad, y manifiestan el gozo de creer en el “Dios que derribó de sus tronos a los poderosos y enalteció a los humildes” (Lc 1, 52), recuerdan el rostro de Jesús resucitado.

3. CAMBIO DE ÉPOCA Y DESAFÍOS

56. Sucesivas transformaciones sociales y culturales agitan al mundo actual. Vivimos un fuerte cambio de época cuyo nivel más profundo es el cultural. Por esto la sociedad latinoamericana se experimenta como una sociedad inestable y en transición, con sus luces y sombras. La Iglesia católica también está inmersa en este cambio. Veamos algunos rasgos más relevantes de su configuración.

3.1 Pluralismo y emergencia de la subjetividad

57. Todos sentimos las modificaciones profundas que afectan a nuestra sociedad. Acostumbrados a una tradición cultural bastante homogénea y de índole cristiana, asistimos hoy a la fragmentación de la sociedad en sectores plurales, con lenguajes y prácticas propias, con nueva conciencia sobre las particularidades étnicas, culturales y religiosas de los pueblos, con gran acumulación de informaciones y conocimientos, con una nueva autonomía y autoreferencia del poder político, con inmensos cambios promovidos por la ciencia y la tecnología, y por una nueva concepción de libertad religiosa. Se desvanece de este modo una única imagen del mundo, del ser humano y de Dios, que ofrecía orientación para la vida cotidiana. Recae, por tanto, sobre el individuo toda la responsabilidad de construir su personalidad, de afirmar su libertad y de tener razones para vivir, que ya no le son dadas por la tradición como sucedía en el pasado. Vivimos así en un mundo donde reina el pluralismo, bien sea cultural o religioso, y en el cual la convivencia se construye día a día a partir de la persona y de sus opciones, a veces, sin embargo, fuertemente condicionadas por una cultura global que tiende a imponer la “dictadura del relativismo, proponiendo modelos antropológicos incompatibles con la naturaleza y dignidad del hombre” (Benedicto XVI, Discurso al Cuerpo Diplomático, 8 de enero de 2007) y sembrando así incertidumbres, desarraigos y confusiones.

58. Surge entonces lo que hoy caracterizamos como la emergencia de la subjetividad, en la que cada uno puede escoger, de la plural oferta de sentidos y prácticas sociales, lo que le parece mejor. La emergencia de la subjetividad ha significado una importante conquista de la humanidad. La dignidad y la libertad de la persona humana son reconocidas y respetadas. Las raíces de ello están ciertamente en la novedad del cristianismo, aunque hayan pasado por vicisitudes históricas y culturales. Actualmente esta subjetividad sin embargo con frecuencia se reduce a un mero subjetivismo, hostil a cualquier vínculo, sin referencia a la verdad, sin unidad interior, y dañino para la convivencia social. Sin embargo, el espacio dado a la libertad en nuestros días representa también una oportunidad para el cristianismo. Pues la adhesión a la fe cristiana resulta de una opción libre por Jesucristo. Cuanto más consciente, libre, razonable, madura y plena, más sólida será la identidad del discípulo de Cristo.

3.2 Impacto de la globalización

59. El fenómeno de la globalización, tanto en su vertiente cultural, como en su vertiente comunicacional y económica, provoca cambios significativos en la realidad actual. Hoy tenemos experiencia de una reducción del espacio y del tiempo, fruto de la velocidad de los medios de transporte y de la instantaneidad de la comunicación. Tenemos una conciencia planetaria, inédita en la historia de la humanidad, que aproxima pueblos y continentes, y que plasma una mentalidad común. Grandes naciones y millones de hombres se van incorporando a una dinámica acelerada de desarrollo.

60. La globalización representa, sin duda, una oportunidad para una renovada conciencia de la catolicidad de la Iglesia. Así, un gran patrimonio cultural es ofrecido a todos, proporcionándoles conciencia de los derechos humanos, participación en las conquistas científicas, solidaridad con los más pobres, estima por la justicia y por la paz, valorización de las culturas locales, y sobre todo la convicción de que el presente y el futuro de la humanidad depende de todos. Surge así el deber de globalizar la caridad y la solidaridad.

61. Sin embargo, no se puede ignorar que gran parte de esta cultura globalizada está al servicio de intereses económicos transnacionales. De hecho, la globalización económica, trae muchos beneficios para los que logran incorporarse al alto nivel necesario de conocimientos y de técnicas, pero deja al margen, creando situaciones de precariedad, desigualdad y pobreza, a los que tienen menos capacidades y posibilidades para competir en una economía abierta al mercado. El poder político nacional pierde fuerza delante de las interdependencias y presiones de cuño económico en los nuevos escenarios globales. La economía neoliberal, cuando no es corregida por el compromiso con los más débiles, de hecho debilita aún más las democracias latinoamericanas, que en general no disponen de instituciones consistentes y sólidas y sufren la tentación de soluciones populistas o sucumben a la corrupción en muchos niveles. La economía financiera tiende a prevalecer en su papel determinante por encima de la economía productiva y social, haciendo que nuestras naciones tengan condicionado su futuro por los vaivenes de los capitales especulativos. Ha sido la dolorosa experiencia en algunos de nuestros países.

3.3 Hegemonía del factor económico y tecno-científico

62. Todas las dimensiones de la vida social se encuentran recibiendo el impacto dominante del factor económico y del mercado como la norma suprema de funcionamiento y el criterio decisivo en la organización social. La racionalidad instrumental que anima muchos aspectos del quehacer económico y científico no logra reconocer al ser humano como sujeto con dignidad y como un valor supremo de organización social y económica. Sólo lentamente se abre paso la preocupación por el “capital humano”. Muchos de nuestros contemporáneos, inmersos en una cultura así, carecen de referencias para orientarse y acaban cediendo a los imperativos del individualismo, del materialismo y de la búsqueda exclusiva del bienestar propio.

63. Cuando la lógica del mercado coloniza la vida política y científica, cuando irrumpe en las instituciones dedicadas a la procuración de justicia, en la escuela y la Universidad, en las actividades profesionales y en los estilos de vida ordinarios, aparece con fuerza el relativismo ético y se debilita el ideal de trabajar por el bien común. El frecuente incumplimiento de promesas por parte de nuestras autoridades civiles parcialmente se debe a la subordinación de las políticas públicas a la lógica del mercado, a la popularidad buscada como fin, a las exigencias de los organismos internacionales que aprecian más la oferta y la demanda como criterio operativo que la reciprocidad justa de los intercambios. Esto trae como consecuencia el agravamiento de las desigualdades sociales de nuestros países que se reflejan en los precarios servicios públicos en diversos sectores como hospitales, escuelas y viviendas. Por tanto, urge “eliminar las causas estructurales de las disfunciones de la economía mundial” (Benedicto XVI, Discurso al Cuerpo Diplomático, 8 de enero de 2007), para que una racionalidad más integral y solidaria pueda vitalizar todos los procesos sociales y responda a las fuertes aspiraciones de los sectores más pobres por una mayor y más justa participación en los bienes de la sociedad.

3.4 Irrupción de lo sagrado y búsqueda de la trascendencia

64. Es perceptible que en muchos espacios y ambientes de la sociedad y de la cultura en América Latina no se tiene respuestas a los grandes interrogantes del ser humano sobre el sentido de la vida, del sufrimiento, de la muerte y del amor, lo cual deja a las personas en desamparo e inseguridad. Por otra parte, una nueva sensibilidad religiosa, anhelante de encontrar la dimensión de lo sagrado, reaparece con un fuerte acento subjetivista y tenuemente vinculada con la fe de las generaciones precedentes. Nuevos grupos y sectas hacen aparecer una nebulosa religiosidad, sujeta a cambios continuos y motivo de confusión entre los fieles. De este modo, en América Latina, los creyentes viven entre tendencias secularistas que conviven con “una difusa exigencia de espiritualidad” (NMI 33), con una nostalgia de Dios, aun cuando este fenómeno no se exprese con un lenguaje sofisticado ni académico.

3.5 Crisis de la familia

65. La familia, célula de la sociedad, sufre hoy el impacto de este cuadro sociocultural y económico. La inestabilidad de los matrimonios proviene en gran medida de la ausencia de vínculos y convicciones sólidas y es agravada por el hedonismo reinante, por el subjetivismo y por la cultura de lo desechable. Las numerosas disoluciones matrimoniales desacreditan el matrimonio en las generaciones más jóvenes y favorecen el crecimiento de las uniones fuera del matrimonio civil o religioso. Los bajos ingresos y muchas veces la búsqueda del bienestar individual llevan a las parejas a no tener hijos o a tenerlos en número muy reducido. Además, hoy se incurre en el contrasentido de legitimar uniones de personas del mismo sexo, equiparándolas al matrimonio. Aun entre las familias cristianas la ausencia del hogar debido al compromiso profesional de todos los miembros de la familia, la agitación de la vida moderna, sobre todo urbana, la omnipresencia de la televisión y el recurso permanente a otros medios visuales y auditivos de comunicación social, que difunden costumbres y convicciones ajenas o contrarias al cristianismo, dificultan la transmisión de la fe cristiana a los hijos, y hacen muy difícil el diálogo y la unión de todos en el hogar. Se observan también en nuestros días, por razones diversas, diferentes tipos de uniones –por razones ideológicas se les quiere llamar a todas “modelos de familia”– (monoparentales, consensuales, uniones libres, divorciados vueltos a casar, uniones homosexuales y otras), si bien no coinciden ni con el proyecto de Dios para la familia ni con el balance histórico de la humanidad. Todo esto interpela nuestra pastoral familiar.

66. Entre los presupuestos que debilitan y menoscaban la vida familiar encontramos varias corrientes ideológicas: la neoliberal que exalta la libertad total del individuo y que se expresa en un relativismo subjetivista en el que cada uno puede escoger sus verdades y sus valores, y en la exaltación de la fuerza: si yo soy el más fuerte, puedo disponer de la vida ajena; la ideología del género, según la cual cada uno puede escoger su “orientación sexual” y las respectivas prácticas, no teniendo relevancia las diferencias fisiológicas; la ideología ecologista que presenta al hombre como el mayor depredador y por eso, el hombre debe someterse a la Madre Tierra, y el número de individuos admitidos a la existencia debe ser contenido en límites definidos por los tecnócratas; el humanismo agnóstico, que reduce voluntariamente el área de competencia de la razón, limitando el ejercicio de la misma a la esfera de los fenómenos, y descalificando a priori toda indagación relativa al sentido de la vida y de la muerte, o al sentido del misterio. Este humanismo, cuya forma paroxística es el nihilismo, lleva a la ocultación de la señoría ministerial en virtud de la cual el hombre es llamado a participar, por la procreación, a la acción creadora de Dios.

67. Muchas de las modificaciones legales que se han introducido en numerosos países de América Latina en los últimos años hieren gravemente la dignidad del matrimonio, de la familia y de la vida humana. Estas modificaciones no son casuales, no ocurren simplemente. Muchas veces son promovidas como elementos necesarios de agendas “progresistas”, con frecuencia impulsadas por determinadas ONG o por organismos de las Naciones Unidas. Persiguen la emancipación de las costumbres, las normas éticas y las leyes de su matriz cristiana. Con frecuencia responden a los intereses y estrategias de personas e instituciones con gran poder y presencia internacional, que abiertamente buscan provocar un cambio en el ethos cultural y religioso latinoamericano.

3.6 Cultura urbana

68. Dios habita en la ciudad. Así como en otro tiempo se manifestó con rostro rural, hoy se revela, por así decirlo, con rostro urbano. Pronto más del 70% de la población estará viviendo en ciudades con más de un millón de habitantes. Este crecimiento acelerado de las grandes urbes hemos de comprenderlo como un nuevo signo de nuestro tiempo. En la urbe acontecen complejas transformaciones socioeconómicas, culturales, políticas y religiosas que hacen impacto en todas las dimensiones de la vida. Las grandes urbes se componen de un sinnúmero de pueblos, ciudades satélites, sectores y ambientes sociales, donde coexisten binomios que la desafían cotidianamente: tradición-modernidad, globalidadparticularidad, inclusión-exclusión, personalizacióndespersonalización, lenguaje secular-lenguaje religioso, homogeneidad-pluralidad, cultura urbana-pluriculturalismo. La cultura rural aún es un referente en muchas regiones del Continente y sigue aportando riquezas innegables; pero lo rural hoy se urbaniza en forma vertiginosa e irreversible. Hay en la ciudad una fragmentación de la cultura, un lenguaje nuevo y una simbología que requiere un aprendizaje. Existe una diferencia notable entre el habitante nacido en la urbe, el inmigrante desplazado hacia ella y el residente extranjero. La cultura contemporánea pasa hoy necesariamente por la ciudad y crea vínculos que generan una nueva mentalidad.

69. El ciudadano de la urbe se entiende a sí mismo como víctima y sujeto de su entorno. Por un lado, padece anonimato y masificación, movilidad y vértigo, soledad y desamparo, desarraigo y violencia, inseguridad e impotencia; por el otro, reconoce que la urbe le brinda incesantemente oportunidades, alternativas, modas, expectativas, ofertas culturales y opciones inéditas que lo invitan al esfuerzo, al bienestar y al éxito. Todo esto hace sumamente difícil la vida de los hombres y mujeres urbanos, que ven la ciudad al mismo tiempo como espacio amable que los atrae y lugar odioso que los agrede.

3.7 El ejercicio del poder en América Latina

70. Existe en la vida social un factor que convencionalmente identificamos con la palabra “política” pero que es mucho más amplio que el ámbito que se delimita con esta noción. Este factor es el “poder”. El poder se ha configurado en América Latina de una manera peculiar debido a la larga historia de autoritarismo que existe en nuestras tierras desde la época precolombina y que continúa, bajo diversas modalidades, hasta nuestros días. El poder se ejerce en la familia, en la escuela, en el campo, en las organizaciones civiles, en la empresa, en la escuela, en los sindicatos, y por supuesto, en los distintos órdenes de gobierno civil y eclesiástico.

71. En muchas ocasiones de la historia remota y reciente de América Latina el ejercicio del poder no ha estado normado por la dignidad de la persona humana y sus exigencias fundamentales –los derechos humanos–, sino que se ha autorregulado. Cuando el poder no reconoce más límite que la voluntad del gobernante aparece el autoritarismo. Ante este fenómeno, la sociedad civil se ha organizado en muchísimos grupos que, cuando luchan por algún segmento del bien común de manera pacífica, colaboran a que la sociedad se vuelva sujeto de su historia y no objeto de uso o de abuso por parte del poder.

72. Muchas de las democracias latinoamericanas se han logrado construir con enormes sacrificios personales y colectivos. Fue necesario que cicatrizaran heridas muy profundas y dolorosas, por medio de procesos de reconciliación en que no han faltado la verdad, la justicia, la magnanimidad y aun el perdón. Sin embargo, con frecuencia la democracia se mantiene en su momento formal y no logra madurar en su dimensión participativa y cultural. Esto quiere decir que en numerosos casos la democracia se esfuerza por mejorar los mecanismos institucionales más necesarios, por ejemplo para efectuar los procesos electorales, pero no logra emerger como un estilo de vida permanente que vitalice las instituciones. Por ello, la democracia en América Latina, y con ella los partidos políticos tradicionales, se encuentra en una seria crisis. Esta crisis se manifiesta de múltiples maneras siendo una de las más preocupantes la corrupción, y el surgimiento de caudillismos que con pretensiones de mesianismo y con discursos maniqueos, tolerando o incitando a la violencia, tienden a controlar desde el Estado las instituciones educativas, los medios de comunicación, la economía y la sociedad. A veces se valen hasta de un lenguaje para-religioso, y se proponen como redentores de la vida social. En tales circunstancias la libertad de la Iglesia, que ha de ser ejercida y defendida con gran valentía, se convierte en un símbolo para la sociedad, en un refugio para los perseguidos, en la principal garantía de los derechos y las libertades ciudadanas, y en una promesa de libertad para todos.

73. Los vicios autoritarios que frecuentemente aparecen en las estructuras de gobierno civil surgen de vicios de igual índole cultivados en la familia y en el resto de las organizaciones e instituciones que componen la vida social. Por ello, es importante que reconozcamos la urgente necesidad de cultivar la subsidiaridad y una democracia participativa, que permita reconocer en la práctica el derecho de todos por igual a participar libre, activa y creativamente en la gestión del bien común.

4. LA IGLESIA EN ESTE CAMBIO DE ÉPOCA

4.1 Una Iglesia cuestionada

74. El pluralismo cultural y religioso de la sociedad actual repercute fuertemente en la Iglesia. Hay otras fuentes de sentido que compiten con ella, relativizando y debilitando su incidencia social y su acción pastoral. No todos los católicos estaban preparados para resistir a esta multiplicidad de discursos y de prácticas presentes en la sociedad. Y este hecho se ha manifestado en un cierto distanciamiento silencioso de la Iglesia por parte de muchos y en una adhesión poco reflexiva a otras creencias o instituciones religiosas. Esta situación se ve agravada por el relativismo ético y religioso de la cultura actual. Por otro lado, el pluralismo abre espacios para la libertad personal y la opción religiosa consciente. Todo esto muestra la necesidad urgente de una mayor formación cristiana del laicado, que le permita desarrollar una actitud de convencida identificación con su vocación cristiana y de discernimiento evangélico ante este pluralismo.

75. Por su parte, la emergencia de la subjetividad en nuestros días, acompañada por una creciente participación de nuestros contemporáneos en las conquistas culturales, también representan un desafío para la Iglesia. Ya no se acepta un pronunciamiento sólo porque proviene de una autoridad. Se vuelve necesario ofrecer un adecuado fundamento al discurso doctrinal o ético, porque cada uno quiere que su autonomía personal y su libertad sean respetadas; de este modo, como lo señala el Papa Benedicto XVI, la Iglesia, debe intervenir en los diversos temas de la vida de la sociedad “a través de la argumentación racional” (DCE 28). Hay que advertir que el debilitamiento de las sólidas fuentes de sentido en la sociedad genera, en el fondo, angustia y malestar en aquellos que más buscan refugio y distracción en un consumismo creciente. El mensaje cristiano ofrece, sin duda, marcos sólidos para la integración personal y la convivencia social. Urge saber proclamarlo a nuestros contemporáneos con una actitud abierta y dialogante.

4.2 La rica vitalidad de la Iglesia

76. Presente y actuante en su Iglesia, el Espíritu Santo la santifica, la inspira y la renueva continuamente. La Iglesia católica en América Latina ha estado comprometida desde sus orígenes y hasta el presente con los más pobres y con el esfuerzo de promover su dignidad. Una densa red capilar de instituciones e iniciativas beneficia a nuestros pueblos en el orden de la salud, la educación, la cultura, la habitación, la rehabilitación y la promoción de los trabajadores y de sus familias. Por ejemplo, sus numerosas actividades e instituciones educativas, en todos los niveles, representan una contribución significativa para el pueblo latinoamericano. También es destacable la participación personal e institucional de la Iglesia en el sector de la salud, disminuyendo las consecuencias de un servicio sanitario deficiente. Reiteradamente su empeño a favor de los más pobres y su lucha por la dignidad humana han ocasionado la persecución, y aun la muerte, de miembros suyos.

77. La renovación aconteció también en el interior de la Iglesia. Centrar los esfuerzos pastorales en conducir al encuentro con Jesucristo vivo, ha dado y sigue dando preciosos frutos. La primacía de la Palabra de Dios nutre la teología y anima la pastoral, repercutiendo fuertemente en los sectores más sencillos y abiertos de nuestros pueblos. El mayor contacto y el mejor conocimiento de los textos evangélicos ha puesto en evidencia la centralidad de la persona y de la vida de Jesucristo, con su fuerza atractiva y transformadora, como también la misión de la Iglesia como sacramento de comunión y espacio de solidaridad con quienes no tienen los medios necesario para vivir dignamente. La Iglesia también redescubre sus raíces bíblicas y patrísticas, entendiéndose a sí misma como una verdadera familia de Dios, lo que implica la participación de todos en los bienes salvíficos y en las actividades eclesiales. Constatamos la admirable generosidad de incontables catequistas, y enormes esfuerzos catequéticos. Crecen las manifestaciones de la religiosidad popular. De este modo se puede observar el florecimiento de comunidades eclesiales de base. Son muchos los movimientos e itinerarios de formación, que difunden su riqueza carismática, educativa y evangelizadora. Una invaluable riqueza la constituyen el testimonio y la acción solidaria y misionera de los laicos y las laicas.

78. La renovación litúrgica acentuó la dimensión celebrativa y festiva de la fe cristiana, completamente centrada en el misterio pascual. Su apertura al mundo, la cultura y la historia, en la línea del Concilio Vaticano II y de las Conferencias Generales anteriores, vuelve a la Iglesia más cercana y dialogante con la realidad donde está inserta. La preocupación por el ser humano, tan fuerte en nuestra cultura, se convierte también en una preocupación fundamental de la Iglesia. Por todos estos bienes queremos agradecer al Espíritu de Dios que derramó abundantemente sus dones sobre la Iglesia en América Latina y El Caribe.

4.3 Deficiencias por corregir

79. Toda transformación histórica consistente se realiza lenta y gradualmente, y la Iglesia no es una excepción. La eclesiología conciliar sin duda renovó la vida eclesial, pero todavía debe seguir interpelándonos. Aquí pesan no sólo los lastres socioculturales, sino sobre todo la realidad del pecado en nosotros sus miembros, que exige sincero arrepentimiento y conversión personal, como también posturas más evangélicas. Sólo así nuestras deficiencias y errores podrán ser perdonados y corregidos. Nos referimos, para mencionar algunos, al clericalismo, a los intentos de volver al pasado, a lecturas y aplicaciones secularizadas de la renovación conciliar, a la ausencia de autocrítica, de una auténtica obediencia y de ejercicio evangélico de la autoridad, a los moralismos que debilitan la centralidad de Jesucristo, a las infidelidades a la doctrina y a la comunión, a las debilidades de nuestra opción preferencial por los pobres, a la discriminación de tantas mujeres y grupos humanos, al escaso acompañamiento dado a los laicos en tareas de servicio público, a una evangelización con poco ardor y sin nuevos métodos y expresiones, a un énfasis en los sacramentos descuidando otras tareas pastorales, a una espiritualidad individualista, a cierta lentitud en el compromiso con la democracia, a la falta de aplicación creativa del rico patrimonio que constituye la Doctrina social de la Iglesia, a la persistencia de lenguajes poco significativos para la cultura actual y que –en ocasiones– parecieran no tener en cuenta el carácter pluralista de la sociedad y la cultura. Debemos pedir perdón por habernos apartado del Evangelio, que pide un estilo de vida más fiel a la verdad y a la caridad, más sencillo, austero y solidario, como también valentía, persistencia y docilidad a la gracia para proseguir la renovación iniciada por el Concilio Vaticano II.

CONCLUSIÓN

80. Nuestra mirada creyente sobre la realidad nos hace comprender que estamos aún lejos del proyecto de Dios sobre su creación. La vida de nuestros pueblos está amenazada por los cambios de este tiempo y por el arraigo de algunas actitudes y estructuras eclesiales que a veces no corresponden adecuadamente a la audacia evangelizadora que hoy se necesita.

81. Los miembros de la Iglesia necesitamos reaccionar, dejándonos interpelar por las voces de Dios que surgen de todos los rincones del Continente. En primer lugar, se impone un ejercicio continuo de discernimiento, que haga una interpretación profética y sapiencial de los signos contradictorios y promisorios que hoy vivimos. El amor a la verdad debe ocupar un lugar más importante en la vida, en nuestras opciones y en las tareas que asumimos. En segundo lugar, sobresale una apremiante exigencia de conversión individual y colectiva, que propicie cambios profundos dondequiera que sean necesarios y desencadene procesos audaces de renovación en una comunidad de discípulos en estado permanente de misión. Por último, se requiere forjar un estilo de Pueblo de Dios, más dado a la oración y al trabajo misionero, en el que la fidelidad creadora haga cambios evangélicos distinguiendo siempre lo esencial de aquello que no lo es (cf. Mt 13, 52).

82. En el siglo XX la vida de la Iglesia latinoamericana estuvo marcada por diversas tendencias a veces enfrentadas entre sí. Creemos que llegó la hora de crear, a través de un gran amor a la verdad y de una apertura fraterna y de un diálogo respetuoso, nuevas síntesis integradoras. Por ejemplo: entre evangelización y ‘sacramentalización’, entre testimonio y anuncio, entre anuncio y denuncia, entre pastoral popular y formación de laicos, entre opción preferencial por los pobres y atención a la clase media y a los grupos dirigentes, entre pastoral, espiritualidad y compromiso social, entre valores tradicionales y búsquedas actuales, entre liberación social y promoción de la fe, entre teología y praxis, entre culto y testimonio de vida, entre causas locales y nacionales y apertura a Latinoamérica y el mundo, entre identidad católica y apertura al diálogo con los diferentes. No se trata de debilitar o relativizar alguna de estas exigencias, sino de que la Persona de Jesucristo ilumine todas estas realidades y les permita una adecuada articulación.

83. Iluminar esta mirada, haciéndola creyente desde la centralidad de Jesucristo y la Eclesiología del Concilio Vaticano II, es garantía segura para acercarnos más a los objetivos primordiales de la V Conferencia: vivir un discipulado misionero capaz de engendrar vida “en abundancia” (Jn 10, 10) para los pueblos de estas tierras.

II. JESUCRISTO, FUENTE DE VIDA DIGNA Y PLENA

84. Hemos mirado brevemente la realidad de nuestros pueblos y de nuestra Iglesia, sus valores y sus límites, sus angustias y sus esperanzas. Mientras sufrimos y nos alegramos, clamamos, luchamos y soñamos, permanecemos en gozosa esperanza. Jesús se hace presente para instaurar su Reino de verdad y de vida, de justicia y de paz, de amor, gracia y santidad. Por eso, ahora pondremos nuestra mirada en el Evangelio para contemplar a Jesucristo, recordando que la actividad de la Iglesia está al servicio de su Reino. En la conclusión, ofreceremos algunos criterios teológicos pastorales que iluminen la tarea misionera.

1. JESUCRISTO, VIDA NUEVA DEL PADRE

85. Por su Hijo Jesús, el Padre hace presente todo su poder vivificante y liberador, de integración, reconciliación y misericordia, pues por Él devuelve en plenitud impensable lo que el ser humano había dilapidado con su pecado. Restituye una vida humana capaz de acoger la misma vida de Dios, fuente de nuevas relaciones con los otros en justicia y amor, y con todo lo creado.

86. El criterio de discernimiento y valoración para todo creyente es la persona de Jesucristo, Verbo eterno de Dios, que existe desde el principio y por quien fueron hechas todas las cosas, y Palabra encarnada en el tiempo, en quien fue recreada la humanidad caída, para la cual Él es “el Camino, la Verdad, y la Vida” (Jn 14, 6), y a cuya luz resplandece todo “cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud o valor” (Flp 4, 8). Su persona, sus palabras y sus acciones inauguraron en medio de nosotros el Reino de vida del Padre, que alcanzará su plenitud allí donde no habrá más “muerte, ni llanto, ni dolor, porque todo lo antiguo ha desaparecido” (Ap 21, 1-5).

1.1 La vida es Jesús

1.1.1 El Dios de la vida se hace presente en Jesús de Nazaret

87. Llegado el tiempo oportuno, la Palabra del Padre se hizo uno de nosotros (cf. Ga 4, 4). En Galilea comenzó a proclamar que está llegando el Reino de su Padre, por lo que urge creer y convertirse (cf. Mc 1, 14-15). Mientras unos se admiraban y sorprendían por su enseñanza y sus acciones, otros buscaban la razón de su conducta (cf. 3, 21). Su fama crecía en la multitud que lo buscaba y acompañaba (cf. 1, 45). Las preguntas acerca del origen de sus palabras y obras no se hacían esperar: “¿De dónde le viene a éste todo esto?, ¿quién le ha dado esa sabiduría y capacidad de hacer milagros?” (6, 2-3).

88. Sin embargo, Jesús revelaba su identidad a quien, con corazón limpio, miraba fascinado su obra y escuchaba atento su enseñanza. Surgía así otro tipo de preguntas: si expulsa demonios y sana en nombre propio, ¿puede ser un demonio? (cf. Mc 3, 22-30), ¿no será el Mesías que trae el Reino de vida? El mismo Jesús confirmaba esta fe incipiente: “Si yo expulso los demonios con el poder de Dios, entonces es que el Reino de Dios ha llegado a ustedes” (Lc 11, 20) y también: “Una prueba evidente de que el Padre me ha enviado es que realizo la obra que Él me encargó llevar a término” (Jn 5, 36; cf. RM 14). Cuando Jesús se aparta de las rígidas leyes de purificación, ¿no está revelando que el Dios del Reino es Padre de todos, que perdona a los pecadores, haciéndolos partícipes de su santidad? (cf. Lc 15). De nuevo Jesús confirmaba la incipiente fe de muchos: “Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9, 13), abriendo la experiencia humana a la universalidad del amor del Padre que no excluye a nadie y “hace salir el sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos” (Mt 5, 45).

89. En la vida histórica de Jesús, sus palabras y acciones están íntimamente entrelazadas, de forma que las palabras explican las acciones y éstas confirman las palabras. Esta radical coherencia del Hijo del hombre que “pasó haciendo el bien” (Hch 10, 38), suscitaba la vinculación a Él como “Maestro” y “Mesías”, y la fe daba paso a progresivas confesiones de su identidad y su misión. 1.1.2 Jesús de Nazaret revela el Reino de su Padre

90. La proclamación y la instauración del Reino de Dios son el objeto de la misión de Jesucristo (cf. Lc 4, 43). Al Reino se accede por el encuentro con aquel que con sus palabras y sus acciones, mostraba que “el Reino” de Dios incluía a sencillos y marginados. Comía y bebía con pecadores (Mc 2, 16), sin importarle que lo tildaran de comilón y borracho (cf. Mt 11, 19); tocaba leprosos (cf. Lc 5, 13) y dejaba que una mujer prostituta le ungiera y besara los pies (cf. 7, 37-38); conversaba, transgrediendo costumbres, con una mujer samaritana (cf. Jn 4) y, de noche, recibía a Nicodemo, dirigente notable en Israel (cf. Jn 3).

91. A su vez, la cercanía de Jesús con los necesitados y el don de la vida nueva, hacían presente en medio de la gente una imagen original del Reino. “Jesús es el Reino de Dios en persona: el hombre en el cual Dios está en medio de nosotros y a través del cual podemos tocar a Dios, acercarnos a Dios” (Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana, 22 de diciembre de 2006). Esto implica una nueva imagen del “Dios” de ese Reino. Él quiere reinar como “Abbá” o “Padre” que, por el perdón y el don de su misma vida, busca ser “nuestro Padre” (Mt 6, 9). El Dios que quiere reinar es Padre amoroso y lleno de compasión con todos: con los preferidos de Jesús –enfermos, pecadores, pobres y sencillos– (cf. Lc 4, 14-21; 10, 21) y con hombres ricos como Zaqueo, personajes notables como Nicodemo y poderosos como el centurión romano. A todos Jesús les pide adhesión íntima a Él y conversión de vida (cf. Mc 1, 14-15). Por la aceptación de Jesús como Mesías e Hijo, se hace realidad la soberanía de Dios en cuanto Padre, poniendo en toda realidad, sea humana o no, un dinamismo divino de transformación que busca su plenitud escatológica. Construir el Reino es reconocer y favorecer la soberanía de Dios Padre en la historia. Por la vinculación del ser humano y de toda realidad con el Resucitado, Él libera de toda opresión y mal. La identificación con Jesucristo, que implica compartir su vida, su estilo, sus motivaciones y también su destino, es la que hace real la soberanía de Dios en cuanto Padre, transformando la sociedad.

92. El Reino de Dios, la soberanía del Padre en el mundo, es de inicio oculto, casi invisible. No aparece de forma espectacular, pero “ya está entre ustedes” (Lc 17, 21). Es Reino “de Dios” por lo que, sea que el hombre duerma o vele, el Reino brota y crece. Pero sí necesita de la tierra buena del corazón convertido (cf. Mc 4, 20). Es Reino de Dios, el Padre, por lo que tiende a transformar las relaciones humanas, estableciendo otro modo de comprenderlas y vivirlas: el de la fraternidad y, por lo mismo, del amor solidario, del perdón y del servicio mutuo.

1.1.3 El misterio pascual, fuente de vida nueva

93. Los discípulos han sido testigos de que algunas acciones y palabras de Jesús han irritado profundamente a los dirigentes religiosos de Israel, pues cuestionan su imagen de Dios y su servicio como guías del pueblo. Deciden eliminarlo y así lo hacen. Jesús, en cambio, durante su vida y con su muerte en cruz permanece fiel a su Padre y a su voluntad (cf. Lc 22, 42). La primera lectura que hicieron los discípulos de Jesús de los dolorosos acontecimientos del Calvario fue la de una irremediable derrota del que ellos reconocían como “Mesías” (24, 21). No fueron capaces de comprender que en un hombre como Jesús, radicalmente coherente (cf. Mc 12, 14), el sentido de su vida sellaba el sentido de su muerte. Mucho menos podían comprender que, según el designio del Padre, la muerte del Hijo era fuente de vida fecunda para sus discípulos (cf. Jn 12, 23-24), ya que había venido para que tuviéramos vida, y ésta en abundancia (cf. Jn 10, 10).

94. Jesús hizo presente en su vida un acontecimiento original y renovador: la presencia en Él de la fuerza salvadora de su Padre que hace todo nuevo. Los signos de este acontecimiento son el perdón de los pecados, la expulsión de los demonios, las comidas con impuros y pecadores que no eran considerados dignos, la cercanía de Jesús con todos… La vida que Jesús compartía y ofrecía en Palestina dignificaba a las personas y generaba la comunión con Dios y con los hermanos.

95. Si éste es el sentido de su vida, el misterio pascual de Jesús es el acto de obediencia y amor al Padre por el cual el Mesías dona plenamente aquella vida que ofrecía en caminos y aldeas de Palestina. Mediante su sacrificio voluntario, el Cordero de Dios pone su vida ofrecida en las manos del Padre (cf. Lc 23, 46), quien lo hace salvación “para nosotros” (1 Co 1, 30). Por el misterio pascual, el Padre sella la nueva alianza y genera un nuevo pueblo que tiene por fundamento su amor gratuito de Padre que salva.

1.2 La vida nueva en el encuentro con el Resucitado

1.2.1 Jesucristo, vida nueva

96. Los discípulos, después de Pentecostés, reconocen el significado pleno de la vida y la muerte de Jesús, gracias a la inaudita e imponente presencia del Señor Resucitado, a quien ven con sus ojos, escuchan con sus oídos y palpan con sus manos, y gracias a la comprensión integral y mesiánica de la Escritura, que reciben del mismo Jesús (Lc 24, 25-27 y 44-47; Hch 1, 3), superando su particular concepción de “mesías”. Si han tenido la experiencia de un Jesús que ofrecía su vida a todos, entienden que en su muerte y resurrección no sólo daba algo de sí, sino que se daba todo Él (cf. Jn 6, 51). Y, ahora resucitado, ofrecía esa vida a los suyos para siempre. Las apariciones del Resucitado y el don del Espíritu los impulsan a confesar la victoria de la Vida sobre el pecado y la muerte. Ante el mundo se hacen testigos de la presencia viva del Señor, y de que sólo Él, es “el Camino, la Verdad y la Vida” (14, 6), el único que tiene “palabras que dan vida eterna” (6, 68), el único pan bajado del cielo que da la vida al mundo (cf. Jn 6, 33). Quien cree en Él no morirá para siempre (cf. Jn 6, 50); quien come su cuerpo y bebe su sangre, tiene vida eterna (Jn 6,

40 y 54).

97. El Padre, que ha resucitado a su Hijo, le concede un nombre “que está por encima de todo nombre” para que todos reconozcan “que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre” (Flp 2, 9-11). Desde entonces, la existencia del Señor exaltado junto a su Padre es para siempre “pro-existencia salvífica”, es decir, Vida del Resucitado ofrecida como don para el mundo.

1.2.2 Discípulos por la vida nueva de Jesucristo

98. En la convivencia cotidiana con Jesús y en la confrontación con los discípulos de otros maestros, los discípulos pronto descubren dos cosas del todo originales en la relación con Jesús. Por una parte, no fueron ellos los que escogieron a su maestro. Fue Cristo quien los eligió. De otra parte, ellos no fueron convocados para algo (purificarse, aprender la Ley…), sino para Alguien, elegidos para vincularse íntimamente a su Persona (cf. Mc 1, 17; 2, 14). Jesús los eligió para “que estuvieran con Él” (3, 14), para que lo siguieran con la finalidad de “ser de Él” y formar parte “de los suyos”. El discípulo experimenta de inmediato que la vinculación íntima con Jesús en el grupo de los suyos es participación de la Vida salida de las entrañas del Padre, es formarse para asumir su mismo estilo de vida y sus mismas motivaciones, correr su misma suerte y hacerse cargo de su misión de hacer nuevas todas las cosas.

99. Con la parábola de la vid y los sarmientos (cf. Jn 15, 1-17), Jesús revela el tipo de vinculación que Él ofrece y que espera de los suyos. No quiere una vinculación como “siervos” (8, 33), porque “el siervo no conoce lo que hace su amo” (15, 15). El siervo no tiene entrada a la casa de su amo, menos a su vida. Jesús quiere que su discípulo se vincule a Él como “amigo” y como “hermano”. El “amigo” ingresa a su Vida, haciéndola propia. El amigo escucha a Jesús, conoce al Padre y hace fluir su Vida (Jesucristo) en la propia existencia (cf. 15, 14), marcando la relación con todos (cf. 15, 12). El “hermano” de Jesús (20, 17) participa de la vida del Resucitado, Hijo del Padre celestial, por lo que Jesús y su discípulo comparten la misma vida que viene del Padre, aunque Jesús por naturaleza (cf. 10, 30) y el discípulo por participación (cf. 10, 10). La consecuencia inmediata de este tipo de vinculación es la condición de hermanos que adquieren los miembros de su comunidad.

100. Vida divina participada y amor de comunión, en virtud de la recíproca vinculación con Jesús, se transforman en las notas distintivas del discípulo “amigo” y “hermano”. A éstos, Jesús les pide unión íntima y fiel a Él, lealtad inquebrantable, obediencia a su Palabra y el fruto en abundancia del amor.

101. Este discípulo es “el misionero”, pues Jesús lo hace partícipe de su misión al mismo tiempo que lo vincula a Él como amigo y hermano. Por eso, como Él es testigo del misterio del Padre. Los que se vinculan a Él son testigos también de su misterio y de la voluntad del Padre. El discípulo se une a Jesús para promover el Reino de vida, sentido último de la misión de Jesús. Participar en ella no es pues una tarea opcional, sino parte integrante de la identidad cristiana, porque es la extensión testimonial de la vocación misma.

1.2.3 Diversas presencias de Jesucristo vivo

102. El mismo Jesús que caminaba por Galilea y que entregaba su vida en la cruz con amor infinito, es el Resucitado que se hace presente en nuestras vidas y en nuestros pueblos. La relación personal con Él es fuente de vida nueva, “una alegría que nada ni nadie le podrá quitar” (Jn 16, 22). En el trato íntimo con Jesús expresamos nuestras inquietudes más profundas y encontramos el verdadero sentido de nuestra existencia. Si crecemos en esa amistad, podemos llegar a decirle agradecidos: “Nos das a beber en el río de tus delicias, porque en ti está la fuente de la vida” (Sal 36, 9-10).

103. En el seno de su Iglesia descubrimos diversas presencias del Señor resucitado. Lo reconocemos en todos los hermanos y hermanas que nos apoyan y nos exhortan en el camino, sobre todo cuando se reúnen en su nombre. Está en su Palabra que nos ilumina y nos orienta en nuestro caminar. Está en la fe de nuestros pueblos, con sus variadas expresiones religiosas. Está presente en los sacramentos, donde recibimos la fuerza de su Espíritu de vida. Se hace presente en el perdón de los pecados mediante el sacramento de la Reconciliación, que reintegra a la alianza a los caídos. Y está cuando lo celebramos juntos en la Eucaristía, donde reconocemos su presencia más plena y vivificante: “El que me coma vivirá por mí” (Jn 6, 57). Por eso la participación en la Misa dominical es un distintivo característico del cristiano y una exigencia para alimentar la propia fe y para dar fuerza al testimonio cristiano. Sin la Misa del domingo y de los demás días festivos, faltaría el corazón mismo de la vida cristiana. La participación en la Misa dominical es siempre fundamental para vivir la existencia cristiana, y eso vale de modo especial ante los grandes desafíos de hoy (PCAL, enero 2005).

104. También lo encontramos de un modo especial en los pobres y afligidos (cf. Mt 25, 37-40), que reclaman nuestro compromiso y nos dan testimonio de fe, paciencia en el sufrimiento y constante lucha por seguir viviendo. ¡Cuántas veces los pobres y los que sufren realmente nos evangelizan! En el reconocimiento de esta presencia y cercanía, y en la defensa de los derechos de los excluidos se juega la fidelidad de la Iglesia a Jesucristo (cf. NMI 49). Porque de la contemplación de su rostro sufriente en los pobres (cf. NMI 25) y del encuentro con Él en los afligidos y marginados, cuya inmensa dignidad Él mismo nos revela, surgen nuestras opciones por ellos. La misma adhesión a Jesucristo es la que nos hace amigos de los pobres y solidarios con su destino.

105. Jesús es el Señor de la historia. Se hace presente en ella y nos interpela a través de la cultura, el arte y las variadas manifestaciones del genio humano cuando son huellas del bien, la verdad y la belleza, y abren el espíritu a la trascendencia, a Aquel que es la Verdad, la Vida y el Bien. Él está en todos los acontecimientos de la vida de nuestros pueblos, donde nos invita a buscar un mundo más justo y más fraterno. Está en toda realidad humana, cuyos límites a veces nos duelen y nos agobian.

106. Su presencia más tangible a la vez que frecuente está, por su gracia, en el discípulo que procura hacer suya la existencia de Jesús (cf. Mc 8, 34). Vida escondida en la suya (cf. Col 3, 3), que experimenta la fuerza de su resurrección (cf. Flp 3, 10) hasta identificarse profundamente con Él: “Y ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Ga 2, 20). Cristo está en la comunión de los mártires y de los santos.

107. Si Él está, entonces no habrá en nuestras vidas un momento abandonado o sin sentido. Él mismo lo prometió para que no dudáramos: “Yo estoy con ustedes, todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 20). Cada día Jesús abre sus brazos para aliviarnos en nuestras angustias y cansancios (cf. Mt 11, 28) y nos ofrece el Espíritu, agua de vida para los sedientos (cf. Jn 7, 37). Es la vida nueva que queremos comunicar en nuestro empeño misionero, poniendo en sus manos los límites de nuestra propia fragilidad. Pero la oferta de Jesús apela siempre a la respuesta de nuestra libertad, que con frecuencia lo olvida y a veces lo rechaza (cf. Jn 5, 40) o no persevera en el camino (cf. Hb 3, 12-14).

2. JESUCRISTO INVITA A UNA VIDA DIGNA Y FELIZ

2.1 En la relación con Dios

108. Jesucristo es Camino, Verdad y Vida: Plenitud de vida que diviniza y humaniza: “Yo he venido para darles vida, y para que la tengan en plenitud” (Jn 10, 10); Camino que conduce a la aceptación de la cruz y a la resurrección; Verdad sobre Dios como también sobre el hombre y la sociedad, que nos enseña a vivir con desprendimiento de nuestras propias ambiciones, contemplando a Dios y abrazando su plan de amor, entregando así nuestra vida para que otros vivan en Él.

109. Él sana y perfecciona nuestros deseos de vivir mejor. Su amistad no nos exige que renunciemos a los anhelos de gozo y de intensidad vital, pero sí que estemos dispuestos a su purificación y elevación. Porque Dios, Padre realmente bueno, ama nuestra verdadera felicidad también en esta tierra. Dice la Biblia que Él creó todo “para que lo disfrutemos” (1 Tm 6, 17). Esta convicción ilumina nuestra comprensión de la existencia cristiana. Muestra que la vida en Cristo incluye la alegría de ser amados por Dios y por sus hijos, la satisfacción de servir y de dar a quien nos necesita, como también el agrado de compartir, el contento de trabajar, recrearnos y aprender, el entusiasmo por progresar y por abordar con otras personas proyectos comunitarios, el gozo de una sexualidad que es donación de verdadero amor, el contacto con la naturaleza y con todas las cosas que Él mismo nos regala como signos de su sincero amor.

110. La fe nos permite reconocer esa mirada de amor que no mutila nuestra existencia, sino que le da un cauce, un sentido y un camino hacia la plenitud de lo que es humano. Por eso también podemos encontrar a Jesús en medio de las alegrías de nuestra limitada existencia. Así lo experimentan muchos hermanos pobres y sufrientes de nuestros pueblos que conocen la alegría y la fiesta compartida, porque creen en la vida que se ofrece siempre nueva.

111. Esta vida digna y feliz, para que responda verdaderamente al Evangelio y a las reales necesidades de nuestros pueblos, y recoger las propuestas y enseñanzas que Jesucristo nos hace; entre otras, la de abrazar la cruz con amor al Padre y a los hombres, para ir a la resurrección. Porque, revelándonos al Padre, Él nos muestra qué somos nosotros mismos, cómo es una auténtica vida humana, y cuál es su proyecto para nuestras vidas (cf. GS 22). Veamos entonces cuáles son esos aspectos de la vida digna que Jesús nos propone, ante las grandes tendencias que encontramos en este momento histórico de nuestros pueblos.

2.1.1 Ante una vida sin sentido, Jesús nos abre a la Vida de la Trinidad

112. Si queremos llegar hasta el fondo de lo que Jesucristo vivo significa para nosotros, tenemos que reconocer que Él nos revela la vida íntima de Dios, el misterio más profundo de nuestra fe: que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Jesús nos invita permanentemente a entrar en esa comunión de amor desbordante para participar de la vida trinitaria.

113. El corazón inquieto de cada ser humano busca el rostro de Dios (cf. Sal 27, 8; 42, 3). Pero en este mundo nadie lo ha visto. Sólo Jesús ve al Padre y manifiesta plenamente su rostro (cf. Jn 1, 18). Además, su corazón abierto y resucitado es para nosotros la fuente del Espíritu Santo (cf. Jn 7, 37-39; 16, 14). Por la acción del Espíritu somos renovados a imagen de Jesús e incorporados a la vida íntima de la Trinidad. Creemos en la Trinidad tal como Jesús la ha revelado. Esta fe que confesamos en el Credo es la fe de nuestro pueblo, que comienza tantas actividades con la señal de la cruz; la misma que los padres hacen en la frente de sus hijos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

114. Si Dios es este misterio de comunión de Personas, y nosotros hemos sido creados a su imagen, entonces nuestra participación en la vida de la Trinidad nos personaliza y nos dignifica. Al mismo tiempo, este misterio de tres Personas en perfecta comunión es el fundamento más sólido de las relaciones entre nosotros, que no admiten exclusiones ni marginaciones. El amor que el Espíritu Santo infunde en nuestros corazones, es lo que nos permite entrar en esta comunión trinitaria. Ese amor es, en el fondo, “la única luz que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar” (DCE 39). 2.1.2 Ante la idolatría de los bienes terrenales, Jesús presenta la vida en Dios como valor supremo

115. Para encontrar la verdadera fuente de la vida y de la identidad personal tenemos que darle a Dios el puesto que sólo a Él corresponde, y no colocar ninguna cosa de este mundo en su lugar. La Palabra de Dios condena permanentemente la idolatría. Es posible que hoy pocos adoren imágenes de dioses paganos, si bien esa tendencia está creciendo, pero muchas veces vivimos de tal manera que los bienes, el sexo y el poder se convierten en realidades absolutas, indispensables, donde ponemos nuestras esperanzas de vida y de felicidad. Muchos ya no tienen en el Señor la fuente de su alegría. Por eso viven insatisfechos y obsesionados frente a las novedades que ofrece el mercado o frente a ideologías caducas y a veces realmente criminales.

116. El Señor nos invita a valorar las cosas, y también nos previene sobre la obsesión por acumular, que termina provocando injusticia: “No amontonen tesoros en la tierra” (Mt 6, 19). El sano y legítimo deseo de progresar y de tener los bienes necesarios para vivir dignamente, debe estar acompañado por un sincero discernimiento, para no desvirtuar el sentido de nuestra existencia: “¿De qué le sirve a uno ganar el mundo, si pierde su vida?” (Mt 16, 26). Queremos recordar que hay un único Dios, que trasciende todas las cosas de este mundo, y que nuestra vida tiene un único Señor: Jesucristo. Si reina Él como Señor, entonces hay vida y esperanza, pero si adoramos otros dioses, construimos nuestra existencia sobre arena y preparamos desgracias y muertes.

2.2 En la relación con los demás

2.2.1 Ante el individualismo, Jesús convoca a vivir

y caminar juntos

117. La vida plena que Jesucristo ofrece tiene una imprescindible dimensión de comunión. El individualismo y el aislamiento no son parte de una auténtica experiencia espiritual. En este sentido la Palabra de Dios es contundente: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama permanece en la muerte” (1 Jn 3, 14). Descubrimos así una ley inserta en la realidad: la vida sólo se profundiza y se desarrolla en la comunión fraterna, y todas las formas de exclusión y marginación son un pecado social que rompe la comunión, porque “Dios en Cristo no redime solamente la persona individual, sino también las relaciones sociales entre los seres humanos” (CDSI 52).

118. Las dificultades de este momento histórico superan completamente a sujetos aislados. Esto nos exige reconocer las crisis existentes en los vínculos eclesiales, sociales y familiares, para procurar sanarlos y fortalecerlos a partir de la vida familiar, cuna de todo vínculo de amor y fidelidad, y en último término, del amor de Cristo y de la vida de la Trinidad, fuente de toda relación personal. Por ello los discípulos no sólo buscamos acrecentar la comunión entre nosotros, sino en toda la sociedad y con todos. Como instrumentos de Cristo, nos sentimos llamados a impregnar los ambientes con actitudes de diálogo cordial, vida compartida y amistad social. Lo necesitan nuestros pueblos para no caer en nuevas laceraciones fratricidas, y encontrar convergencias que nos permitan emprender juntos caminos de progreso y esperanza.

2.2.2 Ante la exclusión, Jesús defiende los derechos de los débiles y la vida digna de todo ser humano

119. Los que recibimos del Señor la vida, estamos llamados a defenderla de un modo profético y constante. Discípulos del que fue pobre entre los pobres y frágil como muchos en su pueblo oprimido, no podemos dejar de ser, en medio del mundo de los fuertes, defensores de la vida en riesgo y artífices de una cultura de la vida. Contemplar al que traspasaron nos llevará a abrir el corazón, reconociendo las heridas infligidas a la dignidad del ser humano; nos llevará, particularmente, a luchar contra toda forma de desprecio de la vida y de explotación de la persona, y a aliviar los dramas de la soledad y del abandono (Benedicto XVI, Mensaje de Cuaresma 2007). Hemos visto que la vida humana está amenazada de diversas maneras, particularmente la vida de los más débiles. La sociedad los aparta y los excluye, provocando diversas formas de despersonalización. Jesús se identificó particularmente con los más pequeños y afligidos: con los hambrientos, los sedientos, los migrantes, los desnudos, enfermos y encarcelados (cf. Mt 25, 35s). Podemos agregar a esa a los discapacitados, los ancianos, las mujeres que viven en situación de desamparo, los indígenas y los afrodescendientes. Cuanto hagamos por uno de estos hermanos, tantas veces ignorados y olvidados, lo habremos hecho por el Señor. Por eso, desde el encuentro personal con Él, sus discípulos defendemos y acompañamos la vida frágil y abandonada.

120. Hoy nos apremia que la fe católica de nuestros pueblos latinoamericanos se manifieste en una vida más digna para todos. Mirando la multitud de pobres y desempleados, que están excluidos de tantos beneficios sociales, no podemos concebir una oferta de vida en Cristo sin un dinamismo de liberación integral, de humanización y de inserción social, en el que los pobres sean reconocidos como sujetos de su propio destino. Para los cristianos de América Latina los derechos humanos son los derechos de todas las personas, sin excepción, pero especialmente los derechos de los más indefensos, que están privados de su ejercicio. Si todos fuéramos responsables de nuestros deberes, esos derechos estarían garantizados. El desafío es lograr que nuestros hermanos crucificados puedan dar testimonio de que Cristo los ha promovido integralmente. Para ellos, nosotros somos una mediación de la cual Él mismo ha querido depender. Por eso nos repite constantemente: “Denles ustedes mismos de comer” (Mt 14, 16).

121. Sólo el Señor es el autor y el dueño de la vida, y el ser humano, su imagen viviente, es siempre sagrado, desde su concepción hasta su muerte natural. Asistimos hoy a retos nuevos en el campo de la bioética que nos piden ser voz de los que no tienen voz, donde no podemos excluir a los niños por nacer y ni a nuestros ancianos al final de sus días. La vida que está creciendo en el seno materno y la que se encuentra en el ocaso, es un reclamo de vida digna que grita al cielo y que no puede dejar de estremecernos. No hay vida humana tan indefensa como la del niño por nacer. La liberalización y banalización de las prácticas abortivas son crímenes abominables.

2.3 En la relación con el mundo

2.3.1 Ante las estructuras de muerte, Jesús hace presente su Reino de vida

122. Para defender la vida es necesario, pero no suficiente, atender a las situaciones particulares e inmediatas de algunas personas necesitadas. Se ha hecho del todo imprescindible cooperar de diversas maneras para erradicar las causas estructurales de los males que aquejan a nuestros pueblos. Porque en el seno del mundo han crecido y se desarrollan verdaderas estructuras de pecado que dañan el tejido social, impiden el desarrollo y enferman la vida y la convivencia humana.

123. Así como nos apremia el amor de Jesucristo, también nos apremia el proyecto de su Padre, que es el Reino. Ese Reino ya está plenamente realizado en Jesús resucitado, donde habita toda justicia, que busca penetrarlo todo, perfeccionando las relaciones entre los seres humanos y entre los pueblos, y liberando de las huellas del egoísmo, la indiferencia y la prepotencia todas las estructuras sociales. Ese Reino sólo será perfecto al final de los tiempos, en el mundo nuevo, que reflejará límpidamente el amor y la gloria de la Trinidad. Pero está brotando y creciendo cada día en medio de los límites de este mundo. La potencia del Reino genera la vida que puede ir destruyendo esas estructuras de muerte que debilitan a nuestros pueblos. Sólo así podrá manifestarse con claridad que quienes participan de la vida divina, promueven y afianzan la dignidad humana y las relaciones sociales.

124. Por eso, quien quiera favorecer en todos una vida digna, debe estar integrado a redes sociales que impidan el desarrollo de las estructuras de pecado y de muerte, de manera que la persona humana tenga prioridad por sobre la realización de las posibilidades que ofrecen la ciencia, la técnica y la economía. Las diversas formas de participación libre, organizada y pública –que no es necesariamente estatal– necesitan del compromiso y el protagonismo de los cristianos. Siempre son realidades provisorias, pero el crecimiento del Reino requiere también de esas mediaciones que hacen posible el desarrollo integral de nuestros pueblos.

2.3.2 Ante la naturaleza amenazada, Jesús convoca a cuidar la tierra

125. El Dios de la vida encomendó al ser humano su obra creadora para que “la cultivara y la guardara” (Gn 2, 15). Jesús conocía bien la preocupación del Padre por las criaturas que Él alimenta (cf. Lc 12, 24) y embellece (cf. 12, 28). Y mientras andaba por los caminos de su tierra no sólo se detenía a contemplar la hermosura de la naturaleza, sino que invitaba a sus discípulos a reconocer el mensaje escondido en las cosas (cf. Lc 12, 24-27; Jn 4, 35). Las criaturas del Padre le dan gloria “con su sola existencia” (CCE 2416), y por eso el ser humano debe hacer uso de ellas con cuidado y delicadeza (cf. CCE 2418).

126. En América Latina se está tomando conciencia de la naturaleza como una herencia gratuita que recibimos para proteger, y como espacio precioso de la convivencia humana. Esta herencia muchas veces se manifiesta frágil e indefensa ante los poderes económicos y tecnológicos. Por eso, como profetas de vida, queremos insistir que en las intervenciones humanas en los recursos naturales no predominen los intereses de grupos económicos que arrasan irracionalmente las fuentes de vida, en perjuicio de naciones enteras y de la misma humanidad. Las generaciones que nos sucedan tienen derecho a recibir un mundo habitable, y no un planeta con aire contaminado, con aguas envenenadas y con recursos naturales agotados.

2.4 En la relación consigo mismo

2.4.1 Ante la despersonalización, Jesús ayuda a construir identidades integradas

127. Cuando vemos muchas vidas desorientadas, valoramos nuestra relación con Jesucristo, que nos ayuda a reconocer quiénes somos y para qué estamos. Tener una identidad integrada implica percibir la propia vocación, la propia libertad y la propia originalidad. Sobre todo, requiere experimentar una estabilidad personal en medio de los cambios del mundo y sentir que la propia vida es algo positivo y valioso, aun con los límites de la propia historia. Pero frecuentemente las personas procuran construir una identidad con elementos superficiales que no llegan a su realidad profunda y a su fundamento último.

128. Una identidad clara sólo se alcanza cuando nos entendemos a nosotros mismos desde Dios. El llamado del Padre a la existencia, el proyecto que Él tiene para nuestra vida, y el misterio del Hijo de Dios hecho hombre, otorgan a cada ser humano una “dignidad infinita” (Juan Pablo II, 16-11-1980). Cada uno es objeto del amor eterno del Padre (cf. Jr 31, 3), amor incondicional dirigido a todos de un modo directo y personalísimo. Por eso, el trato sincero y frecuente con el Señor permite a los discípulos configurar su verdadera identidad personal. Sin su luz y su gracia, nos convertimos en un oscuro enigma para nosotros mismos.

129. Esta identidad incluye una serie de convicciones y de opciones que tomamos libremente a la luz del Evangelio y mantenemos a lo largo de la vida, aunque muchos las rechacen y las desprecien. Pero, en definitiva, se configura como una misión peculiar en esta tierra al servicio de los demás. En un mismo llamado, el Señor nos da una identidad y una misión. Por eso, mientras mejor nos identifiquemos con esa misión personal, más firme, clara y feliz será nuestra identidad.

2.4.2 Ante el subjetivismo hedonista, Jesús propone entregar la vida para ganarla

130. El Señor que nos ofrece plenitud nos invita también a entregar la vida. Hoy los mecanismos de la sociedad de consumo tienden a convertirnos en seres preocupados sólo de las propias necesidades y deseos. En este dinamismo hedonista, los mismos cristianos corremos el riesgo de cuidar obsesivamente espacios de privacidad y de placer, y de rechazar toda orientación ética. El Evangelio nos ayuda a descubrir que ese cuidado enfermizo y alienante de la propia vida atenta contra la calidad humana y cristiana de esa misma vida, y que se vive mucho mejor cuando tenemos libertad interior y una disponibilidad a darlo todo: “Quien aprecia su vida terrena, la perderá” (Jn 12, 25). Aquí descubrimos otra ley profunda de la realidad: que la vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a otros.

131. Al mismo tiempo, el subjetivismo actual hace que cada individuo pretenda ser el centro y el criterio último de todo, con lo cual pierde el realismo y las perspectivas. Jesucristo es la Verdad que nos hace libres. Él no propone una vida a oscuras, sino con un sentido y una orientación (cf. Jn 18, 37) que nos abre al diálogo con todos para ser servidores de esa Verdad en nuestra realidad latinoamericana. Pero para acoger esa vida verdadera hay que entregarse como ofrenda a Dios, dispuestos a “transformar y renovar la mentalidad” (Rm 12, 1-2), también remando a contracorriente. Así podremos alcanzar lo que realmente estamos llamados a ser: sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 15, 13s).

132. Por otra parte, agradeciendo el don de la vida, no depositamos nuestra esperanza sólo en esta existencia limitada. Mientras otros pretenden encerrar su mirada en la corta perspectiva de esta vida terrena, nosotros creemos en una vida que nunca acaba y que se hace plena sólo después de la muerte. Muriendo, resucitamos a una vida sin confines. Esto implica que al final, como todos los días, tendremos que entregarlo todo. Así seremos colmados con la plenitud de Dios en el banquete del Reino definitivo: “Si nuestra esperanza en Cristo no va más allá de esta vida, somos los más miserables de todos los hombres” (1 Co 15, 19).

3. LA IGLESIA, SACRAMENTO DEL REINO DE VIDA, EN CONSTANTE RENOVACIÓN

133. Jesucristo ha querido llegar a nosotros a través de la Iglesia, misterio de la unión del hombre con Dios, de comunión misionera y sacramento de su presencia vivificadora. Es su Esposa santa por el amor y la gracia de Dios que la vivifica, y necesitada de redención, como toda realidad humana que peregrina hacia la patria. Con Cristo los cristianos la amamos como madre y como hogar donde se recibe y crece la vida. En la legítima pluralidad de vocaciones, carismas, ministerios, perspectivas y opciones que hay en su interior, se realiza un constante dinamismo de dar y de recibir, que nos enriquece a todos. La Iglesia no agota el Reino de Dios, que se manifiesta y actúa más allá de los límites visibles de la institución eclesial, pero constituye en la tierra el germen y el principio de ese Reino (cf. LG 5b), a cuyo servicio está. Desde el proyecto del Reino ella puede denunciar los signos de muerte presentes en el mundo y alentar los brotes de vida que el Espíritu suscita por todas partes.

3.1 La Iglesia a la escucha de la Palabra

3.1.1 Jesucristo, Palabra viva de Dios

134. Dios, que es amor y vida, sale al encuentro de sus hijos “para conversar con ellos”, revelarles su misterio e invitarles a vivir en comunión con Él (DV 21). Ya había hablado a Israel “por medio de los profetas” y ahora nos habla, en la nueva alianza, por su Hijo primogénito a quien constituyó heredero de todas las cosas (cf. Hb 1, 1). La originalidad del Nuevo Testamento no consiste tanto en nuevas ideas, sino en el acontecimiento de redención: en la encarnación del Verbo de Dios, depositario de todas las palabras que le encomendó su Padre para que nos las transmitiera (DCE 12), y en su Pascua.

135. Siguiendo a Jesucristo, que nos anunció que es preciso permanecer en su Palabra para permanecer en su amor (cf. Jn 15, 7-10), hoy son muchos los discípulos y las discípulas del Señor que se acercan a la Sagrada Escritura para saciar su sed “del Dios vivo” (Sal 42, 3). Ellos saben que en un mundo de tantas palabras, la Palabra revelada que las Sagradas Escrituras consignan, es propuesta divina para el hoy que re-orienta la vida y la re-significa en perspectiva de vida eterna.

136. La Palabra de vida del Padre es su Hijo Jesucristo, revelación plena del misterio de Dios y acontecimiento efectivo de su proyecto salvífico. Todo aquel que por la fe y con su vida se abre a Jesucristo, Palabra de Dios, ve y conoce a su Padre y participa de su Reino. La Palabra del Padre renueva la naturaleza humana dañada y es Palabra efectiva que hace presente la vida de Dios en los suyos. Esta Palabra, antes como ahora, unos la aceptan y dan frutos, y otros la rechazan.

3.1.2 La Iglesia, discípula y mensajera de la Palabra

137. La comunidad de los discípulos recibe el encargo de proclamar la Palabra del Padre. Ellos anuncian lo que esta Palabra “hizo y enseñó” (Hch 1, 1) mientras “estuvo con nosotros” (1, 21). Su Persona y su obra son la Buena Noticia de salvación anunciada por los ministros y testigos de la Palabra que el Espíritu suscita e inspira. La Palabra acogida, fecunda por el Espíritu, ya que participa de las mismas prerrogativas de las palabras y acciones de Jesús de Nazaret: es salvífica, viva y eficaz, reveladora del misterio de Dios y de su voluntad, y sobre todo en los sacramentos realiza lo que significa. Por esto, la escucha de la Palabra es fuente del discipulado y del ardor misionero. Por el contrario, “desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo” (san Jerónimo).

138. Pero, ¿qué verdad podría anunciar la Iglesia y cómo podría hacer de la Palabra un acontecimiento de salvación, si ella misma no la escuchara? Si ella quiere prestar el servicio de ser maestra autorizada que interpreta y custodia con fidelidad el depósito de la verdad salvífica (cf. DV 10), ¿puede abandonar la escucha atenta de su Señor? Jesús maestro invita a la Iglesia “a sentarse a sus pies”, para escucharlo y hacer propio, en cada coyuntura de la historia, el proyecto de vida del Padre.

139. Si la Iglesia quiere hacer discípulos por la proclamación de la Palabra (cf. Hch 6, 7; 12, 24), debe primero ella hacerse discípula de la Palabra, dejándose interpelar y evangelizar. Así, escuchando a su Señor, se hará servidora de sus palabras y acciones en el compromiso de evangelizar a nuestros pueblos. El cumplimiento de la misión depende de la capacidad de todos los miembros de la Iglesia de leer, meditar y celebrar la Palabra, haciendo de ella un acontecimiento gozoso de vida y liberación. La misión, la santidad y la oración de la Iglesia sólo se pueden concebir “a partir de una renovada escucha de la Palabra de Dios” (NMI 39).

140. Porque la Iglesia vive su vocación de cara al Verbo, debe escuchar a su Señor para ser –en el hoy de la historia– comunidad de discípulos, transformada por la fuerza de la Palabra, y porque vive su misión de cara al mundo, debe proclamarla siempre y en todos los ambientes. De este modo, la Sagrada Escritura será el alma de la evangelización. La Iglesia, como la Madre de Jesús, está llamada a hacer de la Palabra escrita por “inspiración del Espíritu Santo” (DV 11) su “propia casa”, de la que sale y entra con naturalidad (DCE 41), nutriendo así su identidad, comunión y servicio.

3.2 La Iglesia al servicio del Reino

3.2.1 La Iglesia, Pueblo de Dios, actualiza la misión de Jesucristo

141. Jesucristo, a través de su vida, muerte y resurrección, nos manifestó a Dios como un Padre que quiere la vida de sus hijos. Su obediencia perfecta al Padre se realizó en una existencia al servicio de los seres humanos (cf. Mc 10, 45), dándoles vida a través de sus palabras y acciones. Los que contemplan y continúan esa existencia de Jesús forman la comunidad de los discípulos, la Iglesia. Esta comunidad prolonga en la historia la misión de Jesucristo de hacer presente el Reino de Dios en la humanidad. Aquí está el sentido y la finalidad última de la Iglesia. Por eso es tan importante que ella deje transparentar en la vida de sus miembros el amor del Padre, la salvación de Jesucristo y la realidad de un pueblo fraterno, centrado en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Sólo el amor que proviene del Espíritu Santo (cf. Rm 5, 5) promueve la vida en la sociedad. En este sentido sostenemos que la Iglesia es signo y primicia del Reino de la vida y la misericordia.

142. Así, la comunidad de los discípulos continúa la misión de Jesucristo a lo largo de la historia, llevando vida en plenitud a las sucesivas generaciones, en sus nuevas situaciones, siempre cambiantes. Ella proclama que la sociedad anhelada por todos, fundada en la paz y en la justicia, sólo será una realidad en la medida en que los hombres y las mujeres, como hijos en obediencia al Padre y hermanos entre sí, hagan de sus vidas un auténtico don a los demás. Cristo, nuestro Camino, muestra cómo dar vida a los otros implica necesariamente entregar la propia. Él enseñó con su propia entrega que “nadie tiene más grande amor que quien da la vida por los amigos” (Jn 15, 13). Los males que afligen actualmente a nuestra sociedad provienen de menospreciar la entrega de sí como expresión del amor, porque el egoísmo y el pecado no engendran vida, sino infelicidad. Así descubrimos la trascendencia de la responsabilidad de la Iglesia por el mundo.

3.2.2 La Iglesia se renueva constantemente en diálogo con el mundo

143. La Iglesia, comunidad de discípulos, presenta a un tiempo un aspecto espiritual y uno visible (cf. LG 8), como la persona misma de Jesús. Partiendo de la iniciativa gratuita y amorosa de Dios en Jesucristo, ella es el Pueblo de Dios, comunidad humana, que acoge su iniciativa en la fe. Ella no puede prescindir del contexto histórico donde viven sus miembros. La vida de la Iglesia acontece en contextos socioculturales bien concretos. Esto se aplica a la acogida de la Palabra en la fe, a las mociones del Espíritu, al seguimiento de Jesús, a la formación de la comunidad, al ministerio ordenado y a los demás ministerios.

144. La historia nos enseña que la sociedad humana estuvo siempre sujeta a sucesivos cambios. Estas transformaciones sociales y culturales representan naturalmente nuevos desafíos para la Iglesia en su misión de construir el Reino. De allí nace la necesidad de una continua renovación en la propia Iglesia, que implica reformas espirituales, pastorales y también institucionales. Tales renovaciones ocurren para que ella salvaguarde su misión de dejar transparentar en ella misma y en la sociedad la vida del Reino querido por Dios. Las nuevas espiritualidades, formas de acción pastoral y expresiones institucionales surgidas a lo largo de los siglos, demuestran que la Iglesia siempre estuvo atenta a los cambios que surgían en la sociedad, buscando respuestas nuevas con fidelidad al Señor de la historia.

145. Reconociendo sus propios límites, la Iglesia puede escuchar los reclamos del mundo donde ella está inserta, para ser un signo más elocuente del Reino de vida plena que la interpela y la trasciende. Por eso, así como la vida es dinamismo, cambio y crecimiento, la Iglesia está también llamada a una constante renovación, sobre todo en este cambio de época. Reconociendo que ella es presencia eficaz del Reino, aunque no lo agota, y aceptando esta necesidad de una constante reforma, ella está llamada a ser también hoy un elocuente signo de vida y santidad para nuestros pueblos. Su diálogo constante con la sociedad no excluye, como lo muestra la historia, una posición crítica frente a la realidad cultural, social y política de la sociedad.

3.3 La Iglesia, pueblo de Dios en comunión y participación

3.3.1 Comunión de discípulos y discípulas

146. La comunión entre todos los miembros de la Iglesia tiene su raíz en la comunión de cada uno con la Santísima Trinidad. De hecho, al recibir en la fe al Enviado del Padre, el cristiano acoge la acción del Espíritu Santo que lo lleva a confesar a Jesús como Hijo de Dios. La comunión de todos los bautizados con la Trinidad, que habita en el corazón de los fieles, nos hace a todos hijos del mismo Padre y hermanos de Jesucristo. Así estamos en comunión unos con otros, ya que nos orienta la misma fe, nos anima la misma esperanza y nos impulsa la misma caridad (cf. Ef 4, 1-6). Tenemos “unos mismos sentimientos, compartimos un mismo amor, viviendo en armonía y sintiendo lo mismo” (Flp 2, 2), y participamos de la misma vida divina. La Eucaristía, como participación de todos en el mismo pan de vida y en el mismo cáliz de salvación es la expresión más perfecta de esta comunión (cf. 1 Co 10, 17).

147. La comunión se realiza constantemente de modos diversos. Se vive en los pequeños grupos reunidos en torno a la persona de Jesucristo (cf. Mt 18, 20), pequeñas comunidades donde se celebra la fe y se comparte la vida y el encargo de evangelizar. Se realiza en la comunidad parroquial como comunidad de comunidades y movimientos, como asimismo en las Iglesias particulares, y entre todas ellas en la Iglesia universal. La comunión de todas las Iglesias se sustenta en la misma y fundamental comunión con la Trinidad. De este modo, cada miembro de la Iglesia, independientemente de países, culturas, etnias, o lenguas, está íntimamente vinculado con los demás. De allí procede entre los cristianos una inaudita unidad, un dinamismo de reconciliación y la responsabilidad de ayudarse unos a otros, dando aun de la propia pobreza, compartiendo alegrías y sufrimientos, bienes materiales y espirituales, como sucedió en la Iglesia primitiva. De allí también procede la unión afectiva y efectiva que debe darse entre las Iglesias particulares, colaborando unas con otras en el anuncio del Reino de vida, y solidarizando entre ellas para realizar la misión hasta los confines del mundo.

3.3.2 Participación en una comunidad orgánica

148. En su vida terrena el Hijo de Dios eligió a doce apóstoles para que estuvieran con Él y anunciaran la venida del Reino (cf. Mc 3, 13-19; Mt 10, 1-42). Constituyó así el colegio de los apóstoles, con Pedro a la cabeza (cf. Mt 16, 18), y los envió a todos los pueblos para proclamar el Evangelio. La participación en el único Bautismo otorga a todos los miembros de la Iglesia la misma dignidad cristiana, expresada en el sacerdocio común de los fieles. Pero sabemos que los apóstoles llamaron colaboradores para que consolidaran la obra comenzada por ellos. Ellos son los sucesores de los apóstoles que constituyen el Colegio episcopal en unión con el sucesor de Pedro (cf. LG 20), teniendo a los presbíteros y a los diáconos como sus cooperadores inmediatos (cf. LG 28s).

149. La estructura jerárquica de la Iglesia, querida por su fundador Jesucristo, está al servicio de la comunión y la misión y las refuerza. Porque es como un cuerpo, dotado de muchos miembros con dones y carismas diversos (cf. 1 Co 12, 4-11; Rm 12, 4), cada miembro del cuerpo necesita del otro (cf. 1 Co 12, 14-21). De este modo, la diversidad de ministerios en la comunidad intensifica la comunión que une a todos y la solidaridad de unos para con otros (cf. LG 32). Ya que es misión de la Iglesia promover el Reino de vida, todos sus miembros están comprometidos con esa misión: todos están llamados a ser miembros activos, todos misioneros, para ello todos reciben gracias especiales. A los pastores, que sirven al cuerpo como instrumentos de comunión en el nombre de su Cabeza el Señor, quienes son parte del mismo les deben fidelidad y obediencia. Sin dejar de examinar los carismas (cf. 1 Ts 5, 19), los pastores están llamados a prestar su servicio a la comunión, respetando y alentando todos los dones del Espíritu en la Iglesia, e invitándolos a participar plenamente en su vida y misión.

3.3.3 Unidad en la diversidad

150. La unidad de la misma fe no excluye la diversidad en el interior de las comunidades cristianas y entre unas comunidades y otras, como lo muestra el Nuevo Testamento. También la historia de la Iglesia, sobre todo en el primer milenio, atestigua una gran diversidad de formas en la configuración de las Iglesias particulares conforme a las regiones y a las culturas donde ellas se encontraban, lo que no atentaba contra la unidad, ya que no les impedía confesar el mismo credo, reconocer la autoridad de los mismos apóstoles, celebrar la misma eucaristía y respetar normas basales de la disciplina de la naciente Iglesia. Este hecho histórico se explica con facilidad, porque las personas que acogen la fe cristiana son personas concretas y diversas entre sí, dotadas de características propias, insertas en contextos existenciales y sociales peculiares y herederas de tradiciones bien determinadas. De este modo, al vivir y expresar su fe lo hacen con acentuaciones y modalidades propias de su medio sociocultural, sin que ello implicase ruptura alguna de la comunión. Así la catolicidad de la Iglesia no sólo significa su presencia en las más diversas regiones del mundo, sino también una gran riqueza debido a las contribuciones de esas mismas regiones (cf. LG 13c).

151. La diversidad enriquece a la Iglesia y no la amenaza. Esto supone que esa diversidad, al igual que la unidad, brote de la acción del Espíritu Santo que santifica, renueva y une a las comunidades en la comunión eclesial (cf. LG 13). La fidelidad al Espíritu exige acoger la diversidad y orientarla a la comunión. La obediencia al Obispo de Roma procura que las particularidades de cada Iglesia se integren y promuevan la unidad en la Iglesia universal. En sus diócesis, los obispos deben promover la unidad de la Iglesia local respetando las legítimas diversidades. La presencia admirable, a la vez que constitutiva, de la diversidad dentro de la Iglesia, exige a cada uno una actitud nueva. Acostumbrados a cierta uniformidad, proveniente de una cierta cultura moderna ilustrada, hoy debemos aprender a acoger la diversidad, no como una amenaza a nuestro modo de entender y vivir la fe, sino como un enriquecimiento fraterno que purifica y universaliza la propia fe.

152. Este ejercicio de apertura y de diálogo entre nosotros, se prolonga en la relación con los hermanos de otras Iglesias y comunidades cristianas. A través de la oración en común, la ayuda mutua y diversas formas de acción conjunta, ofrecemos al Espíritu Santo nuestra humilde cooperación para que un día podamos gozar de una diversidad reconciliada y en plena comunión en torno al único Señor. Al mismo tiempo reconocemos con gratitud los lazos que nos relacionan con el pueblo judío, del cual recibimos la fe en el único Dios y su Palabra revelada en la primera Alianza. Nos duele la dolorosa historia de desencuentros y enemistad que ha sufrido, también en nuestros países. Son muchas las causas comunes en la actualidad que reclaman mayor colaboración y aprecio mutuo.

3.4 La Iglesia, espacio de celebración

3.4.1 La celebración de la vida

153. Los pueblos de estas tierras se nutren continuamente de la fiesta que celebra la vida. Su sentido festivo los sitúa en el horizonte de la esperanza que habilita para enfrentar los gozos y dolores de la existencia. Comer y beber, cantar, danzar y reír son corrientes vitales que se expresan en campos, aldeas y ciudades del Continente. Muchas son las ocasiones en que se festeja y convive, se comparte y se brinda, reanudándose así los lazos de fraternidad y celebrando el renacer en la fuente de la vida. La fiesta y la celebración son componentes sin los cuales no puede entenderse la experiencia cotidiana de los latinoamericanos.

154. Los sacramentos de la fe que celebramos están vinculados a este sentido de fiesta. Cada uno de los sacramentos, en especial el Bautismo y la Eucaristía, son lugares privilegiados donde la comunidad celebra la vida divina, surgida en abundancia del misterio pascual de Jesús. El Pueblo de Dios es capaz de reconocer en los sacramentos celebraciones festivas por las cuales el Dios de la vida sale al encuentro de los seres humanos para liberarlos de tantas formas de muerte, y darles nueva vida.

155. La dimensión festiva de su vida el pueblo creyente ya la manifiesta en muchas expresiones de su religiosidad popular, en sus fiestas y romerías, en sus celebraciones patronales y especialmente en los santuarios que frecuenta festivamente como lugares de encuentro fraterno y de contemplación, de gratitud y de confianza, de búsqueda de Dios y de experiencia gozosa con Aquel en quien “vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 28).

3.4.2 La Eucaristía, núcleo de la vida cristiana

156. Toda la vida de Jesús fue obediencia perfecta al Padre, que lo llevó a entregar su vida por la salvación de la humanidad. Esta entrega, expresada sacramentalmente ya en la Última Cena, tuvo su realización en la pasión, muerte y resurrección del Hijo de Dios hecho hombre. Los discípulos de Cristo son aquellos que procuran asumir la existencia pascual del Maestro como modelo de su propia vida. De este modo el cristiano en la Eucaristía celebra el misterio pascual y su propia entrega en el seguimiento de Cristo. Así la Eucaristía expresa y realiza el núcleo de la fe cristiana, fuente de todo discipulado y de la misión.

157. La Iglesia, siempre discípula, necesita sentarse a la mesa del Maestro para recibir el pan de vida que la fortalece y unirse a la existencia entregada de su Señor. Deseamos que el pueblo fiel, que expresa su fe de tantas maneras, encuentre en la celebración dominical de la Eucaristía el centro de su vida cristiana, que en ella pueda expresar sus alegrías y sus anhelos, y celebrar los momentos importantes de la familia y la comunidad. La Iglesia reconoce que es un gran desafío lograr que la fe de todos los bautizados alcance su culminación en esta Mesa de la alianza y la fraternidad, que acrecienta la santidad de los discípulos. Compartida especialmente en el día del Señor, es la fiesta pascual de la comunidad cristiana y el manantial de su servicio evangelizador. En la celebración de este sacramento, la Iglesia alimenta la comunión entre sus miembros: “Pues si el pan es uno solo y todos compartimos ese único pan, todos formamos un solo cuerpo” (1 Co 10, 17).

3.5 La Iglesia, comunidad misionera

3.5.1 La Iglesia misionera

158. El designio salvífico de Dios se realiza en la historia con la cooperación de los seres humanos, como nos lo demuestran figuras insignes del Antiguo Testamento y el propio pueblo de Israel. Jesucristo se presenta como el Enviado del Padre para realizar su proyecto de vida (cf. Lc 4, 17-21), misión que confió a sus apóstoles (cf. Jn 20, 21). Así toda la Iglesia es misionera y responsable de la evangelización (cf. AG 35). Toda la comunidad es sujeto primordial de la misión, en la diversidad de los carismas y ministerios, y todo cristiano, en virtud de su bautismo y con más fuerza aún de su confirmación, es un misionero.

159. La labor de los catequistas ha sido muy importante en toda la historia de nuestras Iglesias. Varias surgieron por la labor de laicos y laicas. La Iglesia les debe mucho. Pero el campo propio a la vez que específico de la actividad evangelizadora laical es el complejo mundo del trabajo, la cultura, las ciencias y las artes, la política, los medios de comunicación y la economía, así como los ámbitos de la familia, la educación, la vida profesional, sobre todo en los contextos donde la Iglesia se hace presente solamente por ellos (cf. LG 31, 33; GS 43; AA 2). Toda acción evangelizadora, por humilde que sea, es una acción eclesial (cf. EN 60).

160. El Espíritu Santo que actuó en la persona de Jesucristo es también enviado a todos, sin excepción, en cuanto miembros de la comunidad. La acción del Espíritu no se limita al ámbito individual, sino que abre siempre a las personas a la tarea misionera, así como ocurrió en Pentecostés y nos lo relatan los Hechos de los Apóstoles.

3.5.2 María, madre, discípula y misionera

161. María, por su fe (cf. Lc 1, 45) y obediencia a la voluntad de Dios (cf. 1, 38), así como por su constante meditación de la Palabra y de las acciones de Jesús (cf. 2, 19.51), es la discípula más perfecta del Señor (cf. LG 53). Tuvo un papel único en la historia de salvación, concibiendo, educando y acompañando a su hijo hasta su sacrificio definitivo. En la figura de la Madre junto a la cruz (cf. Jn 19, 25-26) se simboliza la misericordia entrañable de Dios, que vibra en el corazón materno ante el dolor del Hijo y de todos los hijos. Desde la cruz Jesucristo confió a sus discípulos, representados por Juan, el don de la maternidad de María. Ella, como Madre de tantos hermanos, fortalece los vínculos fraternos entre todos, alienta a la reconciliación y el perdón, y ayuda a que los discípulos de Jesucristo se experimenten como una familia, la familia de Dios.

162. Perseverando junto a los apóstoles a la espera del Espíritu (cf. Hch 1, 4), cooperó con el nacimiento de la Iglesia misionera. Del mismo modo, así como lo fue al inicio de la evangelización fundante, sobre todo en el Tepeyac, también hoy es peregrina y misionera en nuestros pueblos latinoamericanos, alentándonos para que hagamos presente a Jesús en todos los ambientes.

4. ALGUNOS GRANDES CRITERIOS

163. A la luz de Jesús y su propuesta, que ilumina la realidad de nuestros pueblos, las aportaciones recibidas proponen ocho criterios generales para el camino misionero de la Iglesia en América Latina.

4.1 Criterios cristológicos El anuncio del Evangelio como ofrecimiento de vida

164. En todas las áreas de la actividad evangelizadora, la propuesta de Jesucristo a las personas y a nuestros pueblos debe manifestarse como la oferta de una vida plena para todos, la que es percibida como fidedigna por el testimonio de vida de incontables cristianos, que hacen presente el amor al Padre y a los hombres, la sabiduría y el poder del mismo Jesús. La doctrina, las normas, las orientaciones éticas, y todo lo que proponga la Iglesia en sus diversas acciones, no debe ocultar ni ensombrecer esta atractiva oferta de una vida digna y plena en comunión con Dios y con los hermanos.

La opción preferencial por los pobres

165. La amistad con Jesucristo y el camino del discipulado nos impulsan a configurar nuestras opciones y actitudes con las del Señor, quien desde la pobreza nos enriqueció y nos mostró las vías fundamentales para la liberación del pecado y de sus secuelas en la vida personal y social. Esto nos apremia a reafirmar y actualizar, en todos nuestros proyectos evangelizadores, nuestra preferencia por los que sufren, por los excluidos y los más débiles. La evangelización de los pobres es el gran signo mesiánico que estamos llamados a vivir como Iglesia (cf. Lc 7, 22). Somos instrumentos de Cristo, encargados de realizar la liberación integral que propone el Evangelio.

Siempre somos discípulos

166. Todos debemos vivir y evangelizar de tal manera que sea palpable y transparente, en nuestras actitudes y palabras, que nunca dejamos de ser discípulos de Jesucristo, que cada día lo redescubrimos y seguimos como a nuestro Maestro y Pastor, que tenemos necesidad de Él, y que siempre podemos crecer en su seguimiento. El discipulado parte del encuentro personal con Jesús, que renueva nuestra existencia y nos permite descubrir en la vida de la Sma. Trinidad el sentido último de todo lo que somos y hacemos. Esto requiere una renovación permanente de esa experiencia contemplativa a la vez que liberadora en medio de los desafíos de la vida social y de la evangelización.

4.2 Criterios eclesiales

El discipulado misionero es comunitario

167. La vida y la misión son siempre comunitarias y eclesiales. El discipulado misionero se vive en una comunidad concreta de discípulos para la vida del mundo, fomentando la diversidad en la comunión y construyendo redes comunitarias que contrarresten el poder de los “poderosos” (cf. Lc 2, 52) y de las estructuras de muerte.

El discipulado exige un discernimiento eclesial

168. Los discípulos estamos llamados a reconocer las diversas formas de presencia de Jesucristo y el proyecto del Reino, en los variados desafíos que enfrentan la Iglesia y el mundo. Para ello debemos vivir en un constante proceso de discernimiento, para iluminarnos unos a otros desde la Palabra de verdad y de vida. En la comunidad creyente, acompañada y guiada por sus Pastores, se ha de discernir los nuevos escenarios sociales y las nuevas estrategias pastorales que permitan anunciar con vigor el Evangelio de siempre y colaborar en la construcción de una sociedad más humana (cf. Paulo VI, Octogésima adveniens, n. 4).

La Iglesia en renovación permanente

169. Por ser servidora de la vida, que es dinamismo y transformación, porque el Reino siempre la trasciende, y porque la realidad en constante cambio la interpela, la Iglesia debe replantear una y otra vez su modo de presentar el Evangelio, sus métodos, su lenguaje y todo lo circunstancial en sus propias estructuras. Todos los cambios que eventualmente sea necesario implementar no son un mero ajuste funcional. Han de brotar de una necesaria y sincera conversión personal y eclesial.

4.3 Criterios misioneros

La misión convoca a todos

170. Todos, sin excepción, somos agentes evangelizadores, y por lo tanto todos somos convocados a dar la vida por el Reino participando en la actividad misionera de la Iglesia, sea insertándonos, con identidad cristiana, en los diversos espacios e instituciones de la vida social como colaboradores de Dios, sea trabajando en las iniciativas evangelizadoras de las comunidades eclesiales. El discipulado misionero sólo se entiende como un camino cotidiano de presencia activa y fecunda en la sociedad para servir con Jesucristo y comunicar la vida que recibimos del Señor.

La evangelización toca toda la realidad

171. Jesucristo, que es la Verdad, nos permite reconocer la verdad más profunda del ser humano, de la historia y de toda la realidad. No hay un área de la vida de las personas y de los pueblos que no pueda ser alcanzada por la luz de la razón y de la fe. Por eso, la evangelización otorga a cualquier situación humana un sentido salvífico y una orientación para su natural desarrollo.

III. EL ESPÍRITU NOS IMPULSA A SER DISCÍPULOS MISIONEROS

172. La Iglesia ha recibido de su Señor la misión de ir por el mundo ofreciendo a los hombres y mujeres el don de ser discípulos (cf. Mt 28, 19). Vocación de la Iglesia es anunciar al Señor resucitado, generando y acompañando el encuentro personal con Él. Para cumplir con su vocación el Señor le infunde el don del Espíritu –y con él la paz, el envío misionero y el poder de perdonar los pecados–, que la anima e impulsa a llevar a cabo la misión de manifestar y construir un Pueblo santo, semilla de una humanidad fraterna y reconciliada.

173. Desde entonces, la Iglesia se encamina por todo el mundo para “hacer discípulos a todos” cuando el Espíritu hace fecunda la proclamación de la Buena noticia del Reino de vida y santidad (cf. Mc 16, 15). Él reviste al ser humano del “Hombre nuevo” (Jesucristo), para que lleve “una vida verdaderamente recta y santa” (Ef 4, 23- 24). Ayer como hoy, Él trabaja para que la Iglesia por su santidad se convierta en “Evangelio vivo”, anunciando que la obra del Resucitado es camino de vida, de verdad y libertad (cf. Rm 8, 21).

1. EL ESPÍRITU ANIMA LA EVANGELIZACIÓN DE LA IGLESIA

1.1 El Espíritu de Dios en el Proyecto del Padre

174. Los discípulos, después de la ascensión del Señor a los cielos y cumpliendo con su palabra, volvieron a Jerusalén. En oración junto a María, la madre de Jesús, y con un mismo espíritu, aguardaban la Promesa del Padre, el bautismo que recibirían en el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 4s). Y efectivamente ocurre lo increíble: reciben el don del Espíritu bajo la forma de lenguas de fuego, precedido de un viento impetuoso que invadió la casa. Y todos “quedaron llenos del Espíritu Santo” (Hch 2, 1-4).

175. No reciben cualquier Espíritu, sino el Espíritu ya prefigurado en la antigua alianza: el “espíritu de Dios” que aleteaba sobre las aguas caóticas del tiempo de la creación (Gn 1, 2); el “santo espíritu” que Dios infundía en Moisés (Is 63, 11-14) y en los profetas (cf. Mi 3, 8); el que penetraba en hombres y mujeres moviéndolos a actuar (cf. 1 Sm 16, 13); el que cubría de vida huesos secos (cf. Ez 37, 1-10); el “espíritu nuevo” prometido a Israel para que conozca a Dios y practique su voluntad (11, 19). Reciben el “espíritu” prometido al Ungido para que hiciera presente el reinado de Dios (cf. Is 11, 1-9). El Pentecostés cristiano es la donación del “Espíritu prometido” (Ga 3, 14) que –según la Escritura– caracterizaría los tiempos mesiánicos (cf. Jl 3, 1-5).

176. En la nueva alianza, el Espíritu ya no se revela como atributo de Dios, sino como Persona divina de la misma naturaleza que el Padre y el Hijo (cf. Mt 28, 19). Es la “fuerza que viene de lo alto” (Lc 24, 49) que, al inicio del ministerio público de Jesús de Nazaret, desciende sobre el enviado por el Padre (cf. Mc 1, 9-11). Jesús, ungido por el Espíritu del Padre, es el Hijo primogénito hecho “mesías” o “cristo” para hacer presente hoy el Reino (cf. Lc 19, 9), y anunciar a pobres y marginados el torrente de agua viva que brota del trono de Dios y del Cordero (cf. Ap 22, 1), fuente de vida del Reino, de vida alternativa a los valores y a la vida del mundo (cf. Mt 5, 2-12). El Espíritu de Dios, jamás abandonará al Mesías (cf. Lc 4, 14), refrendando con portentos el encargo del Padre (cf. 6, 17-19). En el bautismo y en la vida de Jesús, la obra de la salvación se revela como obra trinitaria.

1.2 La Iglesia del Espíritu

177. La ascensión de Jesús al cielo y su exaltación junto a su Padre marcan el fin del ministerio del Mesías en la tierra (cf. Hch 3, 21) y el comienzo de su ministerio universal como “Señor” y “Salvador” (5, 31). Después de Pentecostés, las Iglesias locales experimentan de inmediato fecundas irrupciones del Espíritu, vitalidad divina que se expresa en diversos dones y carismas (cf. 1 Co 12, 1-11) y variados oficios que edifican la Iglesia y sirven a la evangelización (cf. 12, 28-29). Por estos dones del Espíritu, la comunidad extiende el ministerio salvífico del Señor hasta que Él de nuevo se manifieste al final de los tiempos (cf. 1, 6-7). El Espíritu en la Iglesia forja misioneros decididos y valientes como Pedro (cf. Hch 6, 5) y Pablo (cf. 13, 9), señala los lugares que deben ser evangelizados y elige a quiénes deben hacerlo (cf. 13, 2).

178. La Iglesia, en cuanto marcada y sellada “con Espíritu Santo y fuego” (Mt 3, 11), continúa la obra del Mesías, abriendo para el creyente las puertas de la salvación (cf. 1 Co 6, 11). Pablo lo afirma de este modo: “Ustedes son una carta de Cristo redactada por ministerio nuestro y escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo” (2 Co 3, 3). Uno y el mismo Espíritu guía y fortalece a la Iglesia en el anuncio de la Palabra, en la celebración de la fe y en el servicio de la caridad hasta que el Cuerpo de Cristo alcance la estatura de su Cabeza (cf. Ef 4, 15-16). De este modo, por la eficaz presencia de su Espíritu, Dios asegura hasta la parusía su propuesta de vida para hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares. Por tanto, el Señor sigue derramando hoy su Vida por la labor de la Iglesia que, con “la fuerza del Espíritu Santo enviado desde el cielo” (1 P 1, 12), continúa la misión que Jesucristo recibió de su Padre (cf. Jn 20, 21).

1.3 El Espíritu Santo, vida nueva de los discípulos

179. Los evangelizadores de la primera hora eran testigos privilegiados de la vida que suscitaba el Espíritu en todo aquel que creía en el Señor resucitado (cf. Rm 5, 5). En ellos y en los demás percibían cómo el Espíritu “de Cristo” (8, 9) o “de Dios vivo” (2 Co 3, 3) realmente “da vida” (3, 6). Esta experiencia es también hoy la de tantos cristianos y comunidades eclesiales.

180. Vida nueva en el Espíritu es el conocimiento del Padre y la participación de los bienes que regala por su Hijo (cf. 1 Co 2, 10-12). Es también el don inmerecido de hacernos, por los méritos del Mesías, hijos adoptivos del Padre (cf. Rm 8, 14-15). Gracias a este Espíritu, podemos de verdad clamar: “Abbá”, es decir, “Padre” (8, 15). Vida nueva son “las primicias del Espíritu”, lo que explica el profundo anhelo de alcanzar algún día la vida plena de hijos, caminando “según el Espíritu”, acogiendo sus frutos (Ga 5, 22-26), liberándonos de nuestros apetitos egoístas e inclinaciones desordenadas (cf. 19-21). Vida nueva es vivir reconciliados y en paz, porque el Espíritu nos hace “morada de Dios” que por la cruz de su Hijo nos reconcilió (cf. Ef 2, 14-22). Así, consagrados a Dios por el Espíritu, tenemos una “morada eterna en los cielos” (2 Co 5, 1), donde participaremos para siempre de su vida de Padre gracias a la entrega de su Hijo (cf. Rm 6, 22-23).

181. Gracias a la vida en el Espíritu, todos los discípulos del Señor son “familia de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo el mismo Cristo Jesús la piedra fundamental” (Ef 2, 19-20). Dios espera de su familia el tributo de un culto sincero que es aquel “culto nacido del Espíritu de Dios” (Flp 3, 3). Quien por el Espíritu es identificado con Jesucristo, “Primogénito de toda criatura” (Col 1, 15), se hace “nueva creación: lo viejo ha pasado y ha comenzado algo nuevo” (2 Co 5, 17). Esta es la vida nueva del discípulo del Señor que, impulsado por el Espíritu, debe testimoniar al mundo entero.

2. EL PUEBLO DE DIOS MISIONERO AL SERVICIO DEL REINO

2.1 Discípulos Misioneros

182. Durante su ministerio, Jesús forma a los suyos para que proclamen el Reino de vida y lo transformen en un acontecimiento siempre actual. Su manera de vivir la misión de ser el Enviado del Padre, es Camino para quienes lo siguen. Así los asocia al encargo recibido (cf. Jn 20, 21). En la misma convivencia con Jesús, los discípulos se inician en la vida en comunión, y aprenden cómo ser “apóstol” o “enviado” para hacer que otros también sean, en sus circunstancias concretas, discípulos de Jesús. La formación para la misión no es una formación diversa a la de ser discípulo. “Discípulo” y “misionero” son dos términos que mutuamente se reclaman.

183. Mediante metáforas, Jesús indica a los suyos en qué consiste la misión. Los hará “pescadores de hombres”, para sacar al ser humano del dominio del pecado y hacerlo partícipe del Reino; “pastores del rebaño de Dios”, para guiar a los hombres y ofrecerles la sabiduría, la vida y el alimento de Dios, y “jornaleros de la mies”, para cosechar los frutos del Reino que Dios hace crecer. Las imágenes acentúan la misión como acciones salvíficas que realizan el misterio pascual. La misión no será fácil, pues “como corderos en medio de lobos” (Lc 10, 3) encontrarán muchas dificultades, incluso la muerte. Pero ni el Resucitado ni su Espíritu los abandonarán.

184. Luego de la ascensión de Jesús y de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, los apóstoles y discípulos –impulsados por el Espíritu y favorecidos por circunstancias históricas providenciales– llevaron el Evangelio por el mundo entonces conocido. Evangelizan proclamando la Palabra, constituyendo comunidades y celebrando en ellas la fe, particularmente en la Eucaristía. Su anuncio se nutre de la Escritura. Las comunidades son abiertas y misioneras, a cuyo cargo está un apóstol o discípulo. En ellas, la celebración del Bautismo y la Eucaristía adquieren gran centralidad. Pronto entienden que, aun siendo uno solo el Evangelio del Padre, Jesucristo, no pueden evangelizar a judíos y gentiles empleando los mismos énfasis y métodos. Sin embargo, a unos y otros les anuncian la centralidad del Señor Jesús y del Reino. Las comunidades deben dar testimonio de Él en las sociedades donde viven y actúan, para transformarlas como levadura en la masa.

185. La evangelización de los primeros siglos, según el testimonio de los padres de la Iglesia, nos enseña que la acción pastoral y misionera debe plantearse y ser evaluada por su capacidad de conducir al encuentro con Jesús; por la disponibilidad de respuesta generosa que da a las mociones del Espíritu y a los nuevos caminos que se abren para evangelizar, y por acompañar el proceso integral de discipulado en la Iglesia para el servicio del mundo.

2.2 Los grandes modelos del discipulado misionero

186. La Iglesia ha tenido la bendición de contar con numerosos testigos en América Latina y El Caribe: la Virgen María, los apóstoles, santos y santas y, en especial, los santos y mártires que sembraron el Evangelio en el Continente. Recuerda, además, a incontables discípulos y misioneros, hombres y mujeres de fe sencilla, laicos y consagrados, adultos, jóvenes y niños, cuyo testimonio es cuidadosamente conservado en cada Iglesia Particular. Todos ellos estimulan a vivir con alegría, como miembros del pueblo de Dios, la belleza de ser cristianos, animan al encuentro liberador con Jesucristo, contagian el ardor apostólico en la misión evangelizadora, enseñan a ser solidarios con la historia de los propios pueblos. Especialmente en las fiestas patronales, la comunidad cristiana invoca su protección y los propone como modelos de seguimiento del Señor y de compromiso evangélico en la construcción de una sociedad más justa y fraterna. Como ellos, los cristianos de hoy deseamos vivir el gozo de la pertenencia a Jesucristo, insertos en comunidades fraternas, vivas y santas, comprometidos con el desarrollo humano y espiritual de cada persona y de la entera sociedad latinoamericana.

2.2.1 María camina con nuestros Pueblos

187. En la vida de la Iglesia se destaca la figura de la Virgen María, venerada como Madre de Jesús y Madre de la Iglesia. Desde el comienzo de la evangelización, son incontables las comunidades que han encontrado en ella la inspiración más cercana para aprender cómo ser discípulos y misioneros de Jesús. Con gozo constatamos que se ha hecho parte del caminar de cada uno de nuestros pueblos, entrando profundamente en el tejido de su historia y acogiendo los rasgos más nobles y significativos de su gente. Las diversas advocaciones y los santuarios esparcidos a lo largo y ancho del Continente testimonian la presencia cercana de María a la gente y, al mismo tiempo, manifiestan la fe y la confianza que los devotos sienten por ella. Ella les pertenece y ellos la sienten como madre y hermana. La historia de la mayoría de los santuarios marianos del Continente, desde Guadalupe hasta Aparecida, testimonian el cariño especial de María por los pequeños e insignificantes de este mundo. La devoción mariana presente en el Continente, con su multitud de expresiones culturales, nos dice que el Evangelio se ha inculturado en las facciones indias, criollas, negras y mestizas con las que se presenta a la Virgen, revelando en ello el rostro compasivo y materno de Dios hacia su pueblo.

188. Juan Pablo II la llamó “Madre y Evangelizadora de América” (EiA, 11) e invitó a implorar de ella “la fuerza para anunciar con valentía la Palabra en la tarea de la nueva evangelización, para corroborar la esperanza en el mundo” (EiA, 76). Hoy también, con el ejemplo y el auxilio de la Virgen, las comunidades cristianas latinoamericanas continúan la misión de conducir al encuentro con Cristo y, por eso, la invocan como Estrella de la evangelización.

A los ojos y al corazón de los creyentes, ella aparece como:

a) Mujer de fe

189. Acoge y hace suyo el proyecto del Padre. Con su “sí” invita a abrir el corazón a la confianza en Dios y al abandono confiado en su providente conducción. En ella hemos aprendido a descubrir el rostro materno de Dios, rico en piedad y misericordia, y a confiar en su amor paternal. Madre de Jesús, nos muestra el “fruto bendito de su vientre”, “Camino, Verdad y Vida”, del cual queremos ser discípulos, y llena del Espíritu Santo nos enseña a transformar los diversos momentos del acontecer humano en historia de salvación.

b) Mujer servicial y solidaria

190. Con los ojos puestos en sus hijos y en sus necesidades, como en Caná de Galilea, María ayuda a mantener vivas las actitudes de atención, de servicio, de entrega y de gratuidad que deben distinguir a los discípulos de su Hijo. Indica, además, cuál es la pedagogía para que los pobres, en cada comunidad cristiana, “se sientan como en su casa” (NMI 50).

c) Mujer de esperanza

191. Junto a la Cruz de Jesús donde nos engendró nuevamente como hijos, sigue acompañando el dolor de nuestros pueblos sufrientes, invitando a los discípulos de su Hijo a recorrer con mayor coherencia y audacia el camino de hacerse prójimos, a construir más justicia y solidaridad, y a desplegar una nueva “imaginación de la caridad”.

d) Madre y formadora de comunidades de discípulos misioneros

192. Crea comunión y educa a un estilo de vida compartida, en fraternidad, en atención y acogida del otro, especialmente si es pobre o necesitado. En nuestras comunidades, su fuerte presencia ha enriquecido y seguirá enriqueciendo la dimensión materna de la Iglesia y su actitud acogedora, que la convierte en “casa y escuela de la comunión” (NMI 43), y en espacio espiritual que prepara para la misión.

2.2.2 Los apóstoles y los santos

193. También los apóstoles de Jesús han marcado la espiritualidad y el estilo de vida de nuestras Iglesias. Su testimonio se mantiene vigente y sus enseñanzas inspiran el ser y la acción de las comunidades cristianas del Continente. Entre ellos, el apóstol a quien Jesús confió la misión de confirmar la fe de sus hermanos (cf. Lc 22, 32), las ayuda a estrechar el vínculo de comunión con el Papa, sucesor de Pedro, y a buscar en Jesús las palabras de vida eterna (cf. Jn 6, 68). Pablo, el evangelizador incansable, les ha indicado el camino de la audacia misionera y la voluntad de acercarse a cada realidad cultural con la Buena Noticia de la salvación. Juan, el discípulo amado por el Señor, les ha revelado la fuerza transformadora del mandamiento nuevo y la fecundidad de permanecer en su amor.

194. Nuestras comunidades llevan el sello de los apóstoles y, además, reconocen el testimonio cristiano de tantos hombres y mujeres que esparcieron en nuestra geografía las semillas del Evangelio, viviendo valientemente su fe, incluso derramando su sangre. Su ejemplo de vida y santidad constituye un regalo precioso para el camino creyente de los latinoamericanos y, a la vez, un estímulo para emular sus virtudes en las nuevas expresiones culturales de la historia. Con la pasión de su amor a Jesucristo, han sido miembros activos y misioneros en su comunidad eclesial; con valentía, han perseverado en la promoción de los derechos de las personas, fueron agudos en el discernimiento crítico de la realidad a la luz de la Enseñanza Social de la Iglesia y creíbles por el testimonio coherente de sus vidas. Los cristianos de hoy recogemos su herencia y nos sentimos llamados a continuar el estilo evangélico de vida que nos han trasmitido, conscientes de que “el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio” (EN 41).

2.2.3 Todos testigos al inicio del tercer milenio

195. En América Latina nos encontramos con el gran desafío de estar dispuestos “a dar razón de nuestra esperanza” (1 P 3, 15). En el don de ser discípulos y misioneros, nos fortalece la palabra de Jesús: “Ustedes recibirán la fuerza del Espíritu Santo; Él vendrá sobre ustedes para que sean mis testigos…, hasta los extremos de la tierra” (Hch 1, 8). La historia de nuestras Iglesias Particulares da cuenta de la extraordinaria fecundidad del Espíritu en tantas situaciones difíciles. También en el mar agitado de nuestros días, Él nos otorga la gracia de descubrir la presencia salvadora del Resucitado y la audacia para proclamar: “¡es el Señor!” (Jn 21, 7).

196. Convocados por Él, en la comunidad de los discípulos y misioneros de Jesús, sentimos la urgencia del Reino y la pasión de ser testigos y apóstoles con nuestra propia vida. Por eso, urge que cada miembro de la Iglesia se renueve en la gracia del Bautismo y de la Confirmación que capacitan para la misión, de manera que cada uno pueda confesar que Jesucristo es la Buena Noticia de su vida. Así, con la fuerza de la Palabra y el auxilio de los sacramentos, y con la audacia de la misión liberadora, la comunidad cristiana cumple con la misión de ser “testigo del amor del Padre que, en su Hijo quiere hacer de la humanidad, una sola familia” (DCE 19).

197. La Iglesia de América Latina deberá promover una “verdadera cultura” vocacional para que cada bautizado discierna el don de la propia vocación y haga de ella el proyecto cristiano de su propia existencia, en el amor a Dios y el servicio de los hermanos.

2.3 Espiritualidad de la acción del discípulo

198. El Espíritu Santo que nos anima es el mismo que impulsó a Jesús (cf. Rm 8, 9-17). Sin Él la evangelización es imposible. Por eso, desde nuestros temores, cansancios y debilidades le pedimos: “Ven, Padre de los pobres, ven a darnos tus dones”, “danos el ardor por anunciar a Jesús al inicio de este siglo”.

199. Cuando hablamos de “espiritualidad” pensamos en el impulso del Espíritu, en su potencia de vida que moviliza y transfigura todas las dimensiones de la existencia y no se queda sólo en los espacios privados de la devoción. La acción del discípulo necesita de ese impulso y de ese ardor que proviene del Espíritu, y que descubrimos en las notas que lo caracterizan.

2.3.1 La experiencia del amor de Dios despierta el ardor misionero

200. En la tristeza de la soledad, la desilusión o el sufrimiento, los cristianos no olvidamos que “Dios es amor” (1 Jn 4, 8).

Él nos ha amado primero y sigue amándonos primero (…) Dicho encuentro implica también nuestra voluntad y nuestro entendimiento (…) La historia de amor entre Dios y el hombre consiste precisamente en que esta comunión de voluntad crece en la comunión del pensamiento y del sentimiento (Benedicto XVI, Deus Caritas est, 17). Tenemos la certeza de ser amados y de vivir cada día sostenidos y guiados por la mano del Padre. Esta experiencia y convicción interior nos sobrecoge y nos mantiene firmes en medio de un mundo desbordado por la desconfianza, la inestabilidad y la inseguridad. Aunque nos sabemos pobres y débiles nos fortalece el amor de Dios que siempre toma la iniciativa (cf. 4, 10). Nosotros hemos creído en ese amor (cf. 4, 16).

201. El Espíritu nos lleva a una experiencia de Jesucristo que nos permite reconocer el amor cercano del Padre. Toda la evangelización es una respuesta agradecida, el intento de agradecer a ese amor infinito que da vida. La experiencia del amor de Dios en Jesucristo, cuando es auténtica y profunda, es nuestro tesoro y nos convierte en apasionados testigos, convencidos de que esa experiencia es lo que todos necesitan para encontrar el verdadero sentido de sus vidas.

202. A partir de esa convicción serena y feliz, somos misioneros. Hemos recibido un bien que no queremos ni podemos guardar en la intimidad. Cuando somos testigos valientes y ardorosos, experimentamos que evangelizar nos llena de alegría y es el gozo de la Iglesia, que por su naturaleza es evangelizadora. Porque somos depositarios de un tesoro que humaniza y aporta vida nueva, sentimos la ardiente fuerza misionera de la Iglesia.

2.3.2 Dóciles a la novedad del Espíritu

203. Con frecuencia no hemos acertado a comunicar el mensaje del Evangelio por aferrarnos a modos de expresión, estructuras y métodos propios del hombre viejo o de otra época. La rigidez y el apego a los propios esquemas son contrarios al dinamismo del Espíritu y a la confianza en él. Sabemos que no se trata sólo de implementar una mejor estrategia pastoral, sino de una actitud espiritual de docilidad a la acción del Espíritu.

204. Cuando leemos la Biblia vemos cómo Jesús (cf. Lc 4, 1) y los primeros cristianos (cf. Hch 8, 39-40) se dejaban conducir por el Espíritu. Esa docilidad se manifiesta en una constante disposición para aceptar los cambios que indique el Espíritu Santo a través de un atento discernimiento. Esto nos dará la mirada sapiencial y profética que reconoce lo que Dios quiere para el tiempo presente. Esto requiere oración sincera, diálogo, lectura creyente de los signos de los tiempos, y una gran libertad interior. Pero exige, sobre todo, estar convencidos de que el Espíritu conoce mejor que nadie el proyecto del Reino para nuestros pueblos.

2.3.3 Confianza y audacia

205. Jesucristo ha triunfado sobre el pecado y la muerte. De los primeros discípulos san Marcos nos relata que salieron a predicar por todas partes, y que el Señor colaboraba con ellos y confirmaba la Palabra (cf. Mc 16, 20). Por eso, seguimos buscando una historia más justa, y nos alentamos unos a otros sin desanimarnos. Cristo resucitado y glorioso es el manantial vivo de nuestra esperanza. Creemos que no nos faltará su ayuda para cumplir la misión que nos encomienda. Un auténtico espíritu de esperanza implica esfuerzo generoso. No es lamento, sino fortaleza que no se deja vencer; no es pesimismo, sino confianza fiel. La fe en la Providencia de Dios no es pasividad, sino compromiso abnegado con los caminos de Dios. Esa misma esperanza nos ayuda a discernir y reconocer las semillas del Reino que nunca faltan en medio de la oscuridad, y a descubrir con gozo la presencia del Resucitado que nunca desaparece.

206. Esto implica reconocer el primado de la acción de la gracia en la vida pastoral, porque nosotros sembramos, regamos, cultivamos y cosechamos, “pero es Dios el que hace crecer” (1 Co 3, 7). Por eso, procurando una renovada escucha de la Palabra de Dios en la oración, nos alimentamos de ella para ser sus servidores. Cuando nos detenemos a meditar la Palabra, reavivamos nuestra conciencia de que allí está lo que todo ser humano necesita escuchar, así como en los sacramentos, la amistad y la gracia de Dios que necesitamos para vivir. No hay otro mensaje ni otros medios mejores para iluminar y dar vida a nuestros pueblos. Esta convicción nos alienta a entregarnos más.

207. A partir de esta confianza, si de verdad tenemos un oído en el pueblo y otro en el Evangelio, brota un espíritu de audacia y de fortaleza. No renunciamos a decir la verdad sobre Dios, sobre el ser humano y sobre la Iglesia, aunque esa verdad no corresponda a los criterios de muchos medios de comunicación o de ambientes donde nos movemos. No queremos permitir que los mensajes deshumanizadores terminen penetrando la cultura de nuestros pueblos. Por eso presentamos siempre a Jesucristo sin temores y sin avergonzarnos, y procuramos ser la voz de los que no tienen voz, más allá de los intereses de los sectores que detentan el poder del Estado o del mercado.

2.3.4 Espiritualidad de comunión

208. Jesús, antes de entregarse a la pasión, imploró ardientemente al Padre que todos seamos uno para que el mundo crea (cf. Jn 17, 21). La adhesión a Jesucristo nos introduce en la comunión misma de Dios Trino y nos abre a la gracia de la comunión con los hermanos. La relación con Jesús nos interpela y nos convoca a estrechar vínculos, amándonos los unos a los otros como Él nos ha amado (cf. Jn 15, 12). Por eso, aun antes de programar acciones pastorales concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión (cf. NMI 43).

209. Desde una auténtica conversión hacia cada hermano y hermana, los cristianos elegimos vivir en fraternidad cuando oramos, dialogamos y planificamos. También cuando trabajamos unidos, compartimos fraternalmente y celebramos en común. Esta espiritualidad nos permite valorarnos unos a otros y apreciar la riqueza de los hermanos como imágenes de Dios. Y cuando caemos en la tentación de hacernos daño, nos disponemos a optar una vez más por la reconciliación. Creemos en Jesús cuando nos dice: “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20).

210. En un mundo donde suele reinar el individualismo y cobra fuerza la competencia despiadada, que a veces nos contagia, los discípulos de Jesucristo nos sentimos llamados por Dios a optar por una manera de vivir alternativa: a caminar junto a los hombres y mujeres de buena voluntad, a buscar coincidencias, a apoyarnos mutuamente y a superar los desencuentros para convivir como hermanos. Sólo de este modo podemos ser testigos de Jesucristo y signos del Reino de vida y de paz, que estimule en nuestros pueblos un estilo de sociedad más fraterna y solidaria.

2.3.5 Vocación, misión y santidad

211. El Espíritu Santo suscita en cada fiel un anhelo de santidad y un fuerte deseo de renovación personal que se expresa en la vida, el trabajo y la misión cotidiana. La santidad se desarrolla y madura cuando procuramos que la vida de Dios fecunde las actividades y preocupaciones de cada día, y cuando colaboramos para que todas las dimensiones de la vida se vean modeladas por el Evangelio de la gracia (cf. Ef 3, 17).

212. Si el impulso del Espíritu impregna y motiva todas las áreas de la vida, entonces también debe penetrar y configurar la vocación propia. Así se desarrolla la espiritualidad propia de presbíteros, de religiosos y religiosas, de consagradas seculares, de padres de familia, de empresarios, de catequistas, etc. Cada una de las vocaciones tiene un modo específico de vivir la espiritualidad que da identidad y profundidad al ejercicio concreto de sus tareas. Así, la vida en el Espíritu nos convierte en personas generosas y alegres, originales y creativas, comprometidas con los reclamos de la realidad y capaces de tomar iniciativas y de encontrarle un profundo sentido a todo lo que nos cabe hacer por la Iglesia y por el mundo.

2.4 El estilo de la acción del discípulo

213. Cuando la vida y el impulso del Espíritu impregnan la actividad de los discípulos y las discípulas, este nuevo dinamismo se traduce también en un modo de tratar a los demás, en una manera de mirarlos, de escucharlos, de hablarles, de servirlos y de acompañarlos. El Espíritu hace presente en nosotros el modo de actuar de Jesús. Así, la espiritualidad de la acción provoca una serie de actitudes fraternas que conforman un estilo evangelizador.

2.4.1 Cercanía y solidaridad en la vida social

214. En su vida pública, vemos a Jesús cercano a todos. Comía y bebía con los pecadores, (cf. Mc 2, 16) se detenía a conversar con la gente (cf. Jn 3-4; Mc 10, 17-22) y se preocupaba por el ciego del camino (cf. Mc 10, 49-52). Cuando hablaba con alguien, no lo soportaba con desgano, sino que lo miraba con una profunda atención amorosa: “Jesús lo miró con cariño” (Mc 10, 21). El estilo de Jesús invita a que sus discípulos, sin ser del mundo vivan en Él, comprometidos con Él. Salvo quienes han recibido una especial vocación para vivir a solas con Dios y, de esa manera, la comunión con los hermanos en la oración y el ofrecimiento de su vida; a todos nos cabe vivir activamente integrados en la sociedad, compartiendo la vida con todos, escuchando sus inquietudes, colaborando material y espiritualmente con ellos en sus necesidades, alegrándonos con los que están alegres, llorando con los que lloran y comprometiéndonos en la construcción de la sociedad.

215. La tarea evangelizadora está marcada por un sincero amor, no sólo afectivo sino realmente efectivo, a quienes nos necesitan. A veces se expresa como compañía silenciosa y compasiva, otras veces es palabra que alienta, abrazo que consuela, paciencia que perdona, servicio que alivia, o disposición a compartir lo que se posee. En este mundo donde frecuentemente nos sentimos desamparados y olvidados, se vuelve indispensable oír el llamado del Espíritu a cuidarnos y sostenernos unos a otros de manera que nadie se sienta excluido o marginado.

2.4.2 Profundo respeto hacia los diversos procesos personales y colectivos

216. El discípulo de Jesucristo sabe que el camino hacia la santidad no se puede imponer a nadie, si bien se le ha de presentar como un ideal atractivo, como un itinerario de maduración en la fe, siempre posible con la ayuda de la gracia. Al proponer este ideal, queremos estar atentos a las situaciones y a los procesos particulares de las personas y comunidades.

217. Tampoco podemos ignorar las fragilidades de las personas, que requieren un largo y lento camino de liberación y crecimiento. Aunque los principios morales han de ser siempre propuestos con claridad, el crecimiento espiritual y el desarrollo de la conciencia son procesos graduales. La gracia de Dios trabaja con nuestra libertad débil y llena de condicionamientos, pero sin violentarla. No obstante, el Espíritu Santo quiere hacernos crecer en la libertad de los hijos de Dios. Por eso no podemos renunciar al deber de formar las conciencias, con comprensión y paciencia, de manera que los corazones humanos acepten y vivan la propuesta del Evangelio.

2.4.3 Pastoral orgánica como expresión de participación plena

218. La Iglesia de Jesucristo se encarna en cada Iglesia particular, donde se encuentran todos los elementos necesarios para la santificación y la misión. En el seno de esta porción de la Familia de Dios estamos llamados a realizar las tareas de un modo armónico e integrado en el proyecto pastoral de la diócesis, y no al margen del resto. Ese proyecto, que surge de un camino de variada participación, hace posible la pastoral orgánica.

219. La “comunión pastoral” exige actitud de apertura y disposición a participar. De este modo queda de manifiesto que la apertura a los demás es capaz de enriquecer y transfigurar el ejercicio de la propia misión, acogiendo los dones de los otros y aportando al bien de la Iglesia y de la sociedad el servicio de los propios carismas. Implica también una constante ascesis, para asumir que los tiempos comunitarios no respondan a los propios proyectos y a los cálculos personales.

2.4.4 Disposición al servicio humilde y cordial

220. Jesús quiso compartir la vida sencilla de su gente hasta el punto que lo consideraban uno más del pueblo. Por eso decían: “¿No es éste el carpintero?” (Mc 6, 3). Él nos enseñó a ejercer la propia misión en humildad y servicio (cf. Mt 20, 25-26), para que nosotros hagamos lo mismo. Esto exige que renunciemos a hacer alarde de títulos, dignidades o poder (cf. Flp 26s) y a posiciones de privilegio. A la luz de la fe es preciso que valoremos profundamente a cada ser humano, para descubrir que todos merecen de nosotros una atención humilde y cordial.

221. Queremos reconocer que cada persona es digna de nuestra entrega. No por su apariencia, por sus capacidades o por las satisfacciones que nos brinde, sino porque es obra preciosa de Dios, criatura suya e hija de su perdón y de su gracia. Él la creó a su imagen, y por eso refleja algo de su gloria. Todo ser humano es objeto de la ternura infinita del Señor, y Él mismo habita en su vida. Jesucristo dio su sangre en la cruz por todos. Entonces esas personas son inmensamente sagradas y lo merecen todo. Sólo desde esta convicción podremos entregarnos por ellos.

2.4.5 Creatividad y renovación constante

222. Amar al otro con sinceridad y mirarlo como Jesús lo mira, implica también poner a las personas en primer lugar, subordinando nuestros proyectos, gustos y costumbres al servicio de los otros. Esto supone la capacidad de renovar planes y estar dispuestos a cambiar métodos, tareas o expresiones, cuando la realidad de las personas nos muestra que ya no sirven para evangelizar. El amor al hermano exige una búsqueda permanente y una generosa creatividad de quien pone todos sus dones al servicio de los demás y acepta ejercitar esos carismas siempre de una manera nueva.

223. Esta actitud se manifiesta particularmente a través de las formas del lenguaje que son diversas, cambian y se modifican constantemente en el contacto con los demás. No se trata sólo de una estrategia, sino de un estilo, de un modo de ir al encuentro del otro, poniéndonos en su lugar y adoptando las expresiones que manifiesten que realmente somos parte de sus vidas. Esto vale de manera particular para superar barreras generacionales y culturales.

2.4.6 Opción permanente por los más pobres

224. En esta época suele suceder que defendemos demasiado nuestros espacios de privacidad y disfrute, y nos dejamos contagiar fácilmente por el consumismo individualista. Por eso nuestra opción por los pobres corre el riesgo de quedarse en un plano teórico o meramente emotivo, sin verdadera incidencia en nuestros comportamientos y en nuestras decisiones. Es necesario convertir esta opción genérica en una actitud permanente que se manifieste en opciones y gestos concretos (cf. DCE 28. 31). En primer lugar, dedicando tiempo a los pobres, prestándoles una amable atención, escuchándolos con interés, acompañándolos en los momentos más difíciles, eligiéndolos para compartir horas, semanas o años de nuestra vida, y buscando, desde ellos, la transformación de su situación. Jesús lo propuso con su modo de actuar y con sus palabras: “Cuando des una comida o una cena invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos” (Lc 14, 13).

225. Sólo la cercanía que nos hace amigos nos permite apreciar profundamente los valores de los pobres de hoy, sus legítimos anhelos y su modo propio de vivir la fe. A la luz del Evangelio reconocemos su inmensa dignidad y su valor sagrado a los ojos de Cristo, pobre como ellos y excluido entre ellos. Desde esta experiencia creyente, compartiremos con ellos la defensa de sus derechos, porque nuestro Padre común no quiere que vivan en la miseria. Así estarán marcadas por una sincera, vigorosa y generosa actitud evangélica, propia de los discípulos y discípulas del Reino, nuestras palabras a favor de los pobres, como también las decisiones que tomemos para superar prejuicios, cambiar costumbres y modificar reglamentos y legislaciones que los discriminan.

2.5 Diversidad de identidades en comunión y participación

226. Con mucha insistencia, las aportaciones al Documento de Participación de las Conferencias Episcopales, destacan que la vida de los discípulos de Jesucristo es un don que muestra su unidad a través de la diversidad y pluralidad de pueblos, lenguas, razas y costumbres. Nuestras Iglesias particulares deben aparecer, cada vez más, como una sola vocación hecha de múltiples vocaciones; un solo cuerpo, en la variedad de sus miembros (cf. 1 Co 12, 12ss). Cada bautizado, en efecto, es portador de una vocación original, la que deberá desarrollar en unidad y complementariedad con la de los otros, a fin de formar el único Cuerpo de Cristo, entregado para la vida del mundo. El reconocimiento práctico de la unidad orgánica y la diversidad de funciones asegurará mayor vitalidad misionera y un anuncio más incisivo del Evangelio.

2.5.1 Diversidad de carismas, ministerios y servicios

227. Con el Concilio Vaticano II, ha crecido la conciencia de que incumbe a los miembros de la Iglesia ir al mundo entero para anunciar el Evangelio. Para ello, ha sido dotada por el Espíritu de carismas y ministerios variados. “La Iglesia entera es misionera, la obra de la evangelización es un deber fundamental del pueblo de Dios” (cf. LG 2. 23). Siguiendo la inspiración conciliar, las orientaciones pastorales de las Conferencias Generales de Puebla y de Santo Domingo han destacado el significado y la fecundidad pastoral de la comunión y la participación. Hoy podemos apreciar que ha crecido en nuestras comunidades la praxis y la espiritualidad de la comunión, lo que se ha traducido también en un mayor reconocimiento y acogida de los dones personales de cada bautizado, optimizando así la vida fraterna y la corresponsabilidad misionera, especialmente de los laicos.

228. Se destacan, en particular, grupos y comunidades de catequistas, ministros de la Palabra, servidores de los enfermos y animadores de muchos otros servicios, especialmente en el campo de la solidaridad (Pastoral Social, Caritas, ayuda fraterna, etc.).

229. Sin embargo, en la práctica, entre carismas y ministerios surgen no pocas tensiones. Urge relacionarlos fecundamente entre sí, renovando el desafío de perseverar en el camino emprendido, recorriéndolo con mayor audacia y con experiencias concretas de participación eclesial. Una Iglesia, en la cual se entrelazan las dimensiones espirituales e institucionales, no puede descuidar los servicios y los carismas más conocidos y los más silenciosos que el Espíritu concede en abundancia a los fieles. Es necesario abrirse más al mutuo descubrimiento y aprecio, a la colaboración y al reconocimiento de los carismas, ministerios y servicios que él suscita permanentemente. Esta actitud permitirá superar la tentación de individualismos pastorales, del clericalismo o de la autoafirmación y autosuficiencia de personas y de grupos. La Iglesia del Continente deberá fortalecer y buscar nuevos itinerarios pastorales a fin de hacer real la participación de todos sus fieles, desde las diversas responsabilidades vocacionales y talentos recibidos. Obispos, sacerdotes, diáconos permanentes, religiosas, religiosos y laicos: una sola comunidad viva que recorre el mismo camino del discipulado tras el Maestro, y que madura anunciándolo en corresponsabilidad como “Camino, Verdad y Vida” para la existencia personal y social.

2.5.2 Movimientos, asociaciones y agrupaciones laicales

230. La tercera Conferencia General, celebrada en Puebla, ha definido a los laicos como “hombres de Iglesia en el corazón del mundo, y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia” (DP 786). Mediante ellos, los clamores de nuestros pueblos son clamores de la comunidad cristiana, permitiendo que ésta haga suyos los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres y mujeres de nuestro tiempo y que nada, verdaderamente humano, quede sin eco en el corazón de la Iglesia (cf. GS 1). Como miembros plenos del pueblo de Dios, en forma personal y asociada, los fieles laicos reciben dones y carismas del Espíritu Santo, para la edificación de todo el cuerpo en la caridad (cf. AA 3).

231. La misión propia y específica de los fieles laicos la realizan en el corazón del mundo, y les pide transformar el mundo según Cristo. Su colaboración con las diversas actividades pastorales al interior del Pueblo de Dios es valiosa, pero no ha de disminuir el despliegue completo de sus responsabilidades en medio del mundo. Hoy más que nunca necesitan espacios de formación, intercambio y acompañamiento, de manera que nunca se sientan solos cuando cumplen su misión laical con responsabilidad personal, dando testimonio de Cristo y de los valores del Reino al interior de la vida social, económica, política y cultural. Es preciso que los fieles laicos recuperen la conciencia del carácter cristiano-secular de su identidad y misión. De ellos depende que el Evangelio de Cristo renueve la vida pública de las naciones latinoamericanas.

232. Los aportes de las Conferencias Episcopales hablan mucho sobre la necesidad de dar mayor participación a los laicos y a las laicas, en la planificación de las acciones pastorales, particularmente en los ámbitos de decisión, y no sólo en la ejecución de las mismas (cf. ChL 51). Si hoy toda la Iglesia en América Latina quiere ponerse en estado de misión, y si en esa misión quiere llegar a todos, precisamente allí donde se encuentran, los misioneros ya no podrán ser sólo los ministros ordenados y los consagrados y consagradas, sino principalmente los fieles laicos. Ellos podrán apasionarse por la misión y dar vida, si verdaderamente son parte activa y creativa de proyectos pastorales que sean de todos.

233. Esto exige poner en práctica un cambio de mentalidad, ya pedido en la Conferencia de Santo Domingo (cf. SD 96), pero cuya asimilación y puesta en práctica aún se muestra muy insuficiente.

234. En este contexto el fortalecimiento de variadas asociaciones, movimientos apostólicos laicales e itinerarios de formación cristiana, particularmente de grupos evangelizadores, es un signo esperanzador. Favorece que muchos bautizados y muchos grupos misioneros asuman con mayor responsabilidad su identidad cristiana y colaboren más activamente en la misión evangelizadora. En las últimas décadas, su presencia y misión la han desarrollado con un fuerte protagonismo. Es por ello que un adecuado discernimiento, animación, coordinación y conducción pastoral, sobre todo de parte de los sucesores de los apóstoles, contribuirá a ordenar este don a la edificación de la única Iglesia (cf. Discurso del Papa Benedicto XVI a los Movimientos, Vísperas de Pentecostés de 2006).

2.5.3 Comunidades eclesiales de base

235. En la experiencia eclesial de América Latina y El Caribe, las comunidades eclesiales de base con frecuencia han sido verdaderas escuelas que forman discípulos y misioneros del Señor. Solidarias con la vida de la Iglesia, alimentadas por sus enseñanzas y unidas a sus pastores, son lugares de experiencia cristiana y de evangelización, que buscan alimento en la Palabra de Dios, en la oración y en el compartir fraterno, mientras acrecientan la conciencia y la praxis solidaria y misionera de sus miembros.

236. Sin embargo, percibimos que hoy en nuestro contexto eclesial, especialmente urbano, las CEBs atraviesan por un momento de dificultad y estancamiento. Esta situación requiere ser analizada convenientemente para detectar las causas y encontrar nuevas expresiones que renueven esta rica experiencia de la Iglesia latinoamericana.

237. La conducción pastoral y los itinerarios formativos deberán cuidar y desarrollar la experiencia positiva de estas comunidades, y prestar especial atención para que fortalezcan el centro de su vida en la Eucaristía, crezcan en solidaridad con quienes comparten con ellos su trabajo y su vida, se sientan firmemente unidas a sus comunidades parroquiales, a todo el Pueblo de Dios y a sus Pastores. Así les será fácil vivir con alegría todas las dimensiones de su fe, y evitar todo empobrecimiento de la misma.

2.5.4 Comunidades de vida consagrada

238. En el camino del discipulado misionero, la vida consagrada tiene un valor y una misión insustituible. Es un camino de especial seguimiento de Cristo, para dedicarse a Él con un corazón indiviso, y ponerse, como Él, al servicio de Dios y de la humanidad, asumiendo la forma de vida que Cristo escogió para venir a este mundo: una vida virgen, pobre y obediente (VC 14, 16 y 18).

239. Para los demás miembros del Pueblo de Dios, ella está llamada a ser signo de los bienes futuros prometidos por Dios, y para los hombres y mujeres de nuestro tiempo, profecía de una humanidad reconciliada, llamada a construir comunión y vida compartida a partir de orígenes y dones distintos.

240. En América Latina, como en todas partes, la vida consagrada no tiene solamente “una historia gloriosa para recordar y contar; tiene una gran historia que construir” (VC 110). Su vida “es un don de Dios Padre a su Iglesia por medio del Espíritu” (VC 1), puesto “como elemento decisivo para su misión…., y don precioso y necesario para el presente y el futuro del Pueblo de Dios, porque pertenece íntimamente a su vida, a su santidad y su misión” (VC 3).

241. En nuestros días, las comunidades de vida consagrada, junto con toda la Iglesia, se han percibido profundamente afectadas por los diversos cambios de la sociedad y de la cultura. A veces hablan de desencanto, de crisis y de desconcierto. Al mismo tiempo, la reducción en el número de sus miembros hace que algunas formas de vida consagrada se pregunten por su futuro. Sin embargo, por otra parte se perciben signos de vitalidad que indican el camino por el cual la está conduciendo el Espíritu: riqueza de los carismas fundacionales puestos al servicio del Reino en la Iglesia; opción por vivir pobremente, entregando lo mejor de sí en provecho de los más afligidos, pobres y desesperanzados, renovada pasión por Cristo y por la humanidad (mística y profecía), y centralidad del Evangelio y de la Eucaristía como criterio y punto central de referencia para una valiente renovación de las personas y de las estructuras.

242. La Iglesia de América Latina espera mucho de la vida consagrada, especialmente del testimonio y aporte de las religiosas, contemplativas y de vida apostólica, pues junto a los demás hermanos religiosos, miembros de Institutos Seculares y Comunidades de Vida Apostólica, muestran el rostro materno de la Iglesia y su anhelo de escucha, acogida, pobreza y servicio.

2.5.5 Presbiterio y Diaconado Permanente

243. La renovación de nuestras comunidades eclesiales comienza –como lo muestra la vida y la historia de la Iglesia– mediante una profunda renovación de las personas consagradas. Las comunidades cristianas esperan de sus pastores, testigos de la primacía de Dios, una presencia más cercana con su pueblo –particularmente con los grupos humanos en situación de necesidad–; su testimonio de hombres de oración; una mayor dedicación al acompañamiento espiritual; una gran coherencia con lo que predican; una orientación más decidida y profética de la Iglesia y de la sociedad; y que sean promotores y signo de unidad en el marco de una pastoral orgánica. Los presbíteros son los primeros responsables de asegurar la comunión fraterna en su comunidad, porque sus personas y su misión están íntimamente vinculados a la Eucaristía, que es el Sacramento que significa y realiza la unidad de la Iglesia (cf. LG 3), y a la Palabra de Dios que nos convoca y nos une. En cuanto promotores y signos de unidad, los clérigos se deberán abstener de participar en compromisos que implican la participación en el ejercicio del poder civil.

244. Las aportaciones de las Conferencias Episcopales indican la necesidad de enfrentar, entre otros, tres desafíos principales:

245. a) El primero dice relación con la identidad teológica del ministerio presbiteral. El Concilio Vaticano II establece el “sacerdocio ministerial” al servicio del “sacerdocio común de los fieles”, y a estos dos como participación del “único sacerdocio de Cristo”. Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, nos ha redimido y nos ha participado su vida divina. En Él, somos todos hijos del mismo Padre y hermanos entre nosotros; también los presbíteros. Antes que padre el presbítero es un hermano. Esta ontológica dimensión fraterna no debiera quedar como un abstracto supuesto eclesiológico, sino transparentarse en el ejercicio pastoral. Esto significa que el presbítero no debe olvidar ser y aparecer, en primer lugar, como discípulo de Cristo, con-discípulo con los hermanos en la fe, y superar la tentación del autoritarismo que lo aísla de la comunidad y de la colaboración con los demás miembros de la Iglesia.

246. b) El segundo desafío se refiere a la cultura. El presbítero está llamado a conocerla para sembrar en ella la semilla del Evangelio, es decir, para que el mensaje de Jesús llegue a ser una interpelación válida, comprensible, esperanzadora y relevante para la vida del hombre y de la mujer de hoy, especialmente para los jóvenes. Este desafío incluye la necesidad de potenciar adecuadamente la formación inicial y permanente de los presbíteros, especialmente en orden a su competencia intelectual.

247. c) El tercero es de carácter existencial. Este desafío se refiere a los aspectos vitales y afectivos, al celibato y a una vida espiritual intensa fundada en la experiencia de Dios; asimismo al cultivo de relaciones fraternas con los demás presbíteros, con el obispo y con los laicos. Para que el ministerio del presbítero sea coherente y testimonial, éste debe amar y realizar su tarea pastoral en comunión con el obispo y con sus pares. El ministerio sacerdotal que brota del Orden Sagrado tiene una “radical forma comunitaria” y sólo puede ser desarrollado como una “tarea colectiva” (PDV 17).

248. Una respuesta esmerada a estos desafíos ayudará a que los presbíteros vivan con mayor identidad su ser sacramentos-personas de Cristo Pastor, en unión con todo el presbiterio de la Diócesis.

249. Una mención especial merecen los diáconos permanentes. Su presencia numérica ha crecido significativamente en nuestras Iglesias, aunque con desigual desarrollo y valoración. Fortalecidos, en su gran mayoría, por la doble sacramentalidad del Matrimonio y del Orden Sagrado, ofrecen un aporte significativo a la evangelización, a las celebraciones litúrgicas, a la formación de nuevas comunidades eclesiales, especialmente en las fronteras geográficas y culturales, donde ordinariamente no llega la acción evangelizadora de la Iglesia. Cada diácono permanente debe cultivar esmeradamente su inserción en el cuerpo diaconal y una estrecha relación con su obispo, los presbíteros y demás miembros del pueblo de Dios.

2.5.6 Obispos y Conferencias Episcopales

250. Los obispos, imagen del único Buen Pastor, con fe y esperanza han aceptado su vocación a servir al Pueblo de Dios conforme a su corazón. Junto con todos los fieles y en virtud del Bautismo son, ante todo, discípulos y miembros del Pueblo de Dios. Como todos los bautizados, y juntos con ellos, quieren seguir a Jesús, Maestro de vida y de verdad, en la comunión de la Iglesia. Como Pastores, servidores del Evangelio, se saben llamados a vivir el amor a la Iglesia en la intimidad de la oración y de la donación de sí a los hermanos y hermanas que presiden en la caridad. Están decididos a promover por todos los medios, la caridad y la santidad de los fieles y se empeñan para que el pueblo de Dios crezca en la gracia mediante la celebración de los sacramentos. Están llamados a anunciar la Buena Nueva, que es fuente de esperanza para todos, y a ser ejemplo para sus sacerdotes, diáconos, consagrados, seminaristas y laicos, cultivando de manera especial el vínculo que los une a sus sacerdotes. Sirven a Cristo y a la Iglesia mediante el discernimiento de la voluntad del Padre, para reflejar al Señor en su modo de pensar, de sentir, de hablar y de comportarse en medio de los hombres.

251. Las experiencias de comunión episcopal, sobre todo después del Concilio Vaticano II con la consolidación y difusión de las Conferencias Episcopales, deben entenderse como encuentros con Cristo vivo, presente en los hermanos que están reunidos en su nombre (EiA 37). En la Conferencia Episcopal, expresión de comunión afectiva y efectiva del Colegio Episcopal, cada obispo puede encontrar la ayuda solidaria que necesita y el estímulo oportuno para vivir su vocación específica y misión pastoral, en el seno de la Iglesia Particular de la cual es pastor, en la solicitud por las demás Iglesias, especialmente con las más cercanas (Provincias Eclesiásticas), con el Sucesor de Pedro y en fidelidad a él.

252. Para crecer en estas actitudes, los obispos deben procurar el diálogo constante con el Señor, cultivar la espiritualidad de la comunión con todos los que creen en Cristo y acrecentar los vínculos de colegialidad que los unen a los demás obispos de la Conferencia Episcopal y de la Iglesia, particularmente con el Obispo de Roma.

3. LA CONSTRUCCIÓN DEL REINO EN AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE

253. El espíritu misionero de la Iglesia se desarrolla principalmente en el corazón de cada persona que, a partir del encuentro vivo con el Señor, está llamada a la conversión, a la comunión y a la solidaridad, a través de un proceso que dura toda la vida y la convierte en discípula del Señor y en misionera de su mensaje de salvación.

254. Nos hacemos y crecemos como cristianos en el seno de la Iglesia, en sus diferentes expresiones: la familia, Iglesia doméstica; la parroquia, comunidad de comunidades; la Diócesis o Iglesia Particular, en comunión con la Iglesia Universal. Los ejes que articulan todo este proceso son la Palabra de Dios, los Sacramentos –especialmente la Eucaristía–, la comunión fraterna y el amor hecho servicio.

255. Como Jesús, la comunidad cristiana, vive y trabaja para la vida del mundo, es decir, “para que nuestros pueblos en Él tengan vida”.

3.1 Grandes ámbitos de la misión

256. La vocación al discipulado y al envío misionero debe alcanzar a las personas, en cada una de sus dimensiones y situaciones, personales, eclesiales y sociales y también a las instituciones, especialmente, la familia, la comunidad eclesial y la sociedad civil. En cada una de estas realidades descubrimos un profundo anhelo por conocer y vivir el Evangelio, la presencia actuante del Espíritu Santo y, al mismo tiempo, nuevos desafíos para

discernir y obedecer a su conducción. 257. El Espíritu Santo que ungió a Jesús y lo impulsó, ya en el inicio de su misión, a realizar la obra de la salvación en obediencia al Padre, es la fuerza y el impulso orientador que anima a la Iglesia en la concreción de su misión de comunicar la vida plena a todos, y en la tarea de evangelizar de manera preferente los siguientes ámbitos (cf. Lc 4, 18-19).

3.1.1 Ámbitos personales y familiares

a) Los niños

258. Por ser “don y signo de la presencia de Dios” en nuestro mundo, por su capacidad de acoger con sencillez lo que será el fundamento de su vida, y por la situación de vulnerabilidad a la que se encuentran expuestos, necesitan de una Pastoral de la Infancia que articule la familia, la escuela y la sociedad en la doble vertiente: de una dedicación a ellos que ayude a crecer su amor a Jesús, y de una atención preventiva que mejore sus condiciones de salud, alimentación, educación integral de calidad, afecto y cuidado; así como también, de una atención especializada para aquellos niños que han sido heridos en su dignidad y privados de su inocencia. La comunidad eclesial está llamada a acompañar a los niños y a sus padres hacia el encuentro con Jesús, mediante el proceso de educación en la fe y la catequesis (cf. EiA 48).

b) Los jóvenes

259. Son la vida, colmada de vigor, creatividad y esperanza, que Dios regala a los pueblos latinoamericanos. Ellos, en su inmensa mayoría, anhelan una orientación y un acompañamiento pastoral personal y personalizante respecto a su formación humano-cristiana, que les ofrezca el sentido “verdadero de la vida y las condiciones idóneas para realizar sus capacidades y aspiraciones” (EiA 47). Es urgente, como lo mencionan las aportaciones de las Conferencias, impulsar y fortalecer una Pastoral Juvenil-Vocacional que acompañe a los jóvenes y adolescentes en su proceso formativo integral, desde la pedagogía de Jesús, Buen Pastor. La Pastoral Educativa en sus niveles de educación Media y Superior necesita optimizar estrategias que respondan a este desafío a favor de la juventud.

c) Las mujeres

260. Su presencia en el mundo, en la sociedad y en la Iglesia hoy, es bienvenida. Ella requiere el reconocimiento de su vocación a participar plenamente en la vida eclesial, familiar, cultural, social y económica, creando espacios y estructuras que favorezcan una mayor inclusión. También necesitan ser valoradas y rescatadas de toda visión machista, excluyente y discriminatoria en lo que se refiere a su dignidad de persona. La sabiduría del plan de Dios nos exige favorecer el desarrollo de su identidad femenina en complementariedad y reciprocidad a la identidad del varón. Por eso la Iglesia está llamada a compartir, orientar y acompañar proyectos de promoción de la mujer con organismos sociales ya existentes, y a reconocer el ministerio esencial y espiritual que la mujer lleva en sus entrañas: recibir la vida, acogerla, alimentarla, darla a luz, sostenerla, acompañarla y a desplegar su ser de mujer creando espacios habitables de comunicación –personal y familiar–, de comunidad y de comunión. El compromiso de la Iglesia en este ámbito es ético y profundamente evangélico.

d) La familia

261. La familia es el valor más querido por nuestros pueblos. Sobre todo de la familia dependen la cultura, la superación de la pobreza y la transmisión de la fe. El Reino de la vida, el amor y la paz tiene su cuna en el seno de la familia, en la bondad, la fe y la sabiduría de los padres de familia, en el respeto a la mujer, en la consagración de ambos al bien de todos, y en la solidaridad de la comunicación de bienes materiales y espirituales. Pero tenemos que constatar con dolor la grave crisis en que viven incontables familias en la sociedad. Se requiere una Pastoral Familiar que apuntale acciones que proclamen el Evangelio de la Familia y promuevan la cultura de la vida contra todo relativismo, confusión de modelos, desconciertos e ideologías que desconocen la centralidad de la persona humana y su dignidad, así como el valor de la familia, basada en el matrimonio para toda la vida entre un hombre y una mujer.

262. Para ello es urgente fortalecer e impulsar acciones y procesos que fortalezcan a la familia, tales como alentar y orientar, también por parte de los obispos, los movimientos matrimoniales y familiares, y las mismas familias. La acción pastoral a favor de la familia y la defensa de la vida deben ser un objetivo transversal de toda acción pastoral, más aún en las estructuras de pastoral familiar a nivel nacional, diocesano y parroquial. Es preciso acompañar e impulsar la investigación sobre la familia y la vida; promover en diálogo con los Gobiernos y la Sociedad, políticas y leyes a favor de la vida y del matrimonio como fundamento de la familia. Falta impulsar y promover en la educación integral la dimensión del amor y la sexualidad; atender la comunidad familiar, ofreciendo cuidado a los niños, a los discapacitados y al adulto mayor. Ya no basta con preparar mediante unas pocas charlas para el matrimonio y la vida de familia. Se ha revelado toda la importancia de la preparación remota, además de la próxima, con itinerarios pedagógicos de fe. Es un deber pastoral promover proyectos de familias evangelizadas y evangelizadoras, y ofrecer una adecuada atención a familias que viven en situaciones difíciles e irregulares.

e) Las personas con capacidades diferentes

263. Cada día se toma más conciencia en la sociedad de la grave situación en que se encuentran quienes han sido considerados minusválidos, ya que no cuentan con espacios para su desarrollo personal, laboral y económico. La comunidad eclesial necesita acompañar a estos hermanos nuestros desde una actitud compasiva, solidaria y efectiva que los lleve a descubrir en Jesús la fortaleza en su dolor; fomentar en la sociedad un trato de igualdad para ellos, que defienda su vida contra toda explotación y abuso; así como también entablar un diálogo

con el Estado con la finalidad de que se lleguen a modificar aspectos de las leyes de Educación y de Trabajo que favorezcan los espacios de participación, desarrollo y calidad de vida.

f) Los indígenas y afrodescendientes

264. Es urgente para el proceso de Nueva Evangelización en nuestros pueblos, como lo señalan las aportaciones de las Conferencias Episcopales, el imperativo de amar a los pueblos y las culturas indígenas, y de cultivar una actitud de respeto a sus identidades culturales, que encierran riquezas que Dios guardaba para nuestro tiempo. Es necesario asimismo favorecer la inculturación de la fe, de modo que el Evangelio de Jesucristo y las enseñanzas de la Iglesia encuentren su expresión propia dentro de cada ámbito cultural; apoyar sus aspiraciones a que sea apreciada la dignidad de cada persona y de los pueblos, como también respetado el derecho a la tierra, al territorio, al desarrollo económico y al acceso a los servicios sociales de salud y educación que ofrece la sociedad. Quienes promueven, en el contexto de su propia historia y su cultura, una reflexión teológica y litúrgica, quieren hacer su discernimiento con otros teólogos y antropólogos de la Iglesia. Asimismo en muchos lugares esperan una presencia pastoral más numerosa y fraterna de discípulos misioneros que compartan su vida y su fe con las comunidades.

g) Los migrantes

265. Frente a la situación de sufrimiento de hermanos nuestros que dejan su hábitat huyendo de la violencia o de la extrema pobreza, y emigran por eso a otras regiones de su patria, a otros países o aun a otros continentes, la Iglesia debe estar presente, acompañar con su pastoral específica y concientizar sobre los derechos de las personas en movilidad. Asimismo deberá renovar y fortalecer su compromiso teológico-pastoral para promover y consolidar una ciudadanía universal en la que no haya distinción entre personas. Procurará incrementar el ministerio “buen samaritano” que garantice un avance efectivo hacia la realización de una verdadera relación fraterna en la familia humana.

h) Personas en situaciones especiales

266. A los casados que se divorciaron, más aún si se unieron a otro cónyuge, a las personas homosexuales, a las parejas del mismo sexo, como también a los mismos sacerdotes que abandonaron su ministerio, la Iglesia necesita acompañarlos con cuidado y amor compasivo en su problemática e historia personal. Son situaciones que desafían la pastoral actual de la Iglesia, a la cual ninguna situación le puede ser indiferente. Se requieren mediaciones que hagan presente el mensaje de salvación para todos. Urge impulsar acciones eclesiales como un trabajo interdisciplinar de teología y ciencias humanas que ilumine la pastoral y la preparación de agentes pastorales especializados para el acompañamiento de estos hermanos.

3.1.2 Ámbitos eclesiales

a) La Iglesia Particular

267. La maduración en el seguimiento de Jesús y la pasión por anunciarlo requieren que la Iglesia Particular se renueve constantemente en su vida y en su ardor misionero y sea, para todos los bautizados casa y escuela de comunión, de participación y solidaridad. En este ambiente el discípulo va al encuentro con Jesucristo vivo, madura su vocación cristiana y descubre la riqueza y la gracia que encierra ser miembro de la Iglesia Católica. La Diócesis, animada por su obispo junto a los demás responsables de la acción pastoral, está llamada a dinamizar la vida cristiana en su territorio, a través de proyectos pastorales orgánicos, adecuados a la situación cultural y a la edad y condiciones de vida de los fieles. De manera especial, cada Diócesis está llamada a robustecer su conciencia misionera, saliendo al encuentro de todos los bautizados que no participan en la vida de las comunidades cristianas, y de quienes aún no creen en Cristo en el ámbito de la propia Iglesia particular, en el país o lejos de sus fronteras, y responder adecuadamente a los grandes interrogantes y problemas del territorio en el cual está inserta. Para ello, deberá organizar programas sistemáticos de formación para todos sus miembros, con un cuidado especial, para los ministros y los laicos más comprometidos con su acción pastoral. Para fortalecer el sentido de pertenencia, de comunión y de unidad entorno al obispo, deberá favorecer momentos diocesanos de celebración, de planificación y discernimiento pastorales, de convivencia fraterna y de envío misionero.

b) Las Parroquias

268. Las parroquias son el lugar privilegiado en que los fieles pueden tener una experiencia concreta y cercana de la Iglesia (cf. EiA 41). El Sínodo para América y las aportaciones de las Conferencias Episcopales al Documento de Participación, alientan una valiente acción renovadora de las parroquias a fin de que sean de verdad espacios de la iniciación cristiana, de la educación y celebración de la fe, abiertas a la diversidad de carismas, servicios y ministerios, organizadas de modo comunitario y responsable, integradoras de movimientos de apostolado ya existentes, atentas a la diversidad cultural de sus habitantes, abiertas a los proyectos pastorales y superparroquiales y a las realidades circundantes (ídem). Esta renovación se manifiesta aún más necesaria, por el fenómeno de la urbanización que ha cambiado los parámetros de vida y de las relaciones humanas. En este sentido, se señala la urgencia de caminar hacia comunidades parroquiales más contemplativas del proyecto de Dios en la historia, más acogedoras y abiertas a la comunión y a la colaboración entre carismas y ministerios, y más participativas e integradoras de todas las vocaciones presentes en ellas. Como aspectos a privilegiar se señalan la celebración eucarística, especialmente del día domingo, la pastoral de las vocaciones, particularmente al presbiterado, la preocupación misionera hacia los alejados y la actitud de misericordia hacia quienes viven situaciones difíciles o de marginalidad eclesial.

269. La parroquia es también el espacio primero de la iniciación cristiana. Ante el creciente número de jóvenes y adultos que no recibieron cuando niños el don del bautismo, y frente a las frágiles convicciones de muchos fieles, emerge la necesidad de una formación catequística más amplia y profunda, una exigente formación de los catequistas, la implementación de procesos e itinerarios formativos más acordes con la realidad de las personas y también una presencia más vigorosa del párroco y de los presbíteros en esta tarea.

270. La comunidad parroquial ha de ser una comunidad esencialmente eucarística. En ella se preparan los cristianos a vivir la Cena del Señor con todo el corazón, ya que la parroquia es lugar de perdón, acogida y reconciliación de los hermanos. Cuando la comunidad participa en la Misa dominical, celebra el misterio central de la fe, renovando la nueva alianza en la sangre de Cristo y uniéndose en acción de gracias con toda la Iglesia universal por la Resurrección del Señor. Como la Iglesia nace de la Eucaristía, cada vez que la comunidad parroquial se reúne en la celebración eucarística, es convocada por Dios a pasar a la vida por el camino de la cruz. Asimismo en ella, después de escuchar a su Maestro, renueva y fortalece su vida nueva en Cristo, quien la alimenta con el Pan de vida eterna. Fortalecida la comunidad por la comunión con Dios y con los hermanos, para ella el domingo se transforma así en una escuela de vida cristiana, cumbre y fuente de la vida de los discípulos, y en el día del envío misionero, como ocurrió en el primer domingo de Pentecostés, en virtud de la fuerza del Espíritu Santo. En la Eucaristía dominical y en el encargo evangelizador que recibe, con la Virgen María y con todos los santos, la comunidad cristiana ‘permanece’ en el Señor y se prepara para ‘dar frutos’ que permanezcan para la vida del mundo.

271. La renovación de la parroquia exige párrocos, presbíteros y laicos renovados en su madurez humana, espiritual, teológica y pastoral, que vivan su encargo evangelizador como “un servicio de amor” a partir de la caridad pastoral. Presbíteros que acojan el desafío de la pastoral orgánica, que alienten la participación de los fieles, que propicien la acogida de todos, especialmente de quienes buscan la fe o quieren reconciliarse con Dios, y acepten de corazón los ofrecimientos que reciban de colaboración, más allá de los límites jurídicos de sus parroquias. Pide, además, una valiente renovación de las estructuras parroquiales.

c) Los Movimientos eclesiales y otras agrupaciones apostólicas

272. En el pasado y presente de la Iglesia, han surgido comunidades y movimientos que han formado discípulos y misioneros a partir de peculiares espiritualidades e itinerarios formativos. Con la variedad y riqueza carismática que les son propias, están presentes en nuestras comunidades, testigos de la atracción de Jesucristo y de su Iglesia, y de la fuerza transformadora del Evangelio en el mundo. En una sociedad superficial, indiferente y cada vez más agnóstica, junto a otros laicos, los miembros de los movimientos buscan hacer de la fe el factor estructurante de su vida y de su testimonio en el servicio del mundo.

273. La presencia viva de estos movimientos y agrupaciones presentan un doble reto: por una parte, la comunidad eclesial debe discernir y acoger su nacimiento, crecimiento y aporte original a la vida y misión de la Iglesia como un don de Dios para nuestro tiempo; por otra parte, para los movimientos y nuevas comunidades el desafío radica en una más plena integración a la comunidad eclesial y a su pastoral orgánica.

d) Los Santuarios

274. América Latina está sembrada de numerosos santuarios, dedicados a Nuestro Señor, a la Virgen María y a los Santos. Los fieles peregrinan a ellos para encontrarse con el Señor, especialmente en los Sacramentos, y con sus amigos, los santos, para agradecer los beneficios alcanzados, confiar su vida personal y familiar al cuidado de la Virgen María o de los Santos y renovar su pertenencia y fidelidad a la Iglesia. Son lugares de encuentro con Dios, de penitencia y conversión, de integración y de comunión. Allí se expresa la vida en Cristo, a través de pluriformes manifestaciones de la piedad popular, que suele expresarse con gran interioridad y a veces con notable exuberancia, ricas de oraciones, cantos, danzas y otras expresiones rituales.

275. Reconociendo el valor evangelizador de los Santuarios, se ve necesario optimizar su lugar en la pastoral orgánica de las Iglesias Particulares, cuidando la dimensión del anuncio de la Palabra, de la celebración de los sacramentos –especialmente de la Reconciliación y de la Eucaristía– y del encuentro festivo que fortalece el sentido de pertenencia a la comunidad católica.

e) Los centros de formación

276. Para vivir con hondura la vocación cristiana, los discípulos y misioneros de Jesús deben hacer reales los valores y las actitudes evangélicas en la cotidianidad de la existencia, a través de un proceso de conversión, compromiso y formación que dura toda la vida.

277. Los Centros de Estudio, antiguos y recientes, surgidos a lo largo del Continente, están llamados a prestar su valiosa colaboración a la formación inicial y permanente de los consagrados y de los laicos. A través de múltiples instancias e iniciativas, deben ofrecer a todos los fieles adecuados programas de formación, que abarquen la dimensión humana, personal y social, la espiritualidad propia del discípulo misionero, la competencia teológico-pastoral y la oportuna metodología.

3.1.3 Ámbitos sociales

278. La sociedad contemporánea, tan compleja, plural y crecientemente globalizada, sólo puede ser alcanzada y transformada por los valores del Evangelio en cada uno de sus variados sectores, a través del testimonio y la actividad evangelizadora de laicos y laicas católicos. Ellos son quienes en la familia, en el trabajo, en la cultura, en el deporte y en la vida social y política, están llamados por el Señor a unir existencialmente la vida con el Evangelio, manifestando así que la fe cristiana y católica es una respuesta plenamente válida, a los interrogantes, angustias, problemas y expectativas de nuestros tiempos (cf. ChL 34).

279. Los fieles laicos cumplen su vocación cristiana principalmente en las tareas seculares. Para los fieles laicos es una omisión grave abstenerse de ser presencia cristiana efectiva en el ambiente en el que se desenvuelven. No pueden eludir el compromiso de afirmar en todo momento con coherencia y responsabilidad las verdades y los valores que se desprenden de la razón y de la fe.

a) La política y la sociedad civil

280. Queremos incentivar, de todas las maneras posibles, la participación de los laicos en la política y en las diversas organizaciones de la sociedad civil. Si bien en ocasiones se vuelve indispensable la denuncia profética, de parte de la jerarquía y de los laicos, la transformación de la sociedad requiere, sobre todo, que muchas personas estén profundamente insertas en la vida social e incidan en ella con su empeño cotidiano. Por eso los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la política; es decir, de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común (ChL 42). Aun aquellos que trabajan en las instituciones eclesiales deben mantener su deber de participar en lo público. La esperanza puesta en caudillos que vengan a resolver todo mágicamente, sin la construcción esforzada y constante de mejores instituciones democráticas, es un modo más de depender infantil y masivamente, en lugar de intervenir con creatividad y constancia.

281. Esto requiere ante todo que los laicos sean honestos, responsables y eficientes en sus tareas. También supone una formación doctrinal y especializada que permita decir palabras autorizadas que puedan ser escuchadas y respetadas aun en ambientes escépticos. Además, teniendo en cuenta la actual crisis de valores, entendemos que una adecuada participación en lo público exige un constante desarrollo de las virtudes sociales que se traduzca en un testimonio claro. En este ámbito, la labor educativa de la Iglesia, la predicación, la catequesis y el acompañamiento espiritual tienen mucho que ofrecer, aportando una formación ética, un desarrollo de la conciencia ciudadana y un fuerte aliento a la construcción de la democracia.

282. El aporte de los cristianos en estos ámbitos públicos debería situarse siempre en el contexto de un constante “intercambio”, ya que todos pueden enriquecernos y proponernos nuevos desafíos con su modo de ver las cosas, con su perspectiva, con su experiencia. Cuando alguien se sitúa en la posición de único maestro o de salvador, posee evidentemente pocas posibilidades de éxito en sus propósitos. En una sociedad pluralista, el camino más adecuado para ayudar a reconocer aquello que debe ser siempre afirmado y respetado, y que está más allá del consenso, es el diálogo que aporta convicciones con el atractivo de la belleza de la verdad. Pero ese diálogo necesita ser enriquecido e iluminado por argumentos racionales. El facilismo en la búsqueda de la verdad nos hace débiles, y nos expone a dejarnos dominar por una mentalidad que se impone como más eficiente, o que ofrece una salida inmediata y pragmática para determinadas situaciones.

283. Por otra parte, las grandes dificultades que experimentan las personas para mantener sus convicciones en un contexto adverso, indican que los cristianos que trabajan en la política deben crear espacios de apoyo mutuo, de diálogo, de reflexión y también de oración en común. De este modo, más allá de la legítima diversidad de sus opciones personales, podrán ayudarse a sostener su fidelidad al Evangelio y su coherencia de vida. La incomunicación, la falta de diálogo en la búsqueda del bien común, y las aversiones entre católicos que militan en diferentes partidos políticos, son un verdadero escándalo, porque así niegan con los hechos su vocación fraterna en Cristo. Hay que tener presente que todos los vicios que se achacan a las personas públicas, y la difundida opinión de que la política es un lugar de necesario peligro moral, no justifican en lo más mínimo ni la ausencia ni el escepticismo de los cristianos en relación con la cosa pública (ChL 42).

b) La Educación

284. América Latina vive una particular y delicada emergencia educativa. En la mayoría de nuestros países se están gestando y realizando profundas reformas educativas que denotan un claro reduccionismo antropológico, que lleva a concebir la Educación como una actividad al servicio de la producción, del mercado y de la competitividad.

285. La Iglesia está llamada a promover una educación centrada en la persona humana que es capaz de vivir en la comunidad, aportando lo suyo para su bien. Ante la exclusión social, la Iglesia deberá impulsar una educación de calidad para todos, formal y no-formal, especialmente para los más pobres; educación que ofrezca a los niños, a los jóvenes y a los adultos el encuentro con los valores culturales del propio país, descubriendo o integrando en ellos la dimensión religiosa y trascendente. Para ello necesitamos una Pastoral Educativa dinámica e incisiva que acompañe los procesos educativos, que sea voz que legitime y salvaguarde la libertad de educación ante el Estado y el derecho a una educación de calidad de los más desposeídos.

c) La Escuela Católica

286. La Escuela católica está llamada a una profunda renovación. A partir de su identidad requiere de un impulso misionero valiente y audaz, de modo que llegue a ser una opción profética plasmada en proyectos educativos participativos. Dichos proyectos deben promover la formación integral de la persona teniendo su fundamento en Cristo; su identidad eclesial y cultural, con calidad y excelencia académica; además generar solidaridad y caridad con los más pobres. El acompañamiento de los procesos educativos, la participación en ellos de los padres de familia y la formación de docentes, es una tarea prioritaria de la Pastoral Educativa. La Iglesia también necesita hacerse presente con su mensaje de vida en el espacio de la escuela pública.

d) La Universidad Católica

287. Es necesario volver a afirmar con fuerza la misión de las universidades católicas, llamadas por vocación a promover el compromiso con la verdad y a favorecer la síntesis del saber, auxiliadas especialmente por la reflexión teológica y pastoral. Misión de los centros superiores de estudio es también fomentar un nuevo humanismo desde una antropología cristiana y ofrecer signos de solidaridad con los más necesitados. La universidad tiene la urgencia de una continua renovación en cuanto a su tarea de investigación científica y de avance de la tecnología; de promover a través de proyectos, planes y programas, los valores humanos y cristianos y de formar para vivir en y para la comunidad, contrarrestando así algunas tendencias del tipo de globalización que se expande, que se ha centrado en función de la producción, la competitividad y el mercado. La Universidad Católica habrá de ofrecer educación de excelencia a partir de docentes cuyo testimonio cristiano sea convincente, y que estén verdaderamente capacitados en sus respectivas disciplinas y en los contenidos antropológicos y éticos que manifiestan la racionalidad de la propuesta cristiana. Las Universidades Católicas habrán de desarrollar su especificidad cristiana, ya que poseen responsabilidades evangélicas que instituciones de otro tipo no están obligadas a realizar. Entre ellas se encuentra sobre todo el diálogo cultura y fe, el trabajo con la Doctrina Social de la Iglesia, el compromiso solidario con la Comunidad y la formación de profesionales comprometidos con la novedad que representa el cristianismo en la vida de las sociedades latinoamericanas. Es necesaria una Pastoral Universitaria que acompañe la vida y el caminar de todos los miembros de la comunidad universitaria, promoviendo un encuentro personal y comprometido con Jesucristo, y múltiples iniciativas solidarias y misioneras. También debe ser presencia cercana y dialogante con miembros de otras universidades públicas y centros de estudio.

e) El trabajo

288. Una tarea importante de la Iglesia, además de denunciar las condiciones laborales indignas y las diversas injusticias en el ámbito laboral, es comunicar al valor positivo que posee el trabajo como experiencia de transformación del mundo, del propio hombre que lo realiza y como espacio de santificación. Una falsa noción de justicia lleva a que muchos pretendan vivir sin trabajar, a costa del Estado o de las instituciones. La cultura de la queja siempre encuentra excusas para justificar la dejadez y el desinterés por el esfuerzo, alimentando un espíritu derrotista. Estamos llamados a recordar siempre que el trabajo no es un mero apéndice de la vida, sino que “constituye una dimensión fundamental de la existencia del hombre en la tierra” (LE 4), por la cual “se realiza a sí mismo como ser humano” (LE 9). Dignificó el trabajo y al trabajador el hecho de que Jesús trabajara en el taller de carpintero de su padre José. Por eso mismo, la Iglesia no propicia el trabajo entendido meramente como un sacrificio o como un esfuerzo de la voluntad, como una renuncia a sí mismo, y menos aún como una suerte de autoinmolación. Lo valora como realización de la vocación humana en la medida en que facilita la realización de la persona y le permite disponer también de posibilidades de autonomía, de cultivo personal, de vida familiar y de recreación. Porque “el trabajo está en función del ser humano y no el ser humano en función del trabajo” (LE 6).

289. Por otra parte, preocupa la situación de millones de latinoamericanos que no tienen empleo, o no encuentran un trabajo que dignifique. La situación de desempleo afecta profundamente a las personas que aun teniendo vitalidad y capacidades, se perciben inútiles por haber sido menospreciadas o tratadas injustamente. El Pueblo de Dios hoy como ayer habrá de reactivar un compromiso militante con la creación de fuentes laborales. La difusión de la Doctrina Social de la Iglesia, sobre todo cuando la impulsan empresarios católicos, es ciertamente un medio muy adecuado para promover una dinámica empresarial que favorezca la creación de más puestos de trabajo digno y con seguro social. Al mismo tiempo, desde las instituciones cristianas podemos favorecer, apoyar, o sostener nosotros mismos, según el caso, los talleres de capacitación que eviten que los pobres queden excluidos del ámbito laboral. Para fomentar la cultura del trabajo, es imperioso estimular, de diversas maneras, el desarrollo de las capacidades. Esto no sólo apunta a resolver determinados problemas, sino también a alentar la excelencia en todos los niveles. Cuando un talento es socialmente reconocido y se le concede un espacio donde pueda explayarse para ofrecer su aporte al bien común, la excelencia es maravillosamente estimulada. Esto implica promover a todos conforme a sus capacidades y alentar su desarrollo. No se trata de promover sólo a los que están naturalmente más dotados. Hoy se valora mucho la eficacia, y las personas se cotizan bien si son muy eficientes, mientras quienes tienen menos desarrolladas esas capacidades deben resignarse a quedar al margen y a mendigar escorias. También los discapacitados, aunque produzcan menos, tienen derecho a un trabajo que les permita desarrollarse ampliamente como personas.

290. Es innegable que en nuestros países hay una distribución del ingreso muy injusta y desigual, asignatura pendiente que ningún gobierno ni política económica resuelve. Queremos denunciar una confianza ingenua en las fuerzas –siempre desiguales– del mercado, que algunos consideran una máquina del todo autónoma e infalible, la cual derramaría por sí sola los frutos del crecimiento macroeconómico de manera justa sobre todos. Sostenemos la justa intervención del poder político y de la responsabilidad privada para proteger a los más débiles y garantizar el nivel del salario. Porque el salario justo es, sin duda, un factor que contribuye a asegurar las condiciones auténticas de desarrollo y de una vida digna (cf. CDSI 302-303).

f) La Ciencia, la Tecnología y la Ecología

291. Asistimos a un extraordinario desarrollo científico y tecnológico pero sin una ética que lo sustente. Nos preocupa el uso que se haga de él. La Iglesia ha de estar presente en este ámbito del saber en la sociedad del conocimiento, acompañando a personas, comunidades y grupos dedicados a la investigación, con criterios y principios éticos que orienten y encaucen este saber a favor de la vida. Particularmente estimulando a los profesionales laicos a colaborar en proyectos científicos-tecnológicos, nacionales e internacionales, al servicio de la humanidad, así como también promoviendo en las Iglesias Particulares comisiones específicas dedicadas a fortalecer este ámbito, al interior del desarrollo científico y tecnológico. Cuando la persona humana y sus exigencias fundamentales no fungen como parámetro normativo, la ciencia y la tecnología se vuelven contra el hombre. Se trata, ante todo, de asegurar la centralidad de la persona humana, evitando que el sólo avance de la ciencia y la tecnología conduzca a legitimar toda suerte de aplicaciones del saber, como si todo lo que es posible, por ese sólo hecho fuera éticamente aceptable.

292. La ecología ha dejado de ser una preocupación de grupos minoritarios. Hoy se ha generalizado una mayor valoración de la naturaleza, al tiempo que percibimos más claramente de cuantas maneras el hombre amenaza y aun destruye su ‘habitat’. Desatender las mutuas relaciones y el equilibrio que Dios mismo estableció entre las realidades creadas, es una ofensa al Creador, un atentado contra la biodiversidad y, en definitiva, contra la vida. El ser humano, a quien Dios le encargó la creación, ha de saber contemplarla, cuidarla y utilizarla, pero siempre respetando el orden que le dio el Creador. Partiendo de las convicciones que derivan de la doctrina de la creación, creemos que hay que incorporar mejor en la enseñanza, en la catequesis y en la predicación una profunda valoración del mundo que el Señor nos ha encomendado. El cuidado de las cosas, la austeridad y la preocupación por mejorar los ambientes humanos, es decir, por la ‘ecología humana’, cuyo núcleo originario es la familia, son preciosas manifestaciones del amor fraterno que Cristo nos enseñó.

293. Las dificultades e incomprensiones que los fieles laicos experimenten a la hora de dar testimonio público de la fe en los grandes ámbitos de la misión, son parte del camino de santificación que Jesucristo les propuso al momento de invitarlos a su seguimiento. Más aún, los fieles laicos han de ver en la construcción de la familia, la Iglesia y la sociedad, y por eso también en la participación en la vida social y política, un camino arduo pero privilegiado para su propia santificación.

4. EL PROCESO DE FORMACIÓN DE LOS DISCÍPULOS MISIONEROS

294. La formación es una necesidad imprescindible en la vida de los seres humanos. Por medio de ella se incentivan sus potencialidades a fin de afirmar lazos de identidad, habilitarlos en sus responsabilidades y lograr los demás objetivos del grupo al que pertenecen. Cuanto más compleja y exigente es una tarea tanto más la formación adquiere imperativos de calidad, profundidad y eficiencia. La vocación y el compromiso de ser hoy discípulos y misioneros de Jesucristo en América Latina y El Caribe, requiere una clara y decidida opción por la formación de los miembros de nuestras comunidades, particularmente, de aquellos y aquellas que han recibido la tarea de acompañar el camino de fe de los hermanos, como catequistas, educadores, agentes pastorales o ministros.

295. A la luz de estas convicciones, miramos al Maestro que formó personalmente a sus apóstoles y discípulos. Con perseverante paciencia y sabiduría los invitó a su seguimiento, los introdujo en el misterio del Reino, y después de su muerte y resurrección los envió a predicar la Buena Nueva en la fuerza de su Espíritu. Su preocupación y estilo, se vuelven emblemáticos para los formadores y cobran especial relevancia cuando pensamos en la paciente tarea formadora que la Iglesia debe emprender en el nuevo contexto cultural de América Latina.

4.1 Dinamismo inspirador

296. El itinerario formativo del seguidor de Jesús hunde sus raíces en la naturaleza dinámica de la persona, del amor y de la fe, y en el llamado personal de Jesucristo, que a los suyos los llama por su nombre y éstos le siguen porque conocen su voz (cf. Jn 10, 3s). Se inspira en la práctica original de la Iglesia de los primeros siglos; y se realiza en la situación cambiante por la que atraviesan las comunidades cristianas del Continente. En su eje central se ubican cinco realidades interdependientes de gran densidad teológica, espiritual y pastoral: el Encuentro con Jesucristo, la Conversión, el Discipulado, la Comunión y la Misión. La conversión pone en relación existencial con Jesús a quien opta por Él como Camino, Verdad y Vida, y así con los valores fundamentales que le dan un nuevo sentido a la vida y la óptica necesaria para mirarla desde Él. El discipulado lo introduce en el seguimiento de Cristo, en su estilo de vida y en su Pascua, es decir, en sus múltiples actitudes, relaciones, palabras y gestos, con que nos amó hasta el extremo, con los cuales anuncia la Buena Nueva a los hombres y mujeres, preferentemente a los débiles y excluidos, los incorpora a la comunidad de los discípulos y a la liturgia de la Iglesia. La misión lo sitúa en la dimensión de la diaconía que genera iniciativas de servicios sociales y eclesiales, inspirados y alentados por el Espíritu, quien suscita vida nueva y renovadora en nuestros pueblos, conforme al proyecto del Padre.

297. Desde este patrimonio común, cada sector del Pueblo de Dios pide ser acompañado y formado de acuerdo con la peculiar vocación y ministerio al que ha sido llamado: el obispo en el ministerio de la presidencia que edifica la comunidad, los presbíteros en el ejercicio de la caridad pastoral al servicio del sacerdocio común de los fieles; los diáconos permanentes en el servicio vivificante, humilde y perseverante, los consagrados y consagradas en el seguimiento radical del Maestro, y los laicos y laicas en su responsabilidad evangelizadora de formar comunidades cristianas y de construir el Reino en la secularidad, considerando debidamente la justa autonomía de las realidades temporales.

4.2 Criterios generales

298. Las reflexiones que siguen no pretenden abordar los procesos e itinerarios formativos propios de cada vocación eclesial. Su objetivo es ofrecer sólo algunos criterios imprescindibles y útiles para crecer como Iglesia evangelizada y evangelizadora. A continuación los destacamos.

4.2.1 Una formación integral, permanente y kerygmática

299. Misión principal de la formación es ayudar a los miembros de la Iglesia a encontrarse siempre con Cristo, y así a reconocer, acoger, internalizar y desarrollar la experiencia y los valores que constituyen la propia identidad y misión cristianas en el mundo. Por eso, la formación obedece a un proceso integral, es decir, que comprende las dimensiones humanas, intelectuales, espirituales y pastorales, todas armonizadas entre sí en unidad vital. Al mismo tiempo, es permanente y dinámica de acuerdo al desarrollo de las personas y al servicio que están llamadas a prestar, en medio a las exigencias de la historia.

4.2.2 Una formación atenta a dimensiones diversas

300. La formación abarca diversas dimensiones que deberán ser integradas armónicamente a lo largo de todo el proceso formativo. Se trata de la dimensión humana, espiritual, intelectual, comunitaria y pastoral.

a) La dimensión humana y comunitaria

301. Tiende a preparar personalidades fuertes y libres, vocacionalmente identificadas con Jesucristo y su Evangelio en la comunidad en que viven, particularmente en la familia, en su comunidad cristiana y en el ámbito laboral, capaces de ser y vivir como cristianos en un mundo plural y a veces adverso, con equilibrio, fortaleza, serenidad y ardor misionero.

b) La dimensión espiritual

302. Es la dimensión formativa que funda el ser cristiano en la experiencia de Dios manifestado en Jesús y de la conducción de su Espíritu por los caminos del mundo. Arraiga a la persona en el estilo de vida y de servicio propuesto por Cristo, adhiriendo de corazón como la Virgen María a los caminos gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos de su Maestro y Señor.

c) La dimensión intelectual

303. Se expresa en una reflexión seria, puesta constantemente al día, a través del estudio, que abre la inteligencia, con la luz de la fe, a la verdad, y que capacita para el discernimiento, el juicio crítico y el diálogo sobre la realidad y la cultura. Asegura, de una manera especial, el conocimiento bíblico-teológico y de las ciencias humanas, para adquirir la necesaria competencia doctrinal para los servicios eclesiales que se requieran y para una adecuada presencia en la vida secular.

d) La dimensión evangelizadora

304. Proyecta hacia la misión de formar discípulos y misioneros al servicio del mundo; habilita para proponer proyectos y estilos de vida cristiana atrayentes, con intervenciones orgánicas y de colaboración fraterna con todos los miembros de la comunidad. De manera especial, contribuye a integrar evangelización y pedagogía, dando vida a itinerarios pastorales acordes con la madurez cristiana, la edad y otras condiciones propias de las personas o de los grupos, y a despertar la responsabilidad de los laicos en el mundo para construir el Reino de Dios.

4.2.3 Una formación respetuosa de los procesos

305. Llegar a la estatura de la vida nueva en Cristo, identificándose profundamente con Él (cf. EN 19) y su misión, es un camino largo, que requiere itinerarios diversificados, respetuosos de los procesos personales y de los ritmos comunitarios, continuos y graduales. El eje central deberá ser un proyecto orgánico de formación, elaborado por los organismos diocesanos competentes, que ofrezca la visión de conjunto y la convergencia de las diversas iniciativas. Requiere también equipos de formación convenientemente preparados que aseguren la eficacia del proceso mismo y que acompañen a las personas con pedagogías dinámicas, activas y abiertas. La presencia y aporte de laicos y laicas en los equipos de formación aporta una riqueza original, pues, desde sus experiencias y competencias ofrecen criterios, contenidos y testimonios valiosos para quienes se están formando.

4.2.4 Algunos acentos en la formación de los presbíteros

306. La calidad y la santidad de los sacerdotes dependen, en gran medida, de su cualificada formación, la que también deberá ser integral y permanente, humana, espiritual, intelectual y pastoral, centrada en la adhesión personal a Jesucristo del cual, por la Ordenación Sacramental, los presbíteros son signo-personas llamados a vivir y actuar in persona Christi y a favor de las personas. A través del proceso formativo, y en particular con la mediación del Seminario, los jóvenes seminaristas deberán conocer, amar y seguir cada vez más decididamente a Jesucristo, Buena Nueva del Padre, Sacerdote y Pastor.

307. Siguiendo las orientaciones emanadas por la Sede Apostólica y las Conferencias Episcopales, los Seminarios y los Centros que preparan a la vida sacerdotal, deberán ser verdaderas escuelas de discípulos-misioneros, y ofrecer una formación seria y acorde con las necesidades pastorales de nuestros pueblos. Sin embargo, el cambio de cultura del cual son parte los jóvenes que aspiran a la vida sacerdotal, requiere acentuar algunos aspectos.

308. Se deberá prestar especial atención al proceso de formación humana hacia la madurez, de tal manera que la vocación al sacerdocio ministerial de los candidatos llegue a ser en cada uno un proyecto de vida estable y definitivo, en medio de una cultura que exalta lo desechable y lo provisorio. Dígase lo mismo de la educación hacia la madurez de la afectividad y la sexualidad, que lleve a comprender mejor el significado evangélico del celibato consagrado y a vivirlo con serenidad y con la debida ascesis en un camino comunitario, como entrega a Dios y a los hombres con corazón pleno e indiviso.

309. En todo el proceso formativo, el ambiente del Seminario y la pedagogía formativa deberán cuidar un clima de sana libertad y de responsabilidad personal, evitando crear ambientes artificiales o itinerarios impuestos. La opción del candidato por la vida y ministerio sacerdotal debe madurar y apoyarse en motivaciones verdaderas y auténticas, libres y personales. Las experiencias pastorales, discernidas y acompañadas en el proceso formativo, han de corroborar la autenticidad de las motivaciones en el candidato y ayudarle a asumir el ministerio como un verdadero y generoso servicio.

310. Al mismo tiempo, el Seminario deberá ofrecer una formación intelectual, seria y profunda, en el campo de la filosofía, de las ciencias humanas y, especialmente, de la teología, a fin de que el futuro sacerdote aprenda a anunciar la fe en toda su integridad, atento al contexto cultural de nuestro tiempo, y a las grandes corrientes de pensamiento y de conducta que deberá evangelizar. Finalmente se requiere una profunda formación comunitaria y espiritual, que motive al candidato a una permanente y renovada opción por Cristo, por la Iglesia y por el Reino, asumida en la comunión del presbiterio.

4.3 La catequesis, experiencia clave en la formación del discípulo misionero

311. La catequesis ha ocupado un lugar destacado en la historia de la fe de América Latina. Desde los inicios ha contribuido no sólo a la implantación de la Iglesia sino también a la maduración de la fe de las comunidades cristianas. El Evangelio ha penetrado progresivamente las culturas del Continente y las ha transformado, gracias a este ministerio esencial a la misión de la Iglesia, y a millares de catequistas que con su vida y su generosidad han edificado el Reino de Dios en nuestros pueblos.

312. Sin embargo, en nuestros actuales contextos comunitarios observamos que, no pocas veces, el proceso de la iniciación cristiana casi no ha tenido lugar o ha sido frágil y fragmentaria, tanto en personas adultas como en niños y jóvenes. Por eso, se siente la urgente necesidad de una catequesis renovada que se preocupe también del primer anuncio, y que lleve a la persona a abrir el corazón a Cristo, para que pueda llegar a la adhesión personal y confesión pública de la fe en la persona y el mensaje de Jesús.

313. Es indispensable, por tanto, recuperar la experiencia de la iniciación cristiana como punto de partida del itinerario de la fe; ello implica privilegiar el anuncio kerigmático del Señor resucitado que invita a su encuentro y a la conversión, y asumir el método procesual, al estilo del catecumenado de la Iglesia de los comienzos. La catequesis es un proceso extendido en el tiempo y no sólo preparación inmediata a la celebración de los sacramentos. En Él las personas están invitadas a recibir la enseñanza evangélica, a conformar la propia vida con la de Jesús, a insertarse plenamente en la comunidad, a participar con ella en la Eucaristía y a vivir en actitud de servicio a los demás. En América Latina necesitamos profundizar en las fuentes teológicas –y no sólo en las metodologías– que dan identidad al ministerio de la catequesis, para que siga contribuyendo al crecimiento de la fe en la comunidad creyente.

314. Lo anterior pide de la catequesis capacidad para forjar discípulos y misioneros “comprometidos personalmente con Cristo, capaces de participación y comunión en el seno de la Iglesia y entregados al servicio salvífico del mundo” (DP 1000). Por lo mismo, en las circunstancias actuales de América Latina, la catequesis necesita promover comunidades maduras en orden a la transformación de la realidad donde hacen su camino de fe.

315. Por otro lado se siente la urgencia de establecer procesos de formación de catequistas, que articulen las ciencias humanas, teológicas y prácticas y pongan su mira en la dimensión de la persona y del discípulo misionero; procesos que se plasmen en proyectos formativos donde se integre lo existencial y lo bíblico, lo doctrinal y lo ético, lo celebrativo, lo pedagógico y lo comunicacional. Hoy se requieren también catequistas expertos en el arte de la catequesis de adultos y de situaciones y ámbitos especiales; catequistas capaces de educar para la vida comunitaria y para el compromiso histórico y social. A este proceso de formación hay que invitar a los padres de familia, para que sean los primeros catequistas de sus hijos.

316. De manera análoga a lo que aquí se dice de la formación de los catequistas, hay que considerar estos principios para la formación de laicos comprometidos en otras tareas de la Iglesia, como por ejemplo, en el acompañamiento de los jóvenes en la pastoral juvenil, en la pastoral de enfermos, en la pastoral social, etc.

4.4 La necesidad de una pedagogía pastoral

317. Toda iniciativa y todo plan pastoral en la Iglesia ha de tener presente la acción del Espíritu Santo. Nosotros colaboramos con él. Por eso, no basta con constatar carencias y deducir de ellas nuevas intervenciones pastorales. Aun antes de elaborar nuevos planes pastorales, es necesario contemplar y discernir las iniciativas que ya ha tomado o está tomando el Espíritu Santo. Éste es el primer imperativo de todo plan y de toda pedagogía pastoral. Ha de buscar cuidadosamente las personas y comunidades, y las iniciativas evangelizadoras a través de las cuales el Espíritu ya está obrando, como asimismo los carismas que Él sembró y está sembrando en el pueblo de Dios. El bautizado, cuando piensa en su acción evangelizadora, debe tener la confianza de que no parte de cero. Alguien, el Espíritu Santo, ya trabajaba antes que él y lo invita a colaborar con él, tomando como punto de partida la vida y las iniciativas que ya existen y que esperan aliento, apoyo, conducción e integración para ser plenamente fecundas y dar todos sus frutos.

318. Pero lo anterior no dispensa de una capacitación en pedagogía pastoral. Por el contrario, la pide para actuar según el querer de Dios. En este ámbito se constatan serias carencias. Esta situación muestra la necesidad de ofrecer a los discípulos misioneros, especialmente a los laicos, una buena formación en pedagogía pastoral sistemática y actualizada, que los capacite para llevar a cabo el anuncio de la Buena Nueva, utilizando todos los adelantos formativos de las ciencias humanas. Con ellos fortalecerán su formación, proporcionando a las personas y a los grupos un acompañamiento que favorezca los procesos de maduración en la fe.

319. La aplicación de estos aspectos pedagógicos contribuirá a reducir las limitaciones y las deficiencias en la acción pastoral, como son la improvisación, la superficialidad, el desorden, la dispersión, el centralismo y la rigidez pastoral.

320. A partir del análisis ofrecido por las Conferencias Episcopales, se sugieren algunas propuestas pedagógicas útiles para un proceso formativo más coherente y eficaz.

4.4.1 Una pedagogía para el crecimiento integral de las personas

321. El discipulado se vive en el proceso del desarrollo humano que lleva a las personas hacia la madurez en Cristo de acuerdo a la propia etapa evolutiva. Por lo tanto, es necesario promover procesos formativos con una atención centrada en la persona, que potencie sus capacidades, la lleve a su madurez y la disponga para la comunión y el servicio en la comunidad.

4.4.2 Una metodología que eduque en el discipulado misionero

322. La metodología y la didáctica están llamadas a favorecer en el discípulo misionero la búsqueda y el esfuerzo por alcanzar la verdad; la formación de la recta conciencia; y la decisión de elegir y adherir al querer de Dios. Pide además capacitar en el discernimiento personal y comunitario que, a la luz de la Verdad de Dios, que encontramos en la naturaleza de las cosas creadas y en la Escritura, y en apertura a la acción del Espíritu, responsabilice frente a opciones y toma de decisiones. El uso adecuado y complementario del método inductivo y deductivo apoyará estas metas.

323. La educación al discipulado misionero debe además traducirse en un itinerario pedagógico con etapas bien definidas, realizado en un tiempo conveniente y frecuentemente revisado a la luz de la Palabra, de las orientaciones del Magisterio y de las situaciones concretas de las personas. Para esto puede ser muy útil la orientación metodológica ofrecida por Santo Domingo: “Ver, iluminar, actuar, evaluar y celebrar” (cf. SD 119).

4.4.3 Una técnica al servicio del Evangelio

324. La metodología evangelizadora debe además aprovechar el adelanto de la ciencia y el uso de la técnica, especialmente de la comunicación, para transmitir más eficazmente la experiencia cristiana y responder a una organización pastoral con misión clara y con visión de futuro.

325. Las comunidades necesitan formular y actualizar sus planes de formación, apoyándose en métodos de planeación pastoral participativa en los que se plasmen los objetivos, las etapas, los recursos, la realización, el seguimiento y la evaluación de sus planes y proyectos, con la participación activa y comprometida de todos sus integrantes.

326. La planificación debe incluir las principales redes de relaciones con personas, grupos e instituciones, de tal manera que considere también otras experiencias pastorales, y englobe fuerzas sociales y culturales, particularmente latinoamericanas, para que el Evangelio llegue a toda la realidad.

4.4.4 Trabajo en equipo

327. El trabajo en equipo es una expresión de comunión y participación eclesial. Educar al trabajo en equipo y experimentarlo en la corresponsabilidad de los discípulos de Cristo en la vida comunitaria, es una forma concreta de reconocer que hemos sido llamados como equipo, por así decirlo, del mismo Dios, y de reconocer los talentos de cada uno, recibidos de Dios, y de ponerlos al servicio del único proyecto evangelizador.

328. A los discípulos-misioneros les pide aprender a valorar y desarrollar conocimientos, actitudes, habilidades y competencias, con la finalidad de construir proyectos evangelizadores en “comunión y participación” (DP 211).

329. Finalmente participar en un equipo implica un enriquecimiento y conlleva obligaciones. Da identidad y sentido de pertenencia en el Cuerpo de Cristo; ayuda a superar el individualismo y la tendencia al narcisismo, ya que en el trabajo de grupo el sujeto tiene que compartir su tiempo, ofrecer a los demás su comprensión y empatía y establecer relaciones preocupándose por los intereses ajenos.

4.4.5 Acompañamiento y liderazgo

330. Acompañar el crecimiento integral y la maduración de la fe de las personas exige hoy que los responsables de la evangelización ejerzan un liderazgo espiritual, que no se mide con las categorías de los liderazgos del mundo, ya que se basa en el testimonio, el servicio y la entrega, reflejando a Jesús, Buen Pastor. La fecundidad de esta tarea dependerá de la madurez humana, espiritual, pastoral y profesional de los encargados de las comunidades. La calidad de su liderazgo bajo la moción del Espíritu Santo resultará determinante en los grupos, respecto al logro en los grandes ideales como la “comunión”, la “participación”, y el camino hacia la “santidad”.

331. Un desafío para la Iglesia en este campo es la formación de personas que ejerzan un liderazgo evangélico y acompañen a las comunidades cristianas desde la “pedagogía del encuentro”. Pedagogía que busca crear un espacio de libertad en el cual pueda darse ese encuentro profundo de los discípulos con Jesús y con quienes son imágenes suyas, que desata el dinamismo del amor a Él: la conversión, la comunión y la solidaridad. Entre otros medios de gran valor, la práctica frecuente de la Lectio divina es un camino privilegiado y transformador de encuentro con Dios, consigo mismo y con los hermanos.

332. Este modelo pedagógico tiene su fuente en la “pedagogía del encuentro” que encontramos en las Escrituras y que Dios realiza con cada ser humano. En el AT, asegurando su presencia “Yo haré una alianza contigo” (Gn 17, 2), y en el NT con el testimonio de Jesús que siendo acompañado por el Padre (cf. Jn 16, 32), acompaña y guía al grupo de discípulos en su lento proceso de conversión, en los pasos que van dando para cambiar su estilo de vida, su manera de pensar y de sentir, y en el cambio de criterios de análisis de la realidad que les tocó vivir.

333. Más que nunca, las mujeres y los hombres de nuestro tiempo reclaman acompañantes cercanos y capacitados: maestros que los guíen por los caminos del Evangelio según su vocación humana, cristiana y de servicio específico en el Pueblo de Dios. Sin que crezca el número de quienes ofrecen un acompañamiento espiritual calificado, según el corazón de Dios, tampoco será posible mejorar la calidad de la pastoral vocacional.

4.4.6 Cultura de la Evaluación

334. La evaluación es una etapa necesaria del proceso formativo de la persona y de los grupos. La experiencia dice que muchas veces se prescinde de ella, debilitando así los procesos evangelizadores. En todo proceso de evaluación no se debe olvidar que la gracia tiene un dinamismo propio que supera toda evaluación, pero al mismo tiempo esta realidad no excusa de un análisis sincero acerca de las mediaciones eclesiales que afectan la misión evangelizadora.

335. En este sentido, la evaluación representa un momento reflexivo para las personas y las comunidades, en el que se constatan los aciertos y errores de la práctica pastoral, para actualizar un nuevo diagnóstico y relanzar las redes en el nombre del Señor.

5. NUESTRAS PREOCUPACIONES FUNDAMENTALES

5.1 Evangelización de la cultura

336. En nuestros pueblos, sobre todo en sus grandes ciudades, tiende a ser predominante una cultura centrada en el individuo. En ella reconocemos el valor de la libertad y sus anhelos de justicia y paz, cuyas raíces cristianas no deben ser ignoradas. Pero reconocemos también un humanismo atrofiado, no integral, que somete a la persona humana a los imperativos de la productividad y del lucro, a la búsqueda de bienes materiales y del placer. Con esto el ser humano se cierra en sí mismo y no entra en comunión con los demás y con Dios. Este hecho es uno de los principales responsables de los males que presenciamos en nuestras naciones: hambre, enfermedades, guerras, desigualdades sociales, corrupción, fragilidad de las relaciones humanas y afectivas.

337. El espacio cultural de nuestra existencia es un don y una tarea que hemos recibido de Dios. El mensaje de vida presente en el Evangelio y anunciado por la Iglesia no puede prescindir de la cultura actual. El ser humano cree, espera y ama siempre a partir de lo que es, de la comprensión que tiene de sí mismo, de la vida, de la sociedad, de la historia. Esta comprensión y las prácticas que de ella se derivan, con frecuencia le son ofrecidas por su contexto sociocultural. De este modo los anhelos, las esperanzas, los valores, los rasgos orientadores, y aun las insuficiencias y lagunas presentes en la cultura actual deberán ser conocidos, evaluados y en cierto sentido asumidos por la Iglesia en su actividad salvífica. Solamente así ella estará utilizando un lenguaje comprendido por nuestros contemporáneos. Solamente así ella podrá aparecer a sus ojos como signo pertinente y significativo de salvación. Solamente así la fe cristiana será más fácilmente comprendida como la realización integral del ser humano (cf. GS 22). El proyecto de vida del Padre sensibilizará así el conjunto de la humanidad, y la Iglesia estará partiendo de la persona en su realidad sociocultural e histórica, como lo hizo el Maestro de Nazaret.

338. Pero como la cultura presenta luces y sombras, valores y antivalores, factores de vida y de muerte, elementos de solidaridad y de egoísmo, se impone confrontarla con la luz de la razón y del Evangelio, para que ella ilumine los signos de vida y esperanza, y desenmascare las tinieblas deshumanizadoras (cf. Jn 3, 20). Este proceso enriquecedor a la vez que crítico, realizado al interior de la cultura actual es evangelizador de la cultura. En el fondo, se trata de asumir, purificar y elevar la cultura, acercándonos a Cristo y su Evangelio, fuente de vida, piedra angular para todo el edificio, invitación a asumir la cruz y a resucitar en Él. De esta manera la fe cristiana, ya en el seno de la familia, se constituye en germen de nuevos rasgos culturales, enriqueciendo y abriendo la actual cultura a las realidades trascendentes. Este proceso tiene hoy una enorme importancia por las dificultades que experimenta la Iglesia en la transmisión de la fe a las nuevas generaciones.

339. Sin embargo, este proceso evangelizador sólo tendrá lugar si el Evangelio se encarna profundamente en el contexto sociocultural donde es anunciado. Esto significa no sólo expresarlo en su lenguaje propio, sino acogerlo y vivirlo en relación a los valores profundos, las aspiraciones vitales y los símbolos del entorno. Esto significa acoger las riquezas de cada pueblo en la vida de la Iglesia (cf. RM 53). “Una fe que no se hace cultura es una fe que no ha sido plenamente recibida, no enteramente pensada, no fielmente vivida” (Juan Pablo II, Discurso a los participantes al Congreso Mundial del Movimiento General de Acción Cultural, 16-01-82). Corresponde a toda la comunidad, guiada por sus pastores, la tarea de la inculturación de la fe. No basta criticar las deficiencias de la cultura contemporánea. Es preciso que nuestra fe aliente una nueva creatividad cultural para que de manera propositiva, no puramente reactiva, los cristianos mostremos que contribuimos al bien de la sociedad. Los cristianos que han recibido talentos para ello, deben colocarse nuevamente a la vanguardia del arte, de la ciencia, de la tecnología, de la creación de renovadas instituciones que permitan que nuestra identidad cultural, fuertemente marcada por la fe, no sea sólo un referente histórico, sino también una capacidad actuante en el presente y el futuro de nuestras naciones.

340. La evangelización de la cultura debe darse en todos los sectores de la vida social y cultural. Este hecho ya demuestra la necesidad de que todos los miembros de la Iglesia participen, aunque de modos diversos. La fe debe hacerse cultura en cada persona. Cada uno debe ser luz de Cristo en su familia, en su ambiente de trabajo, entre sus amigos, en su carrera profesional, en su participación en el mundo de la cultura, de la política, de la opinión pública. De este modo, se podrá llegar a una visión cristiana de la realidad, que ofrezca orientaciones, costumbres y prácticas de vida en Cristo a nuestros contemporáneos.

341. Así vemos que se imponen un acercamiento y comprensión frente a la cultura actual. De cara a ella, precisamente por ser cristianos, debemos tener una mirada positiva y empática, que también es crítica. Por otro lado la dificultad que experimentamos en la sociedad actual para transmitir la fe, no solamente pide una adecuada inculturación de la misma, sino también centrarnos no tanto en las formas externas, sino en lo que es fuente de vida y de cultura, en primer lugar, en la persona de Jesucristo, su vida y su mensaje, que tiene en la caridad su núcleo (cf. DCE 1). De esta manera estaremos promoviendo la vida y la dignidad de hombres y mujeres y creando una cultura de solidaridad.

5.2 Preocupaciones más particulares

5.2.1 De orden cultural

a) Evangelizar el mundo de la comunicación social

342. La influencia de los medios de comunicación social que plasman fuertemente la mentalidad de nuestros contemporáneos, muchas veces en oposición a los valores evangélicos, pide una atención especial de la Iglesia en este sector, sobre todo a causa de la impresionante globalización cultural vigente.

b) El desafío de la pastoral en la urbe

343. La mayoría de la población latinoamericana vive en las ciudades al interior de una cultura urbana con características propias e inéditas. La pastoral urbana debe por tanto renovarse en su lenguaje, en sus prácticas y en sus estructuras. No es una pastoral especializada, sino un nuevo estilo de hacer pastoral.

5.2.2 De orden social

a) Promover la dignidad de la persona humana

344. Los anhelos de vida, de paz, de fraternidad y de felicidad, que no encuentran respuesta en medio de los ídolos del lucro y la eficacia, la falta de libertad religiosa, la insensibilidad ante el sufrimiento ajeno, la corrupción de las clases dirigentes, los ataques a la vida intrauterina, y todas las modalidades de violencia, indican la importancia de la lucha por la vida y por la dignidad y la integridad de la persona humana. Asimismo se impone el acceso de todos a una educación de calidad, a la vivienda, al trabajo y a la salud. Por ello es necesario que los cristianos colaboren en la promoción y defensa no sólo de los derechos individuales, sino también en el amplio territorio de los derechos económicos, sociales y culturales.

b) Reconstruir la trama social

345. Constatamos la fragmentación de la sociedad actual, la desvalorización del bien común, el neoliberalismo dominante, el desencanto con el mundo de la política, la falta de una educación cívica y los efectos de la sobrevaloración de lo masculino en nuestra convivencia. Para reconstruir la trama social urge, por tanto, una mayor difusión de la doctrina social de la Iglesia, una educación para la ciudadanía, el fortalecimiento de los vínculos familiares, una mayor participación social, una aceptación amplia de las aportaciones del ‘genio femenino’, una integración de los diversos sectores sociales, en especial de los indígenas y afrodescendientes, y una promoción de la integración latinoamericana.

c) Renovar y consolidar la opción por los pobres

346. En muchas naciones latinoamericanas la mayoría de la población católica está constituida por pobres que viven excluidos de las riquezas materiales, culturales y sociales presentes en nuestros países. La opción preferencial por los pobres distinguió a la Iglesia de esta región e influyó en otras Iglesias. Esta opción se presenta hoy con nuevos desafíos que exigen su renovación, para que manifieste toda su raíz, su urgencia y su riqueza evangélicas.

5.2.3 De orden eclesial

a) Responder a los anhelos espirituales de nuestros contemporáneos

347. Constatamos una búsqueda de valores espirituales con nuevas características. Ante este despertar religioso se requiere un adecuado discernimiento, y el anuncio del Evangelio como respuesta, colmada de esperanza y vida, a los legítimos anhelos. También el ejemplo de Cristo nos pide una relación respetuosa con nuestros hermanos de otras comunidades cristianas y con adeptos de otras religiones.

b) La expansión de las sectas

348. La expansión de las sectas en América Latina constituye una seria preocupación de la Iglesia, sobre todo por ser en su mayoría católicos los que emigran a estos grupos religiosos. Carencia de agentes pastorales, inadecuada evangelización en el pasado, cuidado pastoral deficiente para con los pobres y los alejados, y ausencia de planes pastorales para los bautizados que ya no participan en nuestras comunidades, constituyen algunas causas de este fenómeno. Urge una seria reflexión por parte de la Iglesia y una acción pastoral correspondiente.

c) Promover un laicado más activo

349. Toda la Iglesia es misionera. Para que esta verdad se vuelva una realidad es necesario formar a los laicos, promover activamente y sin temor el carácter cristianosecular de su vocación, dar espacio a ellos en la Iglesia, respetarlos en sus opiniones e iniciativas, abrirles espacios para que participen en las decisiones de la comunidad; en fin, tratarlos como adultos en una línea de comunión y participación (cf. PG 11), como corresponde a su vocación bautismal que después confirmaron sacramentalmente.

CONCLUSIÓN

350. La complejidad de las nuevas situaciones culturales y el gran desafío de encarnar en ellas el mensaje liberador del Señor, como asimismo la fragilidad de nuestras comunidades y medios, nunca pueden ser motivo de desaliento. Nos invitan más bien a renovar la esperanza en Aquel que es el verdadero Pastor de las ovejas, Jesucristo, el Señor. La pequeñez lleva a grandes promesas; el granito de mostaza del Evangelio indica que lo imposible es posible (cf. Mc 4, 31; Mt 17, 20; Lc 17, 6). Las dificultades que encontramos constituyen un desafío que el mismo Señor ha querido confiar a nuestra mediación humana y responsabilidad eclesial. De la gracia y también de nosotros depende dar forma al nuevo rostro de una Iglesia santa y profundamente inserta en la sociedad latinoamericana, como fermento misionero de vida nueva para nuestros pueblos.

CONCLUSIÓN GENERAL

351. La Iglesia que vive su fe en el Continente Latinoamericano camina al encuentro del Señor resucitado para que nuestros pueblos tengan vida en Él. A lo largo de su historia, Jesús mismo suscitó muchas experiencias de encuentros con Él que fueron acontecimientos pascuales.

352. Hoy nuestra Iglesia se siente llamada a renovar su encuentro con el Resucitado, reviviendo la experiencia de los dos discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35). Como ellos, camina entre dificultades y dolores. Al igual que ellos, anhela dejarse encontrar y transformar por el Señor resucitado, para ofrecerlo como vida al mundo por el testimonio de su fe y el compromiso efectivo con su misión.

1. UNA IGLESIA INTERPELADA POR JESÚS

353. Hemos iniciado nuestra reflexión dejándonos interpelar por Jesús siempre presente, implícita o explícitamente, en la realidad de nuestros pueblos. Él, como a aquellos dos de Emaús, hoy nos pregunta: “¿Qué es lo que vienen conversando?”, ¿qué les ha ocurrido? (Lc 24, 17.19). Y caminando con nosotros, nos invita a contar lo que nos está pasando. Le hablamos entonces de nuestra originalidad latinoamericana, de nuestros valores peculiares, de la debilidad de la fe en Dios, que se deja sentir con fuerza en nuestra sociedad y de las situaciones de dolor y desesperanzas que marcan a tantos hermanos y hermanas del Continente. Le decimos que estamos viviendo un cambio de época que ilusiona a unos y desorienta a otros, y que en dicho cambio de época nosotros, su Iglesia, queremos testimoniar con nuevo ardor y nuevos métodos “el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios” (EN 22).

354. Nuestra mirada quiere ser de empatía frente a la realidad, acogiéndola y sin desanimarnos por lo que ocurre. Pero quiere ser también profundamente crítica, no sólo para percibir los fenómenos, sino para aprehender sus causas y, sobre todo, quiere ser paciente y audaz, para acompañar los ritmos del mundo en que vivimos y aportar la fuerza transformadora del mensaje de Jesús y de la vida nueva en Él. Crece en nosotros la esperanza en una vida plena, porque nos mueve la certeza de que Jesús, que ha salido y sigue saliendo al camino de nuestra historia como Señor resucitado, ya venció la muerte y nos pide que no tengamos miedo (cf. Jn 16, 33).

355. De la fecundidad del misterio pascual tenemos innumerables signos en nuestras Iglesias particulares. La encontramos, por ejemplo, en el despertar de tantas comunidades, en la generosidad y la entrega de incontables catequistas, en las celebraciones litúrgicas, en el empeño solidario, en todas las escuelas de discípulos que crecen entre nosotros, ya sea como movimientos eclesiales o de otras maneras, y en todos los bautizados que buscan y encuentran al Señor y se transforman en presencia viva de Cristo para la vida del mundo.

2. UNA IGLESIA INVITADA AL DISCERNIMIENTO Y ALIMENTADA POR JESÚS

356. Jesús nos mira con amor y también con preocupación (cf. Lc 24, 25) por las veces que no discernimos los caminos de su Padre y diluimos la respuesta a los impulsos de su Espíritu. Para iluminar nuestro caminar, el Señor se transforma en nuestra memoria profética y sapiencial y, a la luz de las Escrituras, nos hace presente el proyecto salvador del Padre. Manifiesta que nuestra profunda vocación es estar llamados a ser hijos de Dios y hermanos unos de otros. Nos invita a aceptar el desafío urgente y el compromiso creativo de cuidar y apreciar toda vida humana. Luego, nos hace presente su vida y el sentido de su misterio pascual. Nos pide discernir la realidad como pastores creyentes que denuncian los signos de muerte a la luz del anuncio del plan del Padre, propuesta de vida digna y feliz para todos, particularmente para los desposeídos. Nos invita a discernir como Iglesia, comunidad de los suyos, llamada a ser en el mundo signo del Reino, lugar fraterno de celebración de la fe y de envío misionero.

357. Nada podemos sin el Señor. Como los discípulos de Emaús, clamamos: “Quédate con nosotros” (Lc 24, 29). Quédate con nosotros porque muchas veces el camino se hace oscuro y la tarea pesada, porque sin Ti nuestra vitalidad decae y nuestro ardor desfallece. Y Jesucristo, Cabeza de su Iglesia, no sólo se queda con nosotros, sino “en nosotros” (MND 19). Cada domingo, “día del Señor y de la Iglesia”, el pueblo de Dios celebra la Eucaristía como memorial del misterio pascual de quien ofreció su vida para transformar nuestra vida y la sociedad. La Eucaristía, celebrada con y por el pueblo de Dios, es fuente y epifanía de comunión, sacramento que educa y crea filiación y fraternidad y, por lo mismo, impulso y proyecto de misión.

358. Cuando admirados escuchamos al Resucitado y celebramos la fracción del pan, queremos vivir como discípulos y misioneros. Alimentados por la doble mesa del Pan y de la Palabra, buscamos ser ante todo una “Iglesia discípula”. Iglesia que con “ojos” y “oídos de discípulo” siga atenta el dinamismo de la historia, poniendo su mano en el pulso del tiempo y su oído en el corazón de Dios. Iglesia que con “corazón de discípulo” suscite la admiración y la comunión vital con el Señor, y que con “manos y pies de discípulo” se empeñe con renovado entusiasmo en la trasformación de las realidades de muerte, para que nuestros pueblos en Él tengan vida.

3. UNA IGLESIA ENVIADA POR JESÚS

359. La cercanía y pedagogía de aquel Peregrino que se puso a caminar con nosotros (cf. Lc 24, 15) hace arder nuestro corazón y da una nueva visión a nuestros ojos. La compañía del Resucitado es nuevamente la motivación para el camino, pero ya no para el que va a Emaús, sino para el que lleva a encontrarse con los hermanos en la fe y compartir el acontecimiento de reconocer al Señor cuando “íbamos de camino” (24, 35). Ahora será de Jerusalén, lugar del misterio pascual, de la irrupción del Espíritu Santo y de la comunidad apostólica, de donde se sale a testimoniar la presencia actual y transformante del Señor de la vida. El nuevo pueblo de Dios, en virtud de la obediencia del Hijo, es hecho pueblo en estado permanente de misión, porque el Espíritu Santo que se le regala no se cansa ni desfallece. En el pueblo de Dios, todo creyente es a la vez discípulo y misionero o bien no es auténtico seguidor de Cristo.

360. Esta inserción en el mundo, desde la comunidad y con el impulso del Espíritu, nos exige una espiritualidad y un estilo de vida marcado por el anuncio kerigmático y misionero. También nos pide valorar y animar la pluralidad de la Iglesia en sus diversas comunidades, ricas en carismas y ministerios. El proyecto del Padre, el acontecimiento salvador del Hijo y la misión a la que el Espíritu impulsa, nos lleva a mirar con renovada esperanza la construcción del Reino en el Continente.

361. Sabemos que nos incumbe la urgente tarea de formarnos como discípulos misioneros. Nadie en la Iglesia se puede marginar de la formación ni de la misión. Asumiendo la historia de nuestros pueblos anhelamos transmitir aquella esperanza que no defrauda (cf. Rm 5, 5): en el encuentro con el Resucitado, tal como para los de Emaús, es posible un ser humano y un mundo nuevos, porque en los albores del siglo XXI es posible un nuevo Pentecostés de abundante vida.

 

 

 


ÍNDICE GENERAL

Presentación ..............................................................
Abreviaturas utilizadas en este documento ..........
INTRODUCCIÓN.........................................................
1. Hacia una Iglesia de discípulos y misioneros.
2. Nuestra originalidad latinoamericana.............
2.1 Un continente de esperanza .......................
2.2 La dedicación evangelizadora....................
3. En comunión con la Iglesia Universal ..............
3.1 Mutuo enriquecimiento en el camino de
la fe ................................................................
3.2 Las cuatro Conferencias Generales y el
Sínodo para América ...................................
4. Camino de la V Conferencia ..............................
4.1 Los núcleos temáticos ..................................
4.2 Contenido y método del presente
documento .....................................................
I. MIRAMOS A NUESTROS PUEBLOS A LA LUZ
DEL PROYECTO DEL PADRE ...............................
1. El proyecto de amor de Dios Padre ...................
1.1 Dios, fuente de vida y liberación para
Israel ...............................................................
1.2 Dios crea al hombre y a la mujer para que
vivan ...............................................................
1.3 El pecado, negación de la vida querida por
Dios ................................................................

2. Rostros que nos interpelan ................................
3. Cambio de época y desafíos ...............................
3.1 Pluralismo y emergencia de la
subjetividad ...................................................
3.2 Impacto de la globalización ........................
3.3 Hegemonía del factor económico y tecnocientífico
........................................................
3.4 Irrupción de lo sagrado y búsqueda de la
trascendencia ................................................
3.5 Crisis de la familia ........................................
3.6 Cultura urbana .............................................
3.7 El ejercicio del poder en América Latina ...
4. La Iglesia en este cambio de época ....................
4.1 Una Iglesia cuestionada ..............................
4.2 La rica vitalidad de la Iglesia ......................
4.3 Deficiencias por corregir .............................
Conclusión ................................................................
II. JESUCRISTO, FUENTE DE VIDA DIGNA
Y PLENA ................................................................
1. Jesucristo, vida nueva del Padre .......................
1.1 La vida es Jesús .............................................
1.1.1 El Dios de la vida se hace presente
en Jesús de Nazaret .............................
1.1.2 Jesús de Nazaret revela el Reino de
su Padre ................................................
1.1.3 El misterio pascual, fuente de vida
nueva .....................................................
1.2 La vida nueva en el encuentro con el
Resucitado .....................................................
1.2.1 Jesucristo, vida nueva .........................
1.2.2 Discípulos por la vida nueva de
Jesucristo ..............................................
1.2.3 Diversas presencias de Jesucristo
vivo ........................................................
2. Jesucristo invita a una vida digna y feliz .........
2.1 En la relación con Dios ................................
2.1.1 Ante una vida sin sentido, Jesús
nos abre a la Vida de la Trinidad ......

2.1.2 Ante la idolatría de los bienes
terrenales, Jesús presenta la vida en
Dios como valor supremo ...................
2.2 En la relación con los demás.......................
2.2.1 Ante el individualismo, Jesús convoca
a vivir y caminar juntos ......................
2.2.2 Ante la exclusión, Jesús defiende los
derechos de los débiles y la vida
digna de todo ser humano..................
2.3 En la relación con el mundo .......................
2.3.1 Ante las estructuras de muerte, Jesús
hace presente su Reino de vida .........
2.3.2 Ante la naturaleza amenazada, Jesús
convoca a cuidar la tierra ...................
2.4 En la relación consigo mismo .....................
2.4.1 Ante la despersonalización, Jesús
ayuda a construir identidades
integradas .............................................
2.4.2 Ante el subjetivismo hedonista, Jesús
propone entregar la vida para
ganarla ..................................................
3. La Iglesia, sacramento del Reino de vida, en
constante renovación ..........................................
3.1 La Iglesia a la escucha de la Palabra .........
3.1.1 Jesucristo, Palabra viva de Dios ........
3.1.2 La Iglesia, discípula y mensajera de
la Palabra ..............................................
3.2 La Iglesia al servicio del Reino ...................
3.2.1 La Iglesia, Pueblo de Dios, actualiza
la misión de Jesucristo ........................
3.2.2 La Iglesia se renueva constantemente
en diálogo con el mundo ....................
3.3 La Iglesia, pueblo de Dios en comunión y
participación .................................................
3.3.1 Comunión de discípulos y
discípulas .............................................
3.3.2 Participación en una comunidad
orgánica ................................................
3.3.3 Unidad en la diversidad .....................

3.4 La Iglesia, espacio de celebración ..............
3.4.1 La celebración de la vida ....................
3.4.2 La Eucaristía, núcleo de la vida
cristiana ................................................
3.5 La Iglesia, comunidad misionera ...............
3.5.1 La Iglesia misionera ............................
3.5.2 María, madre, discípula y misionera
4. Algunos grandes criterios ..................................
4.1 Criterios cristológicos...................................
4.2 Criterios eclesiales ........................................
4.3 Criterios misioneros .....................................
III.EL ESPÍRITU NOS IMPULSA A SER DISCÍPULOS
MISIONEROS ........................................................
1. El Espíritu anima la evangelización de la
Iglesia ................................................................
1.1 El Espíritu de Dios en el Proyecto del
Padre ..............................................................
1.2 La Iglesia del Espíritu ..................................
1.3 El Espíritu Santo, vida nueva de los
discípulos ......................................................
2. El pueblo de Dios misionero al servicio del
Reino ................................................................
2.1 Discípulos Misioneros .................................
2.2 Los grandes modelos del discipulado
misionero .......................................................
2.2.1 María camina con nuestros Pueblos .
2.2.2 Los apóstoles y los santos ..................
2.2.3 Todos testigos al inicio del tercer
milenio ..................................................
2.3 Espiritualidad de la acción del discípulo .
2.3.1 La experiencia del amor de Dios
despierta el ardor misionero ..............
2.3.2 Dóciles a la novedad del Espíritu .....
2.3.3 Confianza y audacia ...........................
2.3.4 Espiritualidad de comunión ..............
2.3.5 Vocación, misión y santidad .............
2.4 El estilo de la acción del discípulo .............

2.4.1 Cercanía y solidaridad en la vida
social .....................................................
2.4.2 Profundo respeto hacia los diversos
procesos personales y colectivos .......
2.4.3 Pastoral orgánica como expresión
de participación plena ........................
2.4.4 Disposición al servicio humilde y
cordial ...................................................
2.4.5 Creatividad y renovación constante .
2.4.6 Opción permanente por los más
pobres ....................................................
2.5 Diversidad de identidades en comunión
y participación ..............................................
2.5.1 Diversidad de carismas, ministerios
y servicios .............................................
2.5.2 Movimientos, asociaciones y
agrupaciones laicales .........................
2.5.3 Comunidades eclesiales de base .......
2.5.4 Comunidades de vida consagrada ...
2.5.5 Presbiterio y Diaconado Permanente
2.5.6 Obispos y Conferencias Episcopales
3. La construcción del Reino en América Latina
y El Caribe ............................................................
3.1 Grandes ámbitos de la misión ....................
3.1.1 Ámbitos personales y familiares .......
3.1.2 Ámbitos eclesiales ...............................
3.1.3 Ámbitos sociales ..................................
4. El proceso de formación de los discípulos
misioneros ............................................................
4.1 Dinamismo inspirador ................................
4.2 Criterios generales ........................................
4.2.1 Una formación integral, permanente
y kerygmática .......................................
4.2.2 Una formación atenta a dimensiones
diversas .................................................
4.2.3 Una formación respetuosa de los
procesos ................................................
4.2.4 Algunos acentos en la formación de
los presbíteros ......................................

4.3 La catequesis, experiencia clave en la
formación del discípulo misionero ............
4.4 La necesidad de una pedagogía pastoral..
4.4.1 Una pedagogía para el crecimiento
integral de las personas ......................
4.4.2 Una metodología que eduque en el
discipulado misionero ........................
4.4.3 Una técnica al servicio del Evangelio
4.4.4 Trabajo en equipo ................................
4.4.5 Acompañamiento y liderazgo ...........
4.4.6 Cultura de la Evaluación ....................
5. Nuestras preocupaciones fundamentales .......
5.1 Evangelización de la cultura ......................
5.2 Preocupaciones más particulares ..............
5.2.1 De orden cultural .................................
5.2.2 De orden social ....................................
5.2.3 De orden eclesial ..................................
Conclusión ................................................................
CONCLUSIÓN GENERAL ..........................................
1. Una Iglesia interpelada por Jesús .....................
2. Una Iglesia invitada al discernimiento y
alimentada por Jesús...........................................
3. Una Iglesia enviada por Jesús ...........................
4. Una Iglesia que tiene por modelo a la Madre
de Jesús ................................................................
ÍNDICE ANALÍTICO ...................................................