20-Abril-2008 -- Servicio Informativo del Vaticano

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Superar toda separación entre Fe y Vida.

CIUDAD DEL VATICANO, 20 ABR 2008 (VIS).-Esta tarde, a las 14,30, hora local, Benedicto XVI celebró la Santa Misa en el Yankee Stadium de Nueva York, que desde 1923 es el estadio del equipo de baseball del mismo nombre.

Antes de la celebración eucarística el Papa dio la vuelta al estadio en papamóvil y fue saludado calurosamente por las 60.000 personas allí reunidas. La misa conmemoraba el bicentenario de la creación de las sedes de Nueva York, Boston, Filadelfia y Louisville por la desmembración de la sede madre de Baltimore.

En su homilía, Benedicto XVI recordó que la celebración de hoy era también "un signo del crecimiento impresionante que Dios ha concedido a la Iglesia en vuestro país en los pasados doscientos años. (...) En esta tierra de libertad y oportunidades, la Iglesia ha unido rebaños muy diversos en la profesión de fe y, a través de sus muchas obras educativas, caritativas y sociales, también ha contribuido de modo significativo al crecimiento de la sociedad americana en su conjunto".

Comentando las lecturas de la liturgia el Santo Padre recalcó que mostraban "el poder de la Palabra de Dios, proclamada autorizadamente por los apóstoles y acogida en la fe para crear una unidad capaz de ir más allá de las divisiones que provienen de los límites y debilidades humanas".

"Se nos recuerda aquí -explicó- una verdad fundamental: que la unidad de la Iglesia no tiene más fundamento que la Palabra de Dios, hecha carne en Cristo Jesús, Nuestro Señor. Todos los signos externos de identidad, todas las estructuras, asociaciones o programas, por válidos o incluso esenciales que sean, existen en último término únicamente para sostener y favorecer una unidad más profunda que, en Cristo, es un don indefectible de Dios a su Iglesia. (...) La unidad de la Iglesia es "apostólica", es decir, una unidad visible fundada sobre los Apóstoles (...) y nacida de lo que la Escritura denomina "la obediencia de la fe".

El Santo Padre dijo después que las palabras "autoridad" y "obediencia" representan

"una piedra de tropiezo" para muchos de nuestros contemporáneos, especialmente en una sociedad que justamente da mucho valor a la libertad personal. Y, sin embargo, a la luz de nuestra fe en Cristo, (...) alcanzamos a ver el valor e incluso la belleza de tales palabras. El Evangelio nos enseña que la auténtica libertad (...) se encuentra sólo en la renuncia al propio yo, que es parte del misterio del amor".

"Y dicha libertad en la verdad -agregó- lleva consigo un modo nuevo y liberador de ver la realidad. Cuando nos identificamos con "la mente de Cristo" se nos abren nuevos horizontes. A la luz de la fe, en la comunión de la Iglesia, encontramos también la inspiración y la fuerza para llegar a ser fermento del Evangelio en este mundo".

"En estos doscientos años, el rostro de la comunidad católica en vuestro país ha cambiado considerablemente -observó Benedicto XVI-. Pensemos en las continuas oleadas de emigrantes, cuyas tradiciones han enriquecido mucho a la Iglesia en América. Pensemos en la recia fe que edificó la cadena de Iglesias, instituciones educativas, sanitarias y sociales, que desde hace mucho tiempo son el emblema distintivo de la Iglesia en este territorio".

"En esta tierra de libertad religiosa, los católicos han encontrado no sólo la libertad para practicar su fe, sino también para participar plenamente en la vida civil, llevando consigo sus convicciones morales a la esfera pública, cooperando con sus vecinos a forjar una vibrante sociedad democrática. La celebración actual es algo más que una ocasión de gratitud por las gracias recibidas: es una invitación para proseguir con la firme determinación de usar sabiamente la bendición de la libertad, con el fin de edificar un futuro de esperanza para las generaciones futuras".

El Santo Padre pidió a todos los presentes que rezasen por la venida del Reino de Dios, que significa también "estar constantemente atentos a los signos de su presencia, trabajando para que crezca en cada sector de la sociedad. Esto quiere decir afrontar los desafíos del presente y del futuro confiados en la victoria de Cristo y comprometiéndose en extender su Reino. Significa superar toda separación entre fe y vida, oponiéndose a los falsos evangelios de libertad y felicidad. Quiere decir, además, rechazar la falsa dicotomía entre la fe y la vida política, pues, como ha afirmado el Concilio Vaticano II, "ninguna actividad humana, ni siquiera en los asuntos temporales, puede sustraerse a la soberanía de Dios".

"Como "raza elegida, sacerdocio real, nación consagrada" -exhortó Benedicto XVI al final de su homilía- sigan con fidelidad las huellas de quienes les han precedido, (...) encuentren la audacia de proclamar a Cristo (...) y las verdades inmutables que se fundamentan en Él. (...) Son verdades que nos hacen libres. Se trata de las únicas verdades que pueden garantizar el respeto de la dignidad y de los derechos de todo hombre, mujer y niño en nuestro mundo, incluidos los más indefensos de todos los seres humanos, como los niños que están aún en el seno materno. En un mundo en el que, como Juan Pablo II nos recordó hablando en este mismo lugar, Lázaro continúa llamando a nuestra puerta, actúen de modo que su fe y su amor den fruto ayudando a los pobres, a los necesitados y a los sin voz".

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